Novedades en el blog de 'Cuarto Propio juristas'.

En determinadas ocasiones desaparecen los motivos para mantener ambos mundos separados. Así que pienso que a los eventuales y siempre amables lectores/as de este blog podrían interesarles las últimas entradas de CPj:
-Comentario al artículo de Enrique Lynch en El País. Y coda posterior, a raíz de la intervención de la Defensora del Lector. Ante semejante texto, qué hacer, ¿reír, lamentarse, indignarse, tomárselo a rechifla? De todo un poco hemos hecho.
-Comunicación que hemos presentado en el "I Congreso Internacional de Cultura y Género: La Cultura en el Cuerpo" que se celebró en la Universidad Miguel Hernández de Elche los días 11, 12 y 13 de noviembre. El título era: "LA CONFIGURACIÓN DEL CUERPO DE LA MUJER POR EL ORDENAMIENTO JURÍDICO ESPAÑOL: EL DERECHO AL ABORTO FRENTE A LA LLAMADA “PROTECCIÓN DE LA MATERNIDAD". Mucho mucho trabajo, pero satisfacción al final. Ha merecido la pena.
-Entrevista que nos realizaron en el medio informativo digital "Sin hora de cierre" con motivo del Día Internacional contra la Violencia de Género.
-Reflexiones en el Día Internacional contra la Violencia de Género. Las nuevas consignas en torno a sus causas.
Pues eso, ajetreo y movidillas en CPj. La vida, a fin de cuentas.

'Literature' y 'popular fiction' (o gatos y liebres). Casoledo agacha la cabeza y rectifica. Que viva Lisbeth!!

La declaración que John Grisham efectúa al principio de esta entrevista es un verdadera irreverencia punk si la trasladamos al mercado editorial español. Resulta que uno de los autores más vendidos del mundo explica -con naturalidad, sin ambages, sin disimulos ni ironías- que lo que él hace "no es literatura" y no pretende hacerla pasar por tal, sino lo que denomina "popular fiction. Eso sí, espera que sea de calidad, que el lector se entretenga y reflexione y se encolerice con los dilemas que plantea, aunque luche consigo mismo por no sermonear.




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Irreverente, decimos, porque si hubiese ocurrido en nuestro país, el tipo recibiría llamadas histéricas de editores y agentes persuadiéndolo para que rectificase. De lo que se trata aquí es de que vender gato por liebre, el famoso "best seller de calidad". Los autores de excelente literatura de entretenimiento quieren, además de la pasta, el prestigio, y si hay vacante un silloncete en la academia, mejor que mejor. El mercado español piensa que, ante todo, lo que los lectores/as precisan es sentirse muy cultos/as, que cuando compran un libro, no exista la mínima duda de que se trata de un sofisticado ejemplo de las más nobles artes. En ese mundo maravilloso e irreal vivimos, qué se le va a hacer.


Todos hemos disfrutado decenas de veces de excelentes libros, comics o películas de entretenimiento que nos han tenido enganchados un par de horas, que nos han dado que pensar e incluso tenían algunos instantes cercanos al arte, por qué no. "Millennium 1", la película, es un de esos casos.


Y aquí es donde toca agachar la cabeza, aunque sea refunfuñando y con el semblante torvo: ver la historia en el cine me ha dejado con ganas de saber más de esta mujer, a la que de repente adoro -y no debería, porque es capaz de cruzar el limbo de la literatura y soltarme un sopapo-. Así que me he lanzado a leer el segundo tomo, y lo estoy devorando, después de cogerlo y dejarlo no menos de tres veces. Esto me pasa por haber estudiado en un colegio de curas, el sentido de culpa, y tal. A estas alturas suscribo el final del famoso artículo de Vargas Llosa en el que halababa la triolgía: "¡Bienvenida a la inmortalidad de la ficción, Lisbeth Salander!".


Y es que su fuerza como personaje sostiene los tres libros, y veinte más que se escribiesen. No se trata tanto de los rasgos de su personalidad -gótica o punki o ambas cosas, bisexual, insociable, tatuada y llena de piercings, poderosa y frágil a un tiempo, durísima y muy sensible, inclasificable, en suma- cuanto de su potencia simbólica: de alguna extraña manera nos ha llegado tan hondo porque contiene en sí misma la historia universal de las mujeres. Subyugada, abusada, exclavizada durante mucho tiempo, se ha convertido ahora en una persona inteligente, decidida e indomable que aun así tropieza con importantes obstáculos. No busca problemas, pero responde a las agresiones masculinas con la máxima dureza. Sus heridas son tan profundas que, al menos en lo que voy leyendo, resulta complicado saber lo que quiere. Toda su aspereza inspira tanta ternura como la de esos perrillos maltratados y abandonados que de repente dejan la perrera y vuelven al mundo. Inquietos, imparables, parecen buscar su destino moviéndose en tensión de un lado a otro y olisqueándolo todo, rechazan el afecto porque sospechan que al rato vendrá la paliza, se defienden frente al mínimo atisbo de la agresividad que tan bien recuerdan y conservan traumas y atavismos que puede hacerlos insoportables. Pero al mismo tiempo resulta imposible no tenerles cariño, y desearles que salgan adelante. Así ocurre con Lisbeth Salander. Te da miedo, y a la vez quieres abrazarla y compartir su dolor. En su día afirmé que atraía a muchos lectores y lectoras por tratarse simplemente de una mujer 'diferente'. Estaba equivocado, Lisbeth es todas y ninguna, es la historia de nuestra vida -el sistema patriarcal no sólo se cobra víctimas femeninas-, y el grito de rebelión contra ella que quizá no nos atrevimos a dar. Su 'diferencia' consiste únicamente en el valor con que se enfrenta a las dificultades, y en su negativa, sin matices, para amoldarse a lo correcto y corrompido.


En esta era de la imagen, el cine ha venido ha complementar las novelas con un aporte indispensable: el aspecto físico de Lisbeth. Si hay unanimidad en el hecho de que el trabajo de Noomi Rapace ha sido extraordinario, no tanto en la caracterización propiamente dicha. Algunas personas la ven más bajita, delgada y feúcha. Para mí ha ocurrido al revés, gracias a la encarnación cinematográfica el personaje se me ha hecho más creíble y cercano. La actriz ha sabido dotarla de agresividad y una especie de ternura muy muy subyacente. Ahora, en el tomo segundo, cuando la vemos tratar de ordenar su vida, a duras penas, y sospechamos que volverán a amargársela, nos la imaginamos con la fisionomía de Noomi Rapace en el cine, su gesto enfurruñado, sus ademanes bruscos, su circunspección y distancia, aun cuando se acueste con unas u otros en busca de un pequeño placer, como quien alivia con agua su garganta seca. Pero toda esa coraza gestual no nos engaña: ahí está, fiel a sus principios, echando una mano cuando puede -tan sólo a cambio de que nadie pretenda darle las gracias-, ejerciendo de silenciosa amiga o de ángel vengador. Hay algo de criatura Marvel en ella, una superheroína herida y tenaz que nunca dejará tirada a una mujer en mitad de una tormenta, pero que desaparecerá cuando alguien interfiera en su independencia.

Ya que, como los personajes de Marvel, te has convertido en un mito moderno, permíteme dirigirme a ti para ofrecerte mis disculpas: perdona Lisbeth, por haberte despreciado. Sí, ya sé que me merezco una buena patada en los huevos...


