lunes, 18 de agosto de 2008

Alba y Darío

Los conocimos en el Saturday Night Fiber de este año, habíamos ido a ver a Morrissey, y nos retiramos después del concierto de ‘My bloody Valentine’. Estaban en la salida del recinto del parque Juan Carlos I de Madrid, buscando alguna parada de autobús para regresar al centro. Se acercaron a preguntarnos si sabíamos dónde había una, y en seguida simpatizamos, porque yo llevaba una camiseta con el lema “Xixón”, y la asturianía es algo que crea lazos en cualquier parte como las viejas señales de los masones. Ellos estudiaban en Oviedo, y estaban allí para ver a Morrissey, igualmente. Acabamos llevándolos en nuestro coche hasta el centro, después de perdernos unas cuantas veces, mientras compartíamos más música y gustos comunes. Al despedirnos prometieron que nos llamarían este verano, cuando estuviésemos en Gijón de vacaciones, para asistir al concierto de Lucas 15 en la Plaza Mayor.


No tenían por qué hacerlo, ciertamente. Por edad, podríamos incluso ser sus padres –un tanto precoces, pero padres, a fin de cuentas-, y los favores, por así llamarlo, no tienen por qué devolverse. O es que quizá uno está acostumbrado a la ingratitud, el desapego, el recelo, la falta de espontaneidad, etc. El caso es que, ya en Gijón, en la primera semana de agosto, recibimos varias llamadas en el móvil que no llegamos a ver a tiempo y un mensaje, en la misma tarde del concierto, en el que nos invitaban a pasar por allí. Así lo hicimos, finalmente, y todo fue de lo más agradable. Nos presentaron a todos sus amigos y disfrutamos de un buen rato viendo cómo el cafre de Nacho Vegas atraía un verdadero diluvio sobre Gijón con su pose de ‘estoy aquí tocando por haceros un favor’, actitud maldita que encanta a los malditos de diseño.


Al acabar el concierto dejamos que los chicos continuasen la noche a sus anchas y nos fuimos por nuestro lado, era lo correcto. Pero uno no puede evitar recordar aquello como algo entrañable y, dada la media habitual de comportamiento en la gente de nuestra edad, como algo excepcional. Nos contaron sus planes futuros –los estudios de posgrado iban a separarlos-, y no parecían especialmente temerosos frente a la incertidumbre.


Dado que no soy creyente, me gustaría al menos interceder ante el azar y pedirle que se porte bien con Alba y Darío, gente madura, inteligente y de buen fondo. Y a ellos, desearles que lo que sean dentro de quince o veinte años se parezca lo suficiente a lo que quieran ser en este momento. Creo que Nuria y yo lo hemos conseguido.

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