viernes, 15 de agosto de 2008

Queremos tanto a Iris





A medida que pasa el tiempo y uno va leyendo parece cada vez más difícil encontrar a un autor que te suscite esa entrega propia de los descubrimientos de juventud. De ahí el entusiasmo que me provocó ‘El Príncipe Negro’, de Iris Murdoch, novela publicada por Lumen. La lectura de una obra de arte literario suele exigir un poco de paciencia. Si siguiésemos el criterio moderno de que todo aquello que no nos ha ‘enganchado’ a las pocas páginas —y cuál ha de ser la vía de enganche: ¿un argumento destinado a proporcionar distracción al llamado lector medio?, ¿el sentido?, ¿el lenguaje?...— debe ser desechado, ningún clásico, o tal vez muy pocos, pasarían la prueba. ‘El Príncipe Negro’ se hace a menudo pesada, esas páginas de diálogos que no parecen conducir a ninguna parte ni proporcionan información o ayudan a entender a los personajes, ese continuo entrar y salir de los mismos, como en un vodevil, pero con escaso efecto humorístico, los digresiones filosóficas o literarias aparentemente arbitrarias… Poco a poco, sin embargo, empezamos a darnos cuenta de que hay en esas páginas mayor hondura de lo que pueda parecer. Y es que la caracterización de los personajes y las relaciones humanas es mucho más compleja en Murdoch de lo que nos tiene acostumbrada la ficción al uso. Al final, con un magistral giro dramático en las últimas páginas, todo lo anterior vuelve a nuestra memoria, como arrastrado por la fuerza de esa especie de catarsis, y nos damos cuenta de que tenía sentido, hasta los diálogos más prolijos y cansinos, y hasta tal punto que nos vemos obligados a volver atrás y releer, abrumados por la brillantez de la resolución y con una cierta mala conciencia producto de nuestros prejuicios. He estado a punto de abandonar la lectura de esta maravillosa novela, y no es algo que pueda reprochar a su autora. El ‘turno de réplica’ con que finaliza, en el que el resto de los personajes desmienten e interpelan la versión del narrador, es una verdadera delicia. Luego, un epílogo del ‘editor’ —cuya identidad es asimismo discutida por todos, y que llega a plantearse si no habrá un novelista que haya movido los hilos de sus pequeñas miserias— concluye sin concluir una historia en que todo, incluso el título, permanece sometido al juicio de un lector necesariamente activo. Excelente novela, que invita a leer más cosas de esta autora. Me llama la atención que en alguna declaración se haya considerado escritora de ‘novelas tradicionales’. Es evidente que sólo cabe apreciarlas así si nos atenemos al noble sentido con que la palabra ‘tradición’ —pese a la que está cayendo— debe entenderse en literatura.


Aceptando con gusto esa invitación a la lectura de sus novelas, he seguido por “El mar, el mar”, que ganó en 1978 el Broker Prize. Más extensa y deslavazada que la anterior, añade sin embargo un extra a los numerosos atractivos de su prosa: la sorpresa de los párrafos descriptivos que interrumpen las numerosas escenas de interrelación personal —siempre frustrantes para los personajes, como cuerpos extraños que rebotasen al acercarse—, con un lenguaje de la percepción sensorial —el mar, los colores del cielo, las rocas y plantas que rodean la casa— extraordinariamente rico, recuerda algo a ‘Las Olas’ de Virginia Woolf. También es magistral en el uso del punto de vista, algo a lo que ya nos había acostumbrado el narrador de ‘El Príncipe Negro’. En este caso, sin embargo, no resulta replicado por nadie, y debemos atenernos a su desquiciada y mezquina visión de los hechos. Este es otro de los rasgos característicos de la obra de Murdoch: resulta complicado empalizar con la mayoría de los personajes, no es una autora de buenos y malos, sino una exploradora del caos en los sentimientos. En el desarrollo de la conciencia opta por tono menos distanciado que el de Henry James, es más una naturalista divertida que un entomólogo obsesivo, lo que en cierto modo provoca esa adicción en el lector, que se olvida de llegar a alguna parte y se limita a desear que no se acabe. El final de ‘El mar, el mar’ está menos definido que en el caso anterior. Esa perfección en los acabados es algo que le reprocha Pombo en el prólogo de estas ediciones españolas, y es cierto que quizá se trate de una concesión que se compadece mal con la fuerte impresión de vida con que discurre el resto del libro. Pero también se agradece que nos fuerce el gesto por asombro o sonrisa, para que cuando cerremos el libro pensemos en lo mucho que nos ha dado y lo mucho que la queremos por ello.


Ahora estoy con ‘Amigos y amantes’ —curiosa traducción del original The Nice and the Good—, y de nuevo tengo la sensación de querer demorar su lectura para mejor disfrutarla. Ahora la excusa sobre la que giran la patulea de personajes extravagantes, con sus sentimientos confusos y sus obsesiones, es un suicidio cuya causa ha de resolverse. En esta novela emplea la tercera persona, si bien una tercera persona limitada, jamesiana igualmente, lo que le permite abundar en el análisis psicológico. Hasta el momento me está gustando aún más que las anteriores.


Supongo que a todos los lectores de Iris Murdoch les habrá dolido como a mí la imagen que de ella proyecta la desgraciada película de Richard Eyre —pese a contar con un reparto que podía aventurar lo mejor: Kate Winslet y Judi Dench como Iris en sus distintas edades, y un magnífico Jim Broadbent como John Bayley), basada en un libro autobiográfico de su marido que a uno no le quedan ganas de leer. Esta extraordinaria novelista padeció alzheimer en los últimos años de su vida, y la película —e imagino que el libro— no ahora ningún detalle al respecto, y sólo se detiene en su juventud para explicarnos, cómo no, que era un tanto relajada en lo sexual. Es ya muy frecuente esa especie de revisionismo literario que busca detalles sensacionalistas en la vida de autores fallecidos para exponerlos como en un museo teratológico. Pues bien, el principal efecto de esa película es que durante muchos años su nombre haya quedado asociado a esa enfermedad, lo que resulta completamente disparatado. No había reseña a sus libros o su persona en la que no se mencionasen sus padecimientos —la manida escena de los teletubbies, qué estupidez—, así que corríamos el riesgo de olvidarnos de que aquella mujer maravillosa fue la creadora de esas novelas que