En fin, ya hablaré más largamente sobre los libros cuando los haya terminado, porque voy alternándolos con otras cosas. A todo esto, yo estaba con el irreverente Grisham. Sus dos últimas novelas de excelente 'popular fiction' recuperan el tono vibrante de las primeras, desde "The firm" a "The Rainmaker" -me niego a llamarlas "La tapadera" o "Legítima defensa", qué chorradas de traducciones, por Dios-, pero también de "El rey de los pleitos" o "The street lawyer" -"Causa Justa", manda narices-. Y es que cuando se aparta del thriller legal, Grisham flojea. Nadie como él nos ha hablado de la abogacía podrida al servicio de los grandes intereses empresariales, y de la confusión de que quienes se inician en su práctica al descubrir de qué va la cosa. Pero sus mayores logros provienen de las bifurcaciones morales a que somete a los personajes, y esto es algo especialmente destacado en los dos últimos libros:



-"La apelación" es en realidad más política que legal. Describe los mecanismos con que el gran capital domina el poder judicial financiando campañas electorales ad hoc con el propósito de asegurarse un fallo concreto en un determinado asunto. La lectura es apasionante y estremecedora. Uno no busca aquí la estética literaria, sino el pulso narrativo, los argumentos intensos y los personajes carnales. De sobra hay en esta fábula triste que nos cuenta que los de siempre siguen ahí detrás... ¿Sólo en Estados Unidos? Desgraciadamente, no. En mi pequeña experiencia profesional puedo asegurar que los jueces y magistrados de las primeras instancias son, con sus defectos y virtudes, juristas independientes y esforzados. A veces te dan la razón, otras quisieras matarlos. Pero también ellos tienen que soportarnos a nosotros -no es fácil- y, en general, vamos tirando. A medida que la porción de poder e incidencia en la política va creciendo en el escalafón, desaparecen los juristas y aparecen los "amiguitos del alma". Claro que Grisham no es un nihilista, ni se aloja fácilmente en el pesimismo. Aun en el lado de los derrotados, siempre encontramos en sus historias ejemplos admirables y divertidos, en su ingenuidad, a veces, de abogados honestos y con convicciones. En "La apelación" un matrimonio de juristas pelea más allá de sus fuerzas contra lo invencible. Y su triunfo radica en la simpatía y comprensión que suscitan en el lector/a.


-"La trampa" (en inglés es 'The Associate', pero en español se ha cambiado por si nos parecía demasiado difícil, imagino), última de sus novelas publicadas en España, es aún más adictiva. Retoma los personajes de abogados primerizos de los comienzos de su trayectoria narrativa y los enfrenta a un caso de chantaje. Nos ofrece de nuevo una visión escalofriante del capitalismo salvaje, representado por las grandes empresas jurídicas y sus colmenas estratificadas llenas de esclavos, y apela a la ética personal y el coraje para asumir riesgos por defenderla como únicas vías posibles de supervivencia. En algunos párrafos, incluso, se encuentra uno con inesperadas muestras de literatura, pero ante todo, y pese al final un tanto flojo, este libro te proporciona unas horas de formidable y enriquecedor entretenimiento. Tal vez no te acuerdes de sus frases cuando transcurra el tiempo, pero sí de sus personajes y situaciones, que a pequeña escala aprendes a identificar en tu propio entorno.

Excelente 'popular fiction', pues. Ni más, ni desde luego menos. Seguimos necesitando héroes.

De tapas literarias y cinematográficas.

Mavis Gallant invita a leer los libros de relatos a saltos, escogiendo uno de ellos, pasando quizá al de otro autor y regresando finalmente a los que llevamos a medias. Este tapeo literario permite que nos paseemos por mundos y estilos diferentes multiplicando el placer de la lectura. Aunque uno prefiera las buenas novelas -tengo la idea de que no todos los autores brillantes aplican el mismo rigor a sus textos cortos que a las obras narrativas que entrarían dentro del concepto "novela"-la verdad es que el mercado editorial español nos ofrece últimamente interesantes posibilidades para irse de tapas. Así lo he hecho en fechas recientes con los siguientes libros:


-"Cuentos europeos", de Doris Lessing, en Lumen: este es uno de esos bocados que prefiero ir aplazando para acudir a él cuando necesite leer sobre seguro. Qué maravillosa escritora, de las que no cabe en las teorizaciones y entomologías literarias al uso, al igual que los grandes narradores antiguos, como Dostoievski, Tolstoi o Balzac. Es tan sensible, humana y directa, sin obviar la seriedad de su compromiso social y político, que trasciende cualquier apreciación técnica. En "La costumbre de amar", un hombre que ama, como anuncia el título, por costumbre, encuentra en su última consquista una representación cabal e insoportable de sí mismo; el resumen de su historia. En "La mujer" la autora nos muestra la rivalidad patética entre dos hombres por una jovencita ante la que alardean de sus biografías, quizá no del todo veraces. "A través del túnel" relata de forma emocionante el reto que un niño se pone por atravesar a nado un túnel entre las rocas de un acantilado, como metáfora del tránsito a la adolescencia y el alejamiento de la madre. Aún me queda mucho libro por leer, y lo estoy conservando como esas cajitas de galletas surtidas que uno devoraba de pequeño, y que tanto duraban (ahora sólo con referirme a ellas ya he engordado doscientos gramos).



-"Con tal de no morir", de Vicente Molina-Foix: el relato que da título al libro es una buena historia de corte fantástico a la manera jamesiana, con humor sutil y pequeño golpe de efecto al final. Sin embargo he leído algún otro con bastante poco vuelo y aires costumbristas, lo que me ha hecho saltar de nuevo sobre seguro y acudir a Alice Munro. Su último libro publicado en España, "El progreso del amor", data de mediados de los ochenta, y presenta las virtudes características de la casa. Sus relatos resultan en apariencia deslavazados, apuntan hacia caminos que se pierden pero al final se retoman con el mismo tono pausado y ajeno a efectismos habitual en Munro. Al igual que Lessing, es una narradora que transmite eso tan impreciso y, sin embargo, tangible que podemos llamar humanidad. Quizá la clave existe en que hay escritores que profundizan en sus personajes y sus historias, sin que nada de ello sea incompatible con una técnica refinada, mientras que otros, como si cumplimentasen un impreso de solicitud de prestigio, se mueven mejor en la literatura referencial precisada de muletas, pesudoensayística y cobardona. Con los años cada vez más me atrae la narrativa enraizada en la vida, y menos la que se alimenta del propio arte.


El cine parece que va remontando el vuelo, y de un tiempo acá nos ha ofrecido alguna cosa interesante. Comienzo por las dos mejores:


-"El secreto de sus ojos", de Juan José Campanella. Irene nos comentó la semana pasada que merecía la pena, así que no tardamos mucho en verla, y tenía razón nuestra amiguilla azul y eléctrica. En verdad es excepcional, sin duda la mejor de los útimos tiempos. Alejándose un poco del ensimismamiento sentimental de su obra precedente, el director se acomoda a una estructura de thriller criminal y político sin renunciar a su personal visión de las relaciones personales y los conflictos íntimos de los personajes. Espléndido ejemplo de que se puede hacer cine de autor dentro del molde de un género. Los personajes saltan de la sartén con una reparto de actores impecables. Es cierto que Darín cansa, pero porque siempre lo hace todo bien, como los mejores De Niro y Pacino de sus comienzos. Los diálogos son brillantes, algunas escenas, poderosísimas (el marido que espera un azar en la estación, la aterradora situación que resuelve la película -genial por lo contenida, aunque pudiera habérsele ido la mano-, o la amenazante presencia del asesino en un ascensor, acompañando a los protagonistas e intimidándolos en silencio), y en general todo encaja bien, incluso la historia de amor a la que el director no podía renunciar. Bueno, y los espectadores, tampoco. Más allá de la historia que nos cuenta esta la fotografía de un país corrupto y militarizado, donde sólo la indiferencia es garantía de estabilidad.


-"Moon", de Duncan Jones, o sea, Zowie Bowie. Él mismo reconoce con gracia que deberá esperar hasta la cuarta o quinta película para que no le recuerden que es el hijo de David Bowie. Otro ejemplo de cine de autor dentro de un género. El argumento es muy sugerente, y tiene en común con la anterior que manteniéndonos intrigados y entretenidos dentro de la lógica narrativa de una odisea espacial nos habla de cuestiones mucho más profundas: la explotación laboral, nada menos, la pérdida de identidad de los trabajadores y su reducción a un número intercambiable en la jungla globalizada y multinacional. Brillante e irónico resulta que la empresa en cuestión se dedique a proporcionar "energía limpia", en cuantas ocasiones esas grandes sociedades mercantiles que nos venden una vida mejor lo hacen a costa de muchas "insignificantes" vidas. La película, en añadidura, nos presenta a un director sobrio y puntilloso que esperamos resista a la tentación de una carrera vulgar y millonaria. Al igual que hizo su padre, al que echamos de menos, dicho sea de paso. Gran película para iniciar una trayectoria artística. Nos recuerda a algo, claro... Control tierra a Mayor Tom...


