viernes, 15 de agosto de 2008

Perlas ensangrentadas


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Una de las actividades más peligrosas a las que puede dedicarse el lector atento a las noticias y comentarios de prensa es la de coleccionar perlas. Y digo peligrosa porque uno no da abasto, y al final el ordenador, o la carpetilla preparada al efecto, acaba por convertirse en el típico cuarto trastero lleno de objetos del pasado que ya no nos atrevemos a abrir por la contemplación deprimente de tanta inmundicia. No obstante voy a detenerme en dos de ellas, antes de archivarlas, aunque sólo sea por compartir mi estupefacción con los eventuales lectores de este blog.


La primera, y de mayor valor en el mercado del ‘pensamiento con dos cojones’, es este artículo de José Antonio Martínez-Abarca en Libertad Digital. El título ya promete y marca el tono de elegancia que caracterizará el artículo: “Palos con gusto no duelen”. Cito algunas frases completamente elocuentes —sobra cualquier interpretación—:


“Convido a las feministas a que hagan suya esta nueva reivindicación "de género": que las mujeres maltratadas que defiendan a su pareja vayan también a la cárcel por incitación pública a la violencia.

¿Qué hacemos, entonces, con esas hembras complacientes que, sin tener miedo de su pareja aunque ésta les pegue, y usando su libre voluntad, piensan que unos apalizamientos de vez en vez les merecen la pena porque a cambio ellas sienten esa íntima satisfacción o comodidad de seguir el tradicional "rol" pasivo, subalterno, el inconfesado placer del sometimiento, de cumplir órdenes sin pensar, tan oscuro pero tan real?

(...) No hace falta leer a William Faulkner para enterarse de que en el profundo sur, tras la guerra civil que manumitió a los esclavos algodoneros, hubo muchos que permanecieron junto a los "massas" del látigo teóricamente como criados y mayordomos, amas de cría y tatas, pero en realidad, de puertas adentro, como lo que habían sido siempre: esclavos. Nunca se habían dedicado a otra cosa y no otra cosa sabían ser. Pero lo peor: no querían tampoco. Y lo hacían con algo que podríamos calificar (con pudor) de gusto. De satisfacción por no desmandarse. El miedo a la libertad, que no vamos a descubrir ahora.”


Una de las cosas que más llama la atención de este tipo de opinantes —al decir ‘este tipo’ creo que todos nos entendemos— es la elección de los temas sobre los que se ocupan: si se trata de asuntos de género no hablarán sobre los cadáveres que debemos enterrar todas las semanas, ni sobre las desigualdades salariales, el acoso sexual, las políticas educativas que durante siglos —y en este país nuestro, especialmente durante cuarenta años— han mantenido el statu quo de prevalencia masculina, etc. No. Lo que más les preocupa son las ‘hembras’ que no denuncian y parecen disfrutar de su sumisión. Si se trata de hablar de relaciones laborales, siempre habrá algún recuerdo a los liberados sindicales o los trabajadores que se acomodan en el cobro del paro. Si hay que hablar de inmigración, qué podemos decir: bandas organizadas, utilización abusiva de la Seguridad Social... Es claro que la elección de los motivos define a un escritor, pero con independencia de ello, son contenidos como los de este artículo los que despejan cualquier duda.

Uno de los argumentos favoritos de los fundamentalistas de la libertad es el de que, siendo el hombre —y la hembra— libres por naturaleza, o porque lo diga la Constitución, cualquier circunstancia real de sometimiento, acoso o explotación viene a ser culpa suya. En el concreto caso de las cuestiones de género, si las entrevistas de trabajo son sexistas e humillantes, si las condiciones laborales son discriminatorias, o si sufren agresiones de su pareja, lo que se les dice es algo así: “mire usté, el ordenamiento jurídico la protege, acuda usté a los tribunales”. El Estado, a través de la legislación, no debe intervenir nunca en el normal desenvolvimiento de la sociedad, han de ser los propios individuos los que se defiendan a través de los mecanismos jurídicos pertinentes. La lógica es aplastante. Imaginémoslo a través de un pequeño diálogo:


