lunes, 25 de agosto de 2008

A vueltas con Iris, y los libros que ha sepultado en mi biblioteca.

Concluyo la lectura de Amigos y amantes con la nostalgia prematura que sólo los grandes libros te dejan. Aunque no suele ser citada entre sus obras mayores, es sin duda la que más he disfrutado hasta el momento. Además de su manejo magistral del narrador en tercera persona —tan imbricado en la visión de cada personaje que contradice su aparente omnisciencia—, con constantes, oportunos y nada artificiosos cambios del punto de vista —que mantiene siempre la coherencia de sus decisiones, es decir, en ningún momento adquiere voz un personaje de forma inesperada con el fin de cerrar una escena o proporcionar una información—, descubrimos una novelista con una capacidad extraordinaria para la descripción del mundo físico en el más amplio sentido de la palabra. La minuciosidad del estudio psicológico de los personajes recuerda a lo que, según Carlos Pujol, era la especialidad de Henry James, esto es, “dividir un cabello en cuatro”, pero aun abundando en las digresiones de orden filosófico en torno a cuestiones como el amor —quizá su gran tema de análisis, siempre insuficiente, siempre irresuelto—, la soledad o la indecisión, nos encontramos con párrafos y aun capítulos enteros en que la naturaleza se convierte en un intruso insospechado y amenazador, y mediante una prosa rica en imágenes —en sus manos, el modo más eficaz de describir las sensaciones— llegamos a compartir la angustia y la necesidad de los personajes de un modo que ya quisieran muchos autores de novela comercial. La escena en que John Ducane y Pierce se quedan encerrados en una cueva es de lo mejor que he leído en muchos años, tanto en lo que se refiere a las oscuras motivaciones del segundo para acceder a ella atraído por la oscuridad y la muerte como a la epopeya posterior de ambos, en su lucha por la supervivencia.


La necesidad de amistad y consuelo es otra de las constantes de sus novelas, pero lo es en ésta especialmente, manifestada en el mero contacto de unos personajes con otros a través de las manos (Jonh Ducane con su chófer, Willy y Mary, en los que el simple y amistoso tacto constituye “su forma de hacer el amor”...). También es interesante el uso de elementos naturales como objetos simbólicos —la bola verde, los guijarros, el mar, siempre el mar—, y debo destacar el maravilloso capítulo decimoséptimo, en el que en una suerte de intermezzo hace coincidir a los personajes no sólo en un ámbito de tiempo y espacio, sino en unos mismos sentimientos y reflexiones. Porque todos, parece decirnos, pasamos por las mismas fases de pérdida, cobardía, enamoramiento, arrojo, torpeza, mezquindad y capricho en algún momento de nuestra vida; y tal vez por ello, al final, John no se atreve a erigirse en juez de Biranne, y opta por imponerle una obligación en aras precisamente de su felicidad.


Volviendo a la cuestión de los ‘acabados perfectos’ que le reprochaba Pombo, como lector agradezco que los personajes lleguen a algún punto en sus vidas después de casi seiscientas páginas de reflexiva parálisis, pero lo cierto es que tales acabados no son sino una último regalo que por cortesía se nos ofrece, pues una novela tan extensa y compleja nos ha proporcionado ya sobrados alicientes.


A lo largo de este año, Iris ya va dejando unos cuantos cadáveres en la sepultura de las baldas más bajas de las estanterías, que es donde coloco los libros que leo a la mitad y abandono, para que no me miren mal y me increpen cuando escojo otros. La irregularidad de Conrad en sus relatos marinos (aunque es excelente el incluido en el volumen colectivo Alter Ego, de Siruela, sobre el tema del doble), el amaneramiento de la prosa de Margaret Kennedy en “La ninfa constante”, la ligereza de Maughan —delicioso en las distancias cortas, débil en las novelas—, la pesadez de Henry Green (‘Viajando en grupo’, Lumen), o “El Halcón Peregrino”, de Glenway Wescott, libro sobrevalorado, con un abuso claro de un símbolo tan evidente, si lo comparamos con cualquiera de los objetos de Iris Murdoch a que he hecho referencia, que acaba siendo terriblemente aburrido. Tal vez los retome en algún momento, quizá no era la época adecuada, quizá se deba a mi temperamento adictivo... el caso es que de momento permanecerán allí abajo, y es posible que mueva las mesas y las sillas del comedor para que se vean menos.

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