Un escalón por debajo, aunque mereciendo la pena, se encuentran "Si la cosa funciona", la última de Woody Allen, que tiene algo de remake de su propio cine, y quizá por eso te hace reír y pasar un buen rato. Tras el desastre de Vicky Cristina Me Lo LLevo Calentito de Barcelona Woody ha vuelto a lo que sabe hacer bien, y aunque a estas alturas no podamos pedirle más, es suficiente lo que nos ofrece. "Un buen hombre", película española de Juan Martínez Moreno, parte de una fascinante idea argumental que luego explota con irregularidad. Me atrajo porque se aproximaba al mundo del derecho y su antiguo conflicto con la moral, en especial cuando se trata de moral religiosa. Asimismo explora los límites de la lealtad frente a la justicia, la absurda confraternización masculina frente a ellas y las intrigas académicas, un pelín pasadas de vueltas. El problema es que se le va un poco la mano en detalles mínimos de coherencia narrativa: algunas exageraciones (¿tanto crímen por una cátedra? Hubiese podido mantenerse en el tema de la amistad) y detalles inverosímiles (lo que rodea al arma del crímen, innecesario por cuanto podía haberse sustituido por una mera conversación entre los cómplices captada por un tercero). Aun así, no deja del todo mal sabor de boca, y apunta vías que deberían ser profundizadas por nuestro cine, con más rigor y menos complejos. "The visitor", película americana dirigida por Thomas McCarthy, es una amable reflexión sobre la inmigración, la diversidad, la experiencia de conocer a lo otros y compartir la vida con ellos. Un tanto tópica en el dibujo del personaje protagonista -un profesor universitario quemado y aburrido-, gana en interés a medida que avanza, quizá porque elude los giros argumentales efectistas. Tiene un pase, y nos hace pensar. No es poco.


Peores películas, ni fú ni fa, son "Radio encubierta" y "New York I love you". Esperaba más de la primera, porque soy fan de los guiones de Richard Curtis, capaz de contarnos historias de amor más grandes que la vida (de las que a mí me gustan, sí, qué pasa) con tono irónico y aire de permanente cachondeo. En esta ocasión hablaba de las emisoras piratas de rock de los años sesenta en Inglaterra, así que el tema me atraía doblemente. Al final, mucha broma adolescente sobre "las tías" y poca cosa más. Decepcionante, aunque algún momento nos divierta lo suficiente para seguir hasta el final. ¡Para cuándo una de esas maravillosas historias de amor!
"New York I love you" es demasiado irregular en comparación con su antecedente parisino, alguna de las historias merecen la pena y están bien rodadas (sobre todo ese episodio que transcurre en un blanco, lujoso y frío hotel donde la memoria, el amor y los fantasmas se encuentran), otras son insustuanciales aunque entretenidas. Lo dicho, ni frío ni calor.


Mención aparte para "El año pasado en Marienbad", que hemos visto en una edición excelente que ha aparecido hace poco. El cine como arte, estética y enigma a la sombra del nouveau roman, narrativa fragmentada, manejo aleatorio del tiempo... Hablar de ella requeriría una entrada completa, pero será otro día. Ahora, con vuestro permiso, niñas y niños, me voy de juicios...

'Let's Change the World with Music', de Prefab Sprout. Amamos la música.

Una maravilla. El disco en sí, y la historia de este excelente compositor, Paddy McAloon, aquejado de una extraña enfermedad que le ha afectado la vista y el oído. Siempre había sido un outisider, como tantas otras figuras de los ochenta (Terence Tren't D'arby, ahora Sandanda Maitreya) que después de un éxito masivo deciden proseguir en la música por su propio camino -lo que, bien sabido es, conduce a la soledad y el silencio-. Durante todo este tiempo no ha dejado de escribir numerosos álbumes rechazados inicialmente por las discográficas, hasta que en un momento dado decidió ya prescindir de ellas. Ahora, y tras esa etapa en que sus problemas de salud podían hacer esperar una obra oscura y dolorosa, ha remotado un proyecto de los años noventa y nos ofece un álbum luminoso, encantador, que contagia un entusiamo evidente desde su mismo título: cambiemos el mundo a través de la música.

Y de veras lo consigue, al menos el de quien lo escucha: "Let there be music", "Ride", "Music is a princess", "Earth, the story so far", "I love music"... Es difícil encontrar una floja, que no te revitalice, te haga tarear o sonreír. Vamos, que se me ha disparado la cabeza hacia mis proyectos narrativos y estoy convencido de que van a ser todos maravillosos, y que yo también voy a cambiar el mundo con la literatura.
Aquí os dejo "Ride", que recuerda un poco a New Order.


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'Swords.' De Mozz se aprovecha todo.

El nuevo disco de Morrissey recopila dieciocho caras-B de los singles pertenecientes a los tres álbumes de la era post-quarry. En esta temporada toca darle palos a distro y siniestro, así que por una cuestión de elemental caballerosidad voy a situarme entre el artista y la masa linchadora.

Vivimos tiempos en que la desvergüenza, la bajeza y la abyección son habituales en el comportamiento colectivo. El calculado derrumbe de las ideologías progresistas en favor de una especie de neutralidad bobalicona (sólo en las izquierdas, la derecha y el liberalismo, cada día más presentes y rabiosos) que obedece a consignas de mercado ha traído estas consecuencias. Una de estas proclamas que justifican cualquier comportamiento es la de que los discos son "muy caros" y las discográficas han abusado de nosotros durante siglos. No soy yo quien vaya a discutir cuánto de verdad hay en esta afirmación, pero sí que podemos matizarla en estos momentos. En los años ochenta un LP costaba alrededor de mil pesetas, y todos los consumíamos con alborozo, esperando ilusionados cada lanzamiento de nuestros artistas favoritos. Los músicos podían concebir sus obras como una unidad, con un orden de las canciones determinado, tardar tres años en completarlas y, finalmente, decidir si salían de gira o no. El propio Morrissey sacó al mercado algunos álbumes que no fueron acompañados de conciertos, y ocupaban un lugar privilegiado en nuestras estanterías, junto a los clásicos literarios. Era tan sencillo como que determinados discos no podían reproducirse en directo sin ser desvirtuados. El que para todos es el mejor de Mozz, "Vauxhall and I", entra dentro de esta categoría. Pero "Vauxhall and I" no podría existir hoy en día.

Tras los alegres años del E-mule y las discografías completas saturando nuestros Ipods, lo cierto es que la mayoría de los discos pueden adquirirse, ya sea en su versión digital o en CD, por no más de nueve o diez euros. Cabe también la posibilidad de que los escuchemos antes y decidamos, a través de las posibilidades que ofrecen incluso los propios artistas en sus webs. Estamos, pues, hablando de mil seiscientas pesetas, frente a las mil de hace veinticinco años. ¿De veras podemos seguir manteniendo que son caros? El problema es que venimos de la gratuidad, y frente a ella todo es evidentemente caro.

Hay dos tipos de público, y sólo acerca del segundo me gustaría reflexionar. El primero está formado por las hordas que consumen pero desprecian las manifestaciones culturales. Hace unos meses un responsable político que conozco realizó una jovial campaña por los medios de prensa clamando contra la SGAE al grito de "¡cultura libre!". Sólo le faltaba la camiseta del Che (flagrante pecado y contradicción, en su caso). Ese mismo responsable político puede llevar un reloj en su muñeca que equivalga a todos los discos que veinte casoledos se compren en sus respectivas y longevas vidas. Y con el tubo de escape de uno de sus vehículos seguramente me pagaría los conciertos a los que me gustaría asistir en los próximos años. Asimismo me consta que el referido responsable pasará a la historia no por legar al mundo algo hermoso -léase, un puñado de canciones-, sino por esquilmar un paraje natural con espantosas urbanizaciones de chalets pareados y multiplicar por mil la población de su municipio. No es este el público sobre el que quiero reflexionar. Están ahí, y yo aquí. Que corra el aire.