-Buenas, tardes, apreciado jefe. ¿Puedo pasar?
-Claro, claro, pase.
-Mire, es que dado que hace diez minutos me ha metido usted mano y me ha amenazado con que si no teníamos relaciones sexuales me comenzaría a encomendar labores humillantes y muy por debajo de mi categoría profesional, he decidido acudir a los tribunales en defensa de mis derechos e intereses legítimos.
-Ah, muy bien.
-Se lo comento porque al tener una hipoteca creciente y dos chiquillos me preocuparía que por esta reclamación pudiesen despedirme de inmediato, en vez de echarlo a usted, como debería ocurrir. El shock emocional y los problemas de autoestima que pueda ocasionarme su abuso los superaré, pero temo lo que pueda ocurrir con mi puesto de trabajo, para el que estoy plenamente capacitada y he desempeñado durante años con responsabilidad. Además, el juicio puede prolongarse durante mucho tiempo... Y algunas compañeras me han comentado que las que denuncian pueden verse demonizadas de inmediato en un sector que dirigen personas como usted, a las que no le gustan las mujeres embarazadas o conflictivas, que viene a ser lo mismo.
-No se preocupe, acuda usted a los tribunales en defensa de sus derechos e intereses legítimos y el juez tomará la decisión más justa y conforme a derecho. Entretanto todo seguirá igual en el trabajo, nada debe usted temer por mi parte y por la de mis colegas del sector. Precisamente este fin de semana tengo cena con la Peña de Directivos Priápicos y les comentaré que continúen confiando en su capacidad profesional pese a esta denuncia, para el improbable caso de que deba usted abandonar su trabajo.
-Me quedo tranquila, nuestros argumentos se confrontarán ante la ley y ambos aceptaremos la decisión que se adopte caballerosamente.


Este diálogo chusco podemos aplicarlo a cualquier situación de abuso asociado a superioridad que se nos ocurra, y en cualquiera de los ámbitos a que nos hemos referido. Según esto, los miembros de determinadas razas, los homosexuales y lesbianas, los niñ@s que sufren acoso escolar, etc., padecen esas situaciones por una insana afición al sometimiento. Son como una especie infrahumana, nacida para obedecer a otros e incapaz de superarse, por lo que deben cargar con un alto porcentaje de culpa en sus desgracias.


Pero lo cierto es que en el concreto caso de los individuos de color —sí, yo practico el lenguaje políticamente correcto, y estoy orgulloso de ello— las cosas han cambiado mucho. Es difícil que nadie, en las sociedades modernas, se burle de un negro por el solo hecho de serlo. Hace mucho tiempo que la igualdad entre razas se encuentra fuera de discusión. Pues bien, esto no ha ocurrido porque cuatro individuos hayan acudido a los tribunales, sino por una acción efectiva, intensa y permanente en defensa de los derechos del ser humano. Una acción que se ha concretado en leyes y políticas educativas a favor de los discriminados. Exactamente lo mismo que ha de hacerse con los asuntos que afectan al género. Tan sólo después de muchos años en que se haya enseñado a las mujeres, desde niñas, que son iguales al hombre en todos los sentidos —no basta con darlo por supuesto—, y que no han de consentir discriminación alguna, podremos ocuparnos de gravísimo problema de las ‘aficionadas a la sumisión’. Hasta entonces sería deseable una mínima decencia intelectual.




La segunda ‘perla’ es de más difícil localización. Aparece en la revista profesional de los Graduados Sociales y la firma el director de una escuela de negocios. El artículo se titula “Mujer y liderazgo”, y pretende ser buenrollista y defensor de la mujer en los siguientes términos, en los que me permito intercalar algunos comentarios:


“(…) el balance se inclina muy desequlibradamente hacia el hombre, sólo un 7 por 100 de empresas están dirigidas por mujeres.
¿En qué puede mejorar la mujer para llegar a los puestos de responsabilidad?”

