martes, 19 de agosto de 2008

Contraindicaciones del ladrillo.

Durante los últimos años este país nuestro, paradigma de la honestidad y el buen gusto, realizó uno de los mayores descubrimientos de su historia: la democratización de la técnica especulativa. Hasta entonces eso era algo abominable que practicaban las grandes corporaciones, pero de repente el vecino del quinto descubrió que si compraba una segunda vivienda y la vendía antes incluso de escriturarla podía ganar un milloncejo en una semana. Y si se adquirían varias, en dos años uno podía embolsarse unos cuantos kilitos sin trabajar. También los hubo más arriesgados, que ponían algo de dinero y formaban sociedad con su cuñao y un primo muy resuelto que conocía al concejal de urbanismo, y compraban unos terrenitos con recalificación y licencia incluidas a cambio de un precio razonable –a menudo engañando a la abuela de turno que tenía una parcelilla en mitad del monte-; luego enrolaban a dos rumanos y dos magrebíes, y por cuatro duros (es decir, a duro por cabeza) ya tenían cuadrilla; entonces se construían cuatro chalés pareados, se vendían casi en su totalidad en negro y ya está: profesión, empresario. Dinero fácil sin gastos de Seguridad Social (total, extranjeros muertos de hambre hay muchos, si éste no quiere ya querrá el otro), eludiendo cuantos impuestos fuese posible, y a vivir. Todo ello, curiosamente, era compatible con que en las cenas entre amigos se pudiese criticar, en un momento dado, a las grandes multinacionales que tanto especulaban. El infierno siempre son los otros. Los chalés en cuestión apenas se sostenían, claro, pero a la hora de recibir las correspondientes reclamaciones judiciales ya se había cerrado el chiringuito y el dinero se había licuado en el burdo entramado de sociedades preparado para tales contingencias por el ‘jurista’ de turno, además, como los juicios duran años y las sentencias no se ejecutan...


El efecto secundario más pernicioso de la fiesta del ladrillo es que ha socializado la indignidad. Ganar dinero sin trabajar ni haberse formado previamente. Rehuir la mínima conciencia de lo público mediante la defraudación constante. Destrozar el medio ambiente sin ningún recato, con diversos colectivos profesionales –abogados, técnicos ambientales, urbanistas- al servicio del apaño legal mediante informes vergonzosos –sicario del informe, experto en relativismo medioambiental... profesiones de futuro-. Éste ha sido el paisaje moral de España durante los últimos quince años, por decir una cifra. Excepciones, claro que ha habido, gente honesta y trabajadora que se ha dedicado toda la vida a la construcción –y lo seguirán haciendo-, por supuesto que sí. Pero ello no obsta para que comprobemos, una vez más, que en cuanto se descuida la limpieza, el solar patrio se llena de cucarachas.


Ahora toca pagar la factura de esta fiestecilla privada en la que ‘empresarios’ y políticos danzaban y bebían y la banca ponía la orquesta, con la autoridad pública silbando y mirando hacia otro lado. ¿Y cuál es la receta para salir de la crisis? Moderar los salarios –que son los culpables de todo-, facilitar el despido, claro, y bajar impuestos para incentivar la iniciativa empresarial, es decir, el tímido asomo del dinero negro que se estuvo amasando. Entretanto, crisis, mucha crisis, y los sinvergüenzas aprovechando para no pagar a nadie y declarándose insolventes, que lo mueva el juzgado y el que tenga suerte, con la ayuda de dios, que cobre.


Una de las falacias más risibles o indignantes, según el rato, es la frasecilla recurrente de que la construcción “ha dado mucho trabajo”. El trabajo no se da, se contrata. No es un favor, ni una concesión graciable por la que se deba besar el anillo de nadie. El trabajador presta una serie de servicios a cambio de una retribución, según la clásica e inmejorable definición de contrato laboral, en un contexto de mutuo respeto, añadiría yo. Pero esto ya no se lo creé nadie, ni los principales interesados.


Todos vamos a pasarlo mal, pero al mismo tiempo algo nos dice que quizá era necesaria una buena catarsis. Ahora la pelea está en quién debe hacerse cargo de la cuenta y en qué porcentaje. Sin embargo, incluso eso parece secundario frente a las ideas, hábitos y principios que han ido germinando como desgraciadas contraindicaciones del ladrillo. Darles la vuelta costará bastante más que superar la crisis económica.

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