Me preocupan más los seguidores de la música popular que han dejado de pagar por ella. Ese es el típico ejemplo de colectivo tendencialmente progresista que ha sustituido las ideas por las cómodas consignas comerciales. El mercado ya no se dirige de manera inocente a su público, sabe que determinados sectores de la población necesitan de un mensaje "positivo" con el que sentirse a gusto, así ha nacido a responsabilidad social corporativa, y las multinacionales que más contaminan nos cuelan anuncios publicitarios en que niños sonrientes pasean por campos muy verdes. Pues bien, los seguidores de la música popular han adoptado la consigna mercantil de que los artistas son, básicamente, gente que no merece ser recompensada por su trabajo creativo, puesto que se trata de personas "vocacionales". Al mismo tiempo, cada día hay más demanda de música, y se pagan buenas cantidades por sofisticados reproductores de MP3, móviles, ordenadores, conexiones ADSL, etc. Sin embargo, pasar por caja para acceder a un puñado de canciones que nos van a hacer la vida más grata durante meses o años, se considera de mal gusto. La música ha de flotar por el aire (por las ondas) en beneficio de todos. Los coches o las entradas de fútbol se abonan, en cambio, y a qué precio. Hace veinte años el gasto en música formaba parte natural y relevante de nuestro ocio, hoy no, qué listos nos hemos vuelto. Y, por cierto, siempre nos hemos pasado CD's o cassettes de unos a otros, y nada de ello obstaba a que lo considerásemos algo único y especial, regalo o detalle de un amigo/a, teniendo claro que en otro momento seríamos nosotros los que comprásemos un disco y lo grabásemos para compartirlo con alguien. Nada que ver con la bajada masiva de archivos.


Todo esto viene a cuento de lo injustas que resultan algunas críticas que los propios seguidores de Morrissey realizan con respecto a su trayectoria última. Somos libres de ponerle cualquier clase de reparo a su música -y no han faltado, por ejemplo, en este blog-, pero al mismo tiempo debemos tener en cuenta las circunstancias en que hoy día se desenvuelve la carrera musical de un artista como él. Desde hace tres o cuatro años no ha dejado de editar discos, originales o recopilatorios, y sin embargo nadie puede decir que lo haga simplemente con el fin de obtener dinero y "exprimir" a sus fans, a tenor de las ventas. Necesita, simplemente, estar en el mercado como excusa para salir de gira. La producción de "Quarry", "Ringlider" y "Refusal" parece concebida precisamente con ese fin: proporcionar un repertorio fácil de tocar en directo, mucha batería marcando el ritmo y mucho guitarreo de rock adulto sobre los que se alza una voz cada vez menos matizada, como la de esos tenores que vociferan cuando interpretan boleros u otra clase de temas populares.
Aun así, los tres álbumes han continuado marcando cotas destacables en su discografía, y no es exagerado afirmar que "First of the gang...", "Irish blood...", "Let me kiss you", "Dear God please help me", "Life is a pigsty", "Mama lay softly...", etc., serán recordadas etre sus mejores canciones. Pero también debemos reconocer que nunca hasta ahora los discos de Mozz contenían tanto relleno, y me atrevo a decir que ello se debe a que su forma de concebir el álbum ya no es la misma. Los cortes de "Viva hate" o "Kill uncle" podían ser irregulares, pero formaban parte inequívoca de un todo que les atribuía un sentido más allá de suyo propio. Uno escuchaba "Mute Witness" con la sensación de que sólo podía estar colocada en aquella concreta posición dentro del LP, detrás de "Sing your life", y su piano frenético rompía con violencia el final elegante y pegadizo de la otra. Ahora, en especial en "Ringleader...", comienzan a sucederse "On the street I ran", "To me you are..." y demás, y no sabes si estás escuchando caras B, tomas en directo, versiones ajenas, si forman parte de un disco u otro... Al final da igual: sólo un puñado de ellas serán escogidas para el set list de la próxima gira, y eso es lo que importa.
Como dice una canción del "Grupo de Expertos Sol y Nieve: esto tenía que explotar por alguna parte... Morrissey ha cumplido cincuenta años y lleva tres girando sin parar, con conciertos en días seguidos. Hace poco tuvo un desvanecimiento mientras cantaba "Black Cloud" y tuvo que ser llevado a un hospital. También ha cancelado unas cuantas fechas por otros problemas de salud. Pero es más interesante y significativo lo que ocurrió en dos incidentes posteriores: una noche, apenas iniciado el show, y mientras saludaba animosamente a la gente, recibió un botellazo de plástico en la cabeza. Se largó. Esta semana, en Hamburgo, hizo una broma completamente inocente que no merece la pena explicar aquí y empezó a recibir sonoras imprecaciones de alguien en el público. Continuó el concierto, pero cuentan que a partir de ese momento se le vio más frío y algo triste. Al mismo tiempo, sus discos tienen deficiente distribución, los singles son inencontrables y las críticas arrecian cada vez que aparece un recopilatorio, pese a que los tres originales de los últimos tiempos han merecido notables elogios. Me pongo en su lugar y veo con tristeza cómo el edificio del arte al que he dedicado toda mi vida se cae a pedazos.
Es el signo de los tiempos: un público que no compra sus discos, aunque los piratea con frenesí, se permite criticarlos (como si se fuesen sin pagar de un restaurante y luego le reprochasen al chef el punto de cocción del pescado); ese mismo público comienza a mostrar señales de agotamiento ante los numerosos conciertos -aforos a medio vender, desapego, incidentes desagradables, etc.- que debe realizar por causa de lo anterior; en estos momentos se encuentra sin sello discográfico, y con un futuro más bien incierto... No es difícil imaginarlo de gira a los setenta y pico años, como Leonard Cohen. Si sólo un mínima parte de los miles de personas que han acudido a los conciertos del viejo trovador hubiesen pagado por escuchar el "Dear Heather", tal vez no estaría a su edad saltando de país en país. Y menos mal que tanto uno como otro se encuentran en buena forma. Hoy día, si un músico tiene algún problema importante de salud que le impida viajar, mejor que rece o haya ahorrado lo suficiente. Porque nadie va a pagar por una de sus obras, aunque se trate de la mejor. ¿No estará Morrissey aprovechando el momento precisamente para asegurarse un futuro? Pues ahí está la pregunta que deberíamos hacernos: ¿somos conscientes de hasta qué punto nuestro comportamiento como "consumidores" está incidiendo en la forma y el fondo del propio arte, más allá de los avances tecnológicos?
El caso es que aquí tenemos "Swords", colección de caras B cuyo lanzamiento es oportuno aunque sólo sea por lo complicado que resulta encontrar legalmente los singles. Y el contenido no deja de resultar similar al de los últimos discos: temas de relleno, aun así meritorios, y excelentes canciones. 'Ganglord', "Because of my poor education", "Shame is the name", "My dearest love", "The never played symponhies" o "Chistian Dior" nos recuerdan al mejor Morrissey, y le permiten incluso, en lo musical, mostrarse más diverso y sorprendente que en los álbumes.
Me quedo, no obstante, con la que para mí es la más bonita y emocionante de todas: "My life is a succession of people saying goodbye". Quién no se ha sentido alguna vez así, cuando las amistades pasan -y en muchas ocasiones ni siquiera existe ese decir adiós- o, simplemente, la vida que se corresponde con nuestros deseos e ilusiones parece situada al otro lado de un cristal infranqueable, desde el que la vemos sin poder tocarla, como sugiere la letra (será por eso que la escucho obsesivamente en los últimos tiempos, en que el trabajo y ciertas expectativas rotas a él asociadas me hacen apoyar la frente con tristeza en ese cristal).
Disfrutad de ella. Y sigamos compartiendo nuestra pasión por quien tanto nos ha dado. Gracias, Mozz, por este hermoso disco.

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'Larensia' (Casoledo se compra el 'Hola').

Qué puede hacer un caballero cuando en apenas quince días fallece una persona muy importante para él, se frustran ciertos planes académicos para el año próximo, debe renunciar a presentar su novela a un premio por falta de tiempo cuando llevaba escritas tres cuartas partes, pilla un buen catarro, y el trabajo es más estresante, incisivo, injusto, frustrante y descorazonador que nunca. Pues está claro: comprarse el 'Hola'. La sesión de risoterapia que me proporciona esta revista hace que cada día me resulte más incomprensible que se encuentre en la sección de "corazón" en vez de la de "humor", como El Jueves.