(Es decir, si sólo existen mujeres directivas en ese ridículo porcentaje, es que algo están ellas haciendo mal, cómo ayudarlas a mejorarlo. El autor tiene algunas respuestas:)


“Las mujeres tienen que mejorar su red de contactos, deben concienciarse de que para triunfar en cualquier ámbito hay que dedicarse a fomentar una red de relacione públicas que pueden ser la clave del éxito (…)”


(¡Acabaramos! ¡Los contactos, ahí estaba la clave! Es que las tías se enrollan poco, no son mucho de salir a tomar cervezas con los compañeros, tienen la nefasta manía de comer en casa, con su familia o simplemente con su pareja, y a veces por que les da por ocuparse de sus hijos, incluso suelen practicar el nefasto hábito de estudiar y prepararse profesionalmente… ¡Cómo no se han enterado de que este es el país de los contactos! ¡Nenas, hay que comer y cenar más con los colegas!)


“Convendría también concienciar a las mujeres de que tan negativo como ser machista es ser feminista, hay mujeres que aprovechan su posición de poder para intentar una revancha histórica, frente al hombre que ha adoptado una posición relevante a lo largo de la historia. Erradique la mujer líder de su pensamiento todo lo que tenga que ver con el resentimiento o la venganza”


(Cuánto tenemos que agradecer a analistas tan sesudos cómo este el que afronten uno de los graves problemas de nuestro tiempo: el revanchismo y los ocultos deseos de venganza de las mujeres directivas. Por otro lado, es claro que tan malo es ser machista como feminista, explotador como reivindicativo, nazi como perseguidor de nazis, fascista como defensor de los derechos civiles… la clave es eso, hombre, los contactos, el buen rollo y aquí no pasa —ni ha pasado— nada.)


“(…) la mayoría de las directivas están en contra de la ley de igualdad pues piensan que acceden al puesto, no por los méritos, el esfuerzo, la brillantez, la excelencia de su trabajo, sino por la cuota a cubrir; por otra parte, muchas de ellas reconocen que las zancadillas profesionales vienen a veces de las mismas mujeres”


(Aquí nuestro autor pasa de ser un articulista ingenioso de dudosa sintaxis a un verdadero teórico de las libertades, pero tan sólo nos gustaría comentarle un par de cuestiones: primera, la ley de igualdad no es ‘una ley de cuotas’ —es aconsejable leerse las cosas de las uno va a hablar—, las diversas acciones que se hacen imprescindibles en materia de género no se limitan a la caricatura de ‘mitad hombres, mitad mujeres’; y en segundo lugar, me gustaría realizar un ruego o llamamiento a todo aquel que se dedique a analizar la actualidad en cualquier medio y con cualquier difusión: ¿sería posible que se tratasen los temas con un mínimo de rigor?, ¿es razonable que los juicios se formulen con base en lo que dos o tres personas de nuestro entorno nos comentan?, ¿cabe extraer conclusiones generales a partir de casos aislados? Dicen las mujeres directivas que son otras mujeres las que les ponen las peores zancadillas; dicen las mujeres directivas que están en contra de cualquier tipo de cuota; dice mi prima Paqui que no existe el cambio climático porque las plantas de su terraza crecen que es un primor; dice mi cuñao Jose que no hay listas de espera ni colapso en los hospitales porque él fue la semana pasada y lo atendieron estupendamente… Y digo yo, que antes de ponerse a escribir tonterías uno debería tener en cuenta el valor del silencio.)




Esta mañana, como casi todas, nos relatan las noticias un nuevo asesinato machista. En tal contexto artículos tan mentecatos como los precedentes resultan especialmente lamentables. La crítica a las concretas iniciativas de este u otro gobierno, así como al acierto de sus responsables, resulta imprescindible. Pero no es crítica política lo que se entrevé en el lenguaje garrulo de estas lumbreras, sino lo de siempre. Y un valioso recordatorio de la necesidad de la acción pública en este concreto campo.


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