Y es que a los españoles no os puedo dejar solos. Me largo siete días al extranjero ¡y casi se va a tomar por saco el museo Thyssen! Explico la historia, de indudable interés cultural: todo lector/a intelectual conoce perfectamente que a la baronesa le gusta más bien poco su nuera, Blanca Cuesta. A lo largo del pasado año ha expresado ese desagrado mediante toda clase de técnicas sutiles y adecuadas a su posición social, como insinuar que su nieto en realidad no es del bueno de Borja, o sea, que la tal Blanca es una pelandusca, lo que ha motivado nada menos que tres pruebas de paternidad y toda suerte de peleas públicas a través de las revistas. También los acusaba de no pegar un palo al agua, y de vestir y comportarse de forma poco adecuada a su clase (?). Vaya, finos, lo que se dice finos, no eran:






¿Pero no quería elegancia la señora baronesa? ¡¡Pues toma!! Borja se ha calzado un traje oscuro y ha posado con los tomos de legislación Aranzadi a sus espaldas. Ha decidido tomar las riendas de su vida:






¿A que acojona con ese pañuelillo respingón en la solapa? El caso es que el chaval ha descubierto un manuscrito carmesí en el que dice que la herencia (léase larensia) que le corresponde alcanza magnitudes estratosféricas -qué lástima de mi hijo... y mientras tanto él viviendo de baratillo-, y es más, que se la habría estado tangando su madre. Entre otras cosas, medio museo Thyssen, así por encima, sería de este chico y su agradable esposa. De forma que hace unos días se presentó con su abogado y un notario en el museo para exigir la entrega de dos cuadros; concretamente, uno de ellos, un Goya.


Ah, qué grandes momentos brinda la profesión de abogado. Cómo me hubiese gustado ser ese hombre justo que acompañase a Borja en el momento de entrar en el museo y decir: "disculpe usté, haga el favor de llamar al encargado". Esperar luego con ademán impasible y soltarle al gerente: "mire, este cuadro y este otro son de mi cliente, haga el favor de descolgarlos y me los envuelva en papel bueno, que son para llevar".


Al parecer, sorprendentemente, el gerente del Thyssen se negó a entregarle nada, por lo que la trifulca legal irá para largo. Esta es mi foto favorita del reportaje, que yo titularía:


"El joven heredero lee preocupado el codicilo que contiene el fideicomiso"






Claro que gracias a esta otra foto de frente deducimos que los tomos que le han puesto sobre la mesa deben de corresponderse más bien con el pleito "Desatascos Torregrosa contra Tornillería Tulipán", pero la verdad es que el efecto, unido a los volúmenes de amenazante legislación, es estremecedor.



Señora Baronesa, si en el pasado se encadenó usted a los árboles del Paseo del Prado, tal vez deba hacerlo ahora a los cuadros del Museo, aunque para no llegar a tales extremos este modesto letrado se ofrece a representarla frente a su retoño a cambio de una minuta de, pongamos, doce mil millones de euros. Vivan las caenas.

Por cierto... ¿y ahora qué etiqueta le pongo a esta entrada?.... ¿gestión cultural?

I love New York


Hemos pasado unos días de vacaciones en Manhattan. Habíamos estado hace cinco años, después de casarnos, y ahora repetimos con el ansia y la premura de quien se impone tomarse una semana de vacaciones por lo civil o lo criminal. En esta ocasión el jet-lag nos ha afectado más de lo esperado, y apenas podíamos dormir, a las siete de la mañana estamos ya callejeando por el decorado de una de tantas películas que hemos visto o tal vez veremos: aceras alfombradas de hojas amarillas, panaderías y cafés apenas abiertos, con sus bollos calientes de mil variedades recién expuestos, paseadores de perros mansos, mujeres y hombres con ropa elegante de trabajo y un vaso de plástico en la mano camino del metro, ardillas asomándose a las aceras para regresar al instante a su árbol moviendo un rabo denso como un plumero... Nueva York sigue tan amigable, hermosa, diversa y encantadora como siempre. El bien ganado sentimiento antiamericano que han ido sembrando los Bush y demás caterva ha hecho que este oasis de civilización y multiculturalismo se introduzca en el mismo saco que el de esa sociedad fanática, mojigata y militarizada que tan bien representaba el niño de papá lerdo que dirigió sus destinos en los últimos años. Nueva York es otra cosa.

Resulta agradable confirmar la impresión con la que nos fuimos aquella primera vez: los neoyorquinos/as son extraordinariamente amables, comunicativos y generosos. En modo alguno viven ajenos a los otros, en modo alguno se trata de una comunidad fría y deshumanizada; pero tampoco es tan ruidosa, frenética y caótica como se suele hacer ver, así que en realidad da igual, los tópicos perdurarán durante siglos, y por mucho que la realidad los contradiga.

En esta ocasión hemos podido acercarnos a lugares que no habíamos podido ver por entonces: Brooklyn y su maravilloso paseo frente al skyline, donde tomé la foto que aparece más arriba; el Lower East Side, barrio emergente en el que han instalado el New Museum para acoger el arte más rompedor; Harlem y su hermosa catedral de St. John, que merece un aparte: en su interior ha acogido un memorial en recuerdo de las víctimas del SIDA donde aparece la bandera gay; a su lado hay una escuela y, pegada a una de sus paredes, una cancha de baloncesto; y asimismo un pequeño parque dedicado a la paz y a los animales, lleno de esculturas hechas por niños que recogen citas de grandes autores acerca de esas cuestiones. Vamos, uno, que no es creyente, compara esto con la barahúnda de cuervos de la iglesia española, manifestándose en manada como zombies, con los ojos inyectados en sangre y espumajeando por la boca mientras gritan "Aído asesina" y cosas similares, y te entran ganas de llorar. O de reír, que viene a ser lo mismo.

La visita al Brooklyn Museum ha sido de lo más interesante del viaje. En primer lugar, por la posibilidad de ver el Elizabeth A. Sackler Center for Feminist Art y en concreto la obra de Judy Chicago The dinner party. Es impresionante y triste a un tiempo, porque padece lo mismo que denuncia: resulta inexplicable que no se encuentre entre las piezas canónicas del arte contemporáneo, y uno sólo puede entenderlo en el único sentido posible: la historia del arte continúa escribiéndose por esa mayoría androcéntrica de la que me enorgullece no tomar parte. Contemplando esta obra admirable me reafirmo en que el feminismo, como filosofía humanista transformadora -o revolucionaria, si nos atrevemos a emplear el término- es el ideario más honroso que puede, hoy por hoy, abrazar un caballero. The dinner party contiene, por otro lado, todo aquello que hace grande el arte: una realización a través de medios expresivos sugerentes, poderosos y originales, junto con un propósito que trasciende el contexto artístico para intervenir en la sociedad a la que se dirige, en este caso mediante la recuperación de los nombres de aquellas mujeres que han ido construyendo la historia, y que apenas conocemos a través de esa otra historia escrita por los de siempre. Especialmente irónico resulta que la artista haya sacado a los hombres fuera de aquella última cena a la que sólo asistían ellos, y la mesa se encuentre ocupada por hermosos juegos de manteles, cubiertos y platos que simbolizan, mediante diversas técnicas, y con el leit-motiv común de los genitales femeninos, los logros de la concreta mujer a la que están dedicados. Aquí al lado cuelgo el de Virginia Woolf. Leyendo algunas notas sobre las figuras que recoge la obra te sorprende, sencillamente, el no haber tenido previamente ni siquiera noticia de ellas.

Pero en este museo nos aguardaba una encantadora sopresa: la exposición "Who shot Rock & Roll", que repasaba alguno de los trabajos de los mejores fotógrafos que han trabajado con la música popular. Estuvo entretenidísima, a pesar del trancazo que llevábamos encima. Me encontré allí con Mozz en un par de ocasiones, pero también al Bowie de Hunky Dory:




O al del "Serious Moonlight Tour", en plan mega-star:




Me hizo expecial ilusión que se incluyese esta imagen, que ocupaba el interior del LP en directo de los Smiths, 'Rank'. Ahora la tengo plastificada en el pasillo de casa, y expresa como nadie la pasión de los seguidores de un artista, disputándose jirones de su camisa:



En el Moma había también una obra de un artista que no conocía (Jonathan Monk) titulada Stop me if you think that you've heard this one before que utilizaba como motivo la portada de los discos de los Smiths:



Morrissey estaba por todas partes, como se puede ver. Pero uno de los aspectos más interesantes de la exposición del Brooklyn Museum era la sección dedicada a Grace Jones, con diversas fotografías y vídeos de sus actuaciones. Qué pena que no hubiese tenido temas realmente buenos, porque su imagen y su puesta en escena era tan rompedoras como las del propio Ziggy en su día:


En definitiva, un agradable paseo por este puñado de iconos que hacen el mundo más rico e interesante.

No puedo acabar sin la típica anécdota neoyorquina: una de las noches oímos una especie de alarma en la habitación de al lado del hotel. Salimos a escuchar y llamamos a recepción. Al rato, mientras tratábamos de volver al sueño, se sucedieron los ruidos, gente que entraba y salía, conversaciones en voz baja. Entonces sonó una alarma más fuerte, Nuria se levantó, se asomó a la ventana (piso doce) y vio tres camiones de bomberos parados frente a la entrada, al tiempo que dos coches de la policía cortaban la calle. "¡Hay que salir de aquí, venga, vamos!", dijo Nuria, y nos vestimos a toda prisa. Ella, eso sí, no dejó de ponerse un gorrito para recogerse el pelo, que si hay que morir carbonizados mejor hacerlo con cierto estilo. Bajamos echando leches las doce plantas por las escaleras, encontrándonos a gente que, medio atontados, miraban a todas partes sin decir nada; pero decidimos pasar de ellos y salvar nuestras valiosas vidas, a pesar de que allí no olía a fuego y revuelo, lo que se dice revuelo, tampoco había demasiado. Llegamos a recepción y la cruzamos hacia la calle. Los tres camiones y los dos coches habían desaparecido. El personal del hotel nos comentó que no había fuego, era una falsa alarma. Volvimos un tanto decepcionados, después de nuestra predisposición a la aventura, y maravillados por el único tópico americano que realmente se cumple: te echas un cigarro en tu cuarto, y antes de que tires la colilla la autoridad competente ya ha cortado la calle y poco menos que tienes un bombero con un hacha golpeando tu puerta.

La terquedad del salmón.

Hay algo hermoso en su batalla contra la espuma que lo bate, los guijarros que lo golpean, la pendiente que desafía su salto. Aparece vigoroso a dos palmos del agua y deja que lo veamos, luego se hunde y sigue nadando. Hasta que un gancho se introduce en su boca, y tira y desgarra y duele, y lo aparta de su destino. Hoy he pensado en ese salmón capturado y expuesto en una vitrina, antes de ser despedazado y engullido. Muchos llegan, muchos otros fracasan. Como todos ellos, trato de permanecer alejado del anzuelo. Miro hacia adelante y aleteo. Algo me espera allí arriba, donde nace el río.

Asunción Caso Ledo.

No se puede hacer literatura con un dolor tan grande como el que me produce tu pérdida, pero tenías que estar aquí, donde he tomado prestados tus apellidos sin preguntarte, y espero honrarlos de alguna manera. Me duele pensar que nunca hayas podido leer las tonterías de tu nieto, seguro que de cuando en cuando te habrías reído. Tan sólo quería dejar constancia ante quien sea de que eras una excelente persona, generosa, buena y divertida. Pasé contigo toda mi infancia, disfruté cada año mis vacaciones en Gijón bajo tus cuidados, te tuve a mi lado en los momentos oscuros de mi adolescencia. Hablamos mucho, nos reímos mucho. Siempre has seguido presente en nuestras conversaciones con tus dichos asturianos, y esa clase de anécdotas que nos contaremos una y otra vez para recordarte. Lo diste todo y pediste muy poco. Ayer se acabó. Me siento vacío y un poco más solo, aunque nunca has dejado de estar conmigo. Te echaré de menos.

Yo no quiero ladrones de mis ganas de vivir.

Amigos de la Cola Jet Set: gracias por aparecer (con un disco, una noticia, una reseña o, como ahora, con un vídeo) justo cuando más os necesito, cuando me alegráis la vida con un chispazo y me animáis para que no cese en mi modesta batalla por salir de esta pista de baile llena de malas melodías, y persista tratando de buscar otra pista con nuevas canciones y más emociones. Gracias por existir, por seguir haciendo pop. Esta semana he estado trabajando doce horas diarias con gente de mi edad, y de la misma de algunos de vosotros/as, a los que podría calificar como decís: ladrones de nuestras ganas de vivir; ellos no se dedicaban precisamente a escribir e interpretar canciones. Y entonces, en una de las últimas noches, me asomo a internet y leo: nuevo vídeo de Cola Jet Set. Y aquí estáis. Gracias.




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Wendy & Lisa y los amores juveniles (mis discos frikis, cap. II)

Otro de los incunables de mi discoteca: "Wendy & Lisa"(1987). Las chicas demostraron en este disco que eran algo más que parte de la troupe de Prince. Ya nos habíamos familiarizado con ellas a través de sus papeles en la película "Purple Rain", donde hacían de indignadas compositoras expoliadas de la canción que daba título a aquella pequeña joya bizarra. Luego las fuimos conociendo mejor por sus voces adorables en los coros de "Around the world in a day" y "Parade", hasta que finalmente se separaron del "Genio de Minneapolis" a medida que cada vez más se iba convirtiendo en el "Genio machista de Minneapolis". Su emancipación vino de la mano de este álbum, que no obstante le dedican a su mentor, paso previo para el bien merecido corte de mangas, imagino. Sin embargo el sonido del disco poco tiene que ver con el de "El Genio Testigo de Jehová de Minneapolis" (qué vueltas da la vida, por dios), es más pop que funky, aunque algunas pinceladas de soul sí que tiene. Lo fundamental es que incluye unas cuantas canciones excelentes, que han envejecido estupendamente, y que ahora vuelvo a escuchar en MP3 con la misma fascinación que la primera vez: "Chance to grow" o "This is the life" son piezas de pop sensible que sigue emocionando como entonces.
Una de las cosas más maravillosas de Youtube no es que te permita acceder a vídeos de determinados temas, sino a vídeos tal como tú los viste hace mucho tiempo. Este es el caso, cuando en 1987 o 1988 Wendy & Lisa aparecieron en alguno de aquellos programas musicales de Televisión Española que hoy se nos figuran como de arte y ensayo si los comparamos con la parrilla actual. Tocaron su single "Waterfall", y yo me enamoré de Wendy. Tardé más de lo razonable en saber que eran pareja. Es que yo en aquella época no me enteraba de nada.


Bueno, y ahora tampoco.


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Sandie shaw ayuda a la causa contra la soledad (mis discos frikis, cap. I)


Sandie Shaw, la cantante de los pies deslcalzos que triunfó con "Puppet on a string" era uno de los ídolos de infancia de Morrissey. Así que alrededor de finales de los ochenta, en pleno auge de los Smiths, comenzaron a cartearse y hacer amistad. Como consecuencia de ello Sandie grabó un par de versiones de sus temas: "Hand in glove" y "I don't owe you anything". La primera, sobre todo, tuvo bastante repercusión, y ayudó a Mozz a superar la frustración de la escasa difusión que inicialmente había obtenido el single. Lo que en al principio fue visto como una simple extravagancia de una banda joven que resucita a una vieja dama de la canción, como luego sucedió con los Peto Shop Boys y Dusty Springfield o Liza Minelli, tuvo continuidad con la grabación de un disco, "Hello Angel", que el abajo firmante consiguió en su día a través de una de aquellas esotéricas tiendas que te vendían vinilos por correo con un entrañable catálogo escrito a máquina que te ponía los dientes largos.



Ahora lo he pasado a MP3, y además de servir para recordarme lo lastimosamente viejo que me estoy haciendo, me ha permitido volver a disfrutar de dos temas excelentes: el primero, "Nothing less than brilliant", tiene una harmónica reconocible, ¿verdad? Sí, es Johny Marr:



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La segunda canción, escrita por Morrissey, "Please help the cause against loneliness", y de la que puede encontrarse una versión con su propia voz, es un verdadero encanto, y la escucho estos días porque tiene el tono musical propio de los personajes de una de mis novelas cortas, "El hombre que espera", con la que a veces doy la lata en este blog, y que pienso revisar y editar en cuanto tenga un huequecito en mi vida atribulada de leguleyo superado por las circunstancias.

Por cierto, premio para la señora o el caballero que descubra a Mozz entre los acompañantes acartonados/as de Sandie en este vídeo:





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El álbum incluía también una simpática canción, "Take him", en la que Sandie relataba su disputa con una chica jovencilla por arrebatarle a su amigo Mozz en la pista de baile. Bueno, aunque en realidad su nombre no se citaba, todo el mundo lo entendió así por sus referencias al quiff del poeta de Manchester.



Ya, bueno, este disco es una rareza friki, pero qué pasa, otros tienes cabezotas de jabalíes disecados en la sala de estar, ¿no?, ¿algo que alegar?

Yo también tengo sueños en mi corazón (nainonainoná).




Mientras esperamos nuevo disco de "La Casa Azul", Guille Milkyway nos ha ofrecido el típico álbum para fans, "La nueva Yma Sumac", en el que recopila diversas versiones, rarezas, tomas en directo y remixes de algunos de los mejores temas de su último título, "La revolución sexual". Merece la pena porque incluye unas cuantas canciones que tocaba en directo, y nos permite revivir felices momentos a lo que tuvimos la suerte de asistir a sus maravillosos conciertos. Por ejemplo, las versiones de "I want you back" de Jacko y Los Cuatro Estraperlistas, perdón, de los Jackson Five, "Señora", de Serrat, o sobre todo el "Love is in the air" que marcaba el punto más alto de despiporre en el show, con todos, hasta los de edad provecta como el que firma, desmelenándonos en una apoteosis de felicidad, diversión y euforia. Vamos, Nuria y yo salimos de allí sudando y contentos.


Claro que Guille no para, y ha compuesto la banda sonora de "Yo también", esa película sobre la relación entre un chico con Síndrome de Down y una chica que, como todos, se encuentra afectada por otras discapacidades. El caso es que cuando salió el vídeo y conocimos la canción, quien más quien menos se quedó a cuadros. ¿Dónde está el pop naif de influencias sesenteras y japonesas? O más claramente: ¿esto qué demonio es?


A mucha gente le provocó inicialmente rechazo. Pero lo cierto es que la vas escuchando y de repente te sientes transformado: tus patillas crecen, te desabrochas un par de botones en la camisa que dejan ver una buena mata de pelo negro y un cadenón dorado, tu peinado se carda solo, y es asimismo color "piel de toro sin afeitar", te pones pantalones de campana, recios zapatos con un poco de tacón machorro y, para completar la cosa, te quitas un mondadientes de los labios y te lo sujetas allí donde el lóbulo de la oreja se une con tu cabeza. Ya estás listo para canturrear y bailotear "Yo también". Y que nos den veneno, que queremos morir. Allá va:


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Este genial pastiche de rumba sentimental, entre Los Chichos y los New Romantics, nos muestra una vez más a Guille como un mitómano y un, a su manera, erudito de la música popular. Todo lo que hace tiene encanto, y esto no iba a ser menos. Además nos ha roto los esquemas, y la verdad es que te quedas con ganas de ver la peli.


Por lo demás, en la banda sonora también intervienen algunas de las mejores bandas de Elefant Records, ese sello que tan agradable nos hace la vida, frente a la mucha gente fea y triste que se esfuerza por jodérnosla. Encontraréis temas de The School, Camera Obscura, Souvenir o Fitness Forever.


Pues eso: una ocasión más para que aquellos que disfrutamos de esta clase de pop nos lo pasemos bien. Y que viva el amor.


Un vistazo al e-book. Que viene el lobo (¿derribará el cercado que contiene al rebaño?).

El dispositivo sobre el que voy a escribir es el SONY PRS-505. Existe un modelo de la misma marca más actualizado, así como unos cuantos de otros fabricantes que se diferencian de éste en algunos detalles más o menos relevantes dependiendo de lo que desee el consumidor. Pero como primera toma de contacto resulta lo suficientemente expresivo del estado de la cuestión y del impacto que pueda causar en el mercado editorial tal como lo conocemos.


Comencemos por las conclusiones que he sacado tras haberlo tenido entre las manos unos cuantos días.



1.- El lector electrónico supondrá, en efecto, una revolución en nuestra manera de leer similar a la que ha supuesto el formato MP3 en nuestra manera de escuchar la música. La tinta electrónica funciona mucho mejor de lo que pensaba, si bien, en el aspecto estético y emocional o perspectivo, nunca podrá igualarse al libro de papel para los verdaderos amantes de la lectura. Imagino que ambas opciones convivirán sin problema, y que habrá textos, sobre todo académicos, que preferiremos tener en e-book, mientras que una buena edición de alguno de nuestros autores favoritos siempre merecerá el dinero que cueste en papel.


2.- Se encuentra, sin embargo, en una primera fase de su evolución en los aspectos puramente técnológicos, fase que se verá superada mes a mes no sólo por las actualizaciones y nuevos modelos que proponga la industria, sino por la previsible intervención de los propios usuarios especialmente capacitados en el aspecto técnico, que con sus soluciones informáticas ad hoc irán adaptando tanto el hardware como el software a las necesidades del lector.


3.- Esta revolución supondrá un cambio en el sector editorial de alcance inimaginable, lo que constituye sin duda el aspecto más interesante de la transformación que se avecina. Y adelanto que, en mi humilde opinión, todo irá a mejor, a mucho mejor. Y por supuesto, no terminará con el libro de papel.


4.- Al igual que ocurre con la música, el sector se puede enfrentar a un gravísimo problema de piratería. Pero, a diferencia de ese primer caso, el mercado editorial parece haberse dado cuenta de que hay que responder antes de que todo se venga abajo por su inacción.

Dos advertencias: la primera, que no incluyo las características técnicas de peso y medidas, que pueden consultarse fácilmente en la web de Sony; y la segunda, pediros disculpas por la escasa calidad de las fotos, que he tomado con el móvil. Os contaré, en cualquier caso, mis impresiones al entrar en contacto con el producto.


Tanto su tamaño como la funda con que se nos presenta recuerdan a las típicas agendas de mano que se regala a los hombres excesivamente serios y aburridos, mal empezamos. El aspecto meramente estético del aparato -éste es plateado, aunque hay en otros colores- tampoco resulta demasiado atractivo, parece una PDA sometida a adelgazamiento y con la pantalla algo más amplia. El menú es bastante aparatoso, se recorre pulsando los botones situados a la derecha, o bien los de dirección que aparecen en la parte de abajo. El cursor, sin embargo, avanza a saltitos, por lo que fácilmente te pasas de opción y debes volver a subir, para en realidad pasarte otra vez. Como veis, han organizado los ficheros por autor, título, fecha y colecciones. Para acceder a los textos con rapidez se exige, por tanto, un cierto esfuerzo previo de etiquetado.








Pero todo esto es cuestión de software, y por lo tanto materia cabiante mes a mes, se irán sucediendo las versiones e imaginamos que Añadir imagenfinalmente la interface se asemejará a la de un móvil o un pc. Pasemos ahora al tema de que en realidad se trata, la lectura, y he aquí la gran sorpresa para quienes desconfiábamos de estos aparatos:






Se lee perfectamente, sin brillos ni reflejos. La llamada "tinta electrónica" consigue un efecto visual semejante al papel en cuanto a comodidad. Aunque pueda resultar extraño al principio, pronto te centras en el texto y se te olvida que los estás leyendo en un artefacto electrónico. Ésa era la principal de mis dudas. Te permite, asimismo, aumentar o disminuir el tamaño de la letra. Ahora bien, un libro en papel en edición rústica -no esos incómodos tomos con tapa dura y sobrecubierta- resulta mucho más manejable y cercano, por lo que desde el punto de vista práctico continuará llevando las de ganar.



El gran problema existente en estos momentos es el de los formatos. Una de las utilidades más directas del e-book consiste en que podamos almacenar y leer en él los numerosos artículos que encontramos en la web en formato word o pdf. Por el momento lo más aconsejable es pasarlos al formato EPUB, que es el más generalizado en esta clase de lectores electrónicos. La cuestión es que, al hacerlo, no siempre el texto transformado respeta la estructura y disposición del inicial. Y el resultado se convierte en algo ilegible, o al menos lo es en alguna de sus partes.



Bubok dispone en su librería virtual de la posibilidad de descargarse los libros directamente en EPUB. Escojamos una novela con el único criterio de que sea de calidad, por ejemplo, Los nuevos, de Francisco Casoledo.







Ha desaparecido el justificado y, aunque no se aprecia en la pantalla, los saltos entre páginas se han descolocado. Se puede leer y seguir el texto perfectamente, pero de cuando en cuando uno se encuentra a mitad de la página con un salto.



Todos estos inconvenientes, insisto, se irán superando gracias al software, por lo que de momento no debemos darles importancia. De hecho, el propio lector de SONY incorpora un programa instalable para manejarlo desde el ordenador que en seguida se revela insuficiente, y el que he utilizado al final procedía de Softonic, cómo no. Algo así ocurría y sigue ocurriendo con Ipod/Itunes. Las deficiencias de este último en cuanto a la organización de los archivos es suplida por otros programas más o menos amateur que las solventan.



Pero lo más importante de la aparición en el mercado del lector electrónico es el impacto que pueda conllevar en el mundo editorial hasta ahora conocido, disfrutado y, en ocasiones, sufrido. Partamos de la certeza de que en el plazo de meses la cuestión de los formatos quedará resuelta, al igual que ha sucedido con los archivos de vídeo que circulan por internet: antes no había manera de reproducirlos por las incompatibilidades entre nuestros lectores caseros y los archivos Divx, Avi, etc. En poco tiempo, sin embargo, eso dejó de ser un problema.



Pues bien, el primero al que deberán enfrentarse nuestras editoriales es el de la piratería. Ignoro cómo se hacen esas cosas, pero lo cierto es que por internet ya circulan las versiones PDF y, por lo tanto, EPUB, de muchos de los best sellers que podemos encontrar ahora en las librerías. Está claro que ese mercado de libros de usar y tirar será el más afectado. Aquellos lectores a las que las editoriales más importantes han dado la espalda, aquellos a los que han tomado por imbéciles, al tratar de venderles basurilla como grandes obras maestras que aunaban "pupularidad y calidad", serán los que permanezcan fieles a sus gustos y principios: no me imagino una gran crisis editorial en Alba, Libros del Asteroide o incluso Anagrama, siempre que siga siendo fiel a sí misma. En cambio, los blockbusters de portada chillona, tapa dura y campaña publicitaria, aparecerán a los pocos días en cualquiera de las redes o programas de intercambio, no lo dudéis. Las editoriales más comerciales no se han esforzado lo más mínimo por cuidar a su público, por transmitirles el amor hacia la literatura y los libros como algo bello, valioso, imprescindible. Siendo así a nadie deberá extrañar que se dispare el ansia acumuladora que ha llevado a preñar los Ipods con cinco mil canciones.



Pero se auguran otras transformaciones de más hondo calado cuyo análisis excede de esta breve entrada, aunque pueden apuntarse: el lector electrónico permite descargar numerosas webs vía RSS, incluidas las de los principales periódicos. Su actualización requiere, en principio, conexión al ordenador, mas no tardará en llegar el momento en que esto ocurra a través de internet, como en los teléfonos móviles. Podríamos estar hablando del inicio del fin de la prensa escrita. En estos días el diario El País nos anunciaba que estará disponible en el modelo de Kindle que Amazon comienza a vender en Europa. Y aquí se encuentra la mayor de las dificultades para los grupos de comunicación que dominaban el mercado hasta ahora: ¿seguiremos quieriendo pagar por leer determinados periódicos con nuestro lector electrónico? Hasta ahora el "efecto papel", comprar la prensa y hojearla mientras nos tomamos un café, era determinante para que tomásemos esa decisión. ¿Pero lo será en el futuro, cuando las fuentes de información ya múltiples se encuentren a nuestra disposición, la mayoría de forma gratuita, en formato de "tinta electrónica"?



Un aviso para navegantes: la legitimidad habrá que ganársela simple y llanamente con los contenidos. Pongo unos ejemplos relacionados con el mundo cultural: a día de hoy, un aficionado medio al teatro sabe que cuando se estrena una obra podrá leer la crítica en los suplementos literario-culturales de dos o tres periódicos. Si hay suerte, el crítico de turno se abrá ocupado de ella, y su opinión resultará de hecho decisiva para su permanencia en cartel. Como cualquier otro monopolio, esto conlleva efectos perversos: dos o tres fulanos se convierten en las personas más poderosas del gremio, capaces de hundir productoras o carreras interpretativas; si a ello unimos que su comportamiento ético pueda presentar ligeras vacilaciones, nos imaginamos ya el servilismo, intercambio de favores, regalitos, etc., que girarán en torno a una aparantemente profesional reseña en un periódico. Segundo ejemplo: mi amigo S. lleva más de veinte años escribiendo una poesía arriesgada, rica, sorprendente y de extraordinaria calidad; al principio remitió alguno de sus libros a unas cuantas editoriales y ni siquera recibió respuesta, así que dejó de hacerlo. Mientras ocupa su tiempo libre en leer y escribir, otras personas, una vez pergeñado algún poema, se constituyen en grupo, asociación y componenda. Seguidamente acuden al concejal de turno, aun por vía indirecta, como fuerzas vivas de las letras y las artes de la ciudad. Y al final cae una subvención, una revista, una plaquette, una participación en un Congreso de poetas nostálgicos o lascivos, da igual, y ya está construida la carrera literaria, y el canon contemporáneo. El que no sale en esos medios, no existe. Al igual que esa gente maleducada y siempre hambrienta que ocupa las mesas de los canapés en un acto público, extienden bien los codos para que nadie se acerque al montadito de jamón serrano.



A la vista de estos ejemplos podemos preguntarnos: ¿seguirán así las cosas cuando las fuentes a las que podamos acudir se multipliquen y sean gratuitas?, ¿seguirán un puñado de personas teniendo el monopolio de decirnos lo que es bueno o malo, lo que se debe leer y lo que no existe?



Hace unos meses asistí a una charla en la que hablaba el director de un conocido sello perteneciente a un gran grupo. Como suele ocurrir, estas nobles gentes no se conforman con administrar los frutos de la finca literaria, sino que desean asimismo controlar el prestigio. En un momento dado tuvo el cuajo de afirmar que estaban convencidos de conocer todo lo que se estaba haciendo en literatura en este país, de modo que lo que no estaba publicado bajo su marca, no merecía realmente la pena. "De hecho, han aparecido iniciativas de autoedición como Bubok... y de ahí no ha salido nada bueno."



Evidentemente, no me sentí aludido porque esa guerra no es la mía. Lo fue a los veinte años, pero no a los treinta y nueve, cuando me gano las habas de muy digna manera y la literatura es mi ámbito insobornable de libertad. Pero sí que se me suscitó una reflexión: ¿puede un autor de Bubok o similar acceder a que su obra sea leída y reseñada en Babelia, ABCD, o cualesquiera otros medios de prensa? La duda ofende, claro que no. Entonces, ¿cómo afirmar que "no ha salido nada bueno" de lo que es imposible que se difunda y se conozca?



De ahí que veamos con esperanza la aparición del lector electrónico. En estos momentos, como aficionado a la música pop, mi guía para conocer las novedades no es ningún periódico, revista o medio escrito, sino la página web jenesaispop. Cada día más acudimos a webs y blogs de crítica de libros o películas a la hora de informarnos y orientarnos sobre los mercados culturales. Imagino que si alguien lee en este humilde "La bestia en la jungla" una reseña de "La lluvia antes de caer", de Jonathan Coe, será consciente de que no la he escrito porque nadie me pague por ello, y que mi opinión, más o menos fundada y acertada, en ningún caso responde a favores, imposiciones o prebendas. Este es el futuro, queridos amigos-enemigos administradores de la finca. A corto plazo, todo estará en nuestro lector de tinta electrónica. Podremos bajarnos obras que se difunden gratuitamente, porque la coartada del "papel" y su presencia en librerías habrá desaparecido. La legitimidad crítica, insisto, habrá que ganársela con rigor y decencia.



El futuro se presenta incierto, apasionante, diverso y, sobre todo, más respetuoso con la inteligencia de aquellos para quienes los libros, la música, el arte, el cine y el teatro constituyen parte fundamental de la vida. Bienvenido el lector de e-books y el mundo nuevo que ayudará a seguir construyendo. Su mera aparición ya ha provocado inquietud y notables simulaciones: es una nueva oportunidad de negocio, lo importante es saberse subir al carro, etc. Pero lo que en realidad les ocurre a los mercaderes del gremio no es que tengan miedo al lobo, sino que derribe el cercado y se les escapen las ovejas que, hasta ahora, proporcionaban su cómodo y bien controlado sustento.

'Yo no debería estar aquí' (una explicación).

Como en anteriores ocasiones, publico en el blog este pequeño relato del libro en marcha deseando que sea del agrado del hipotético pero siempre amable lector o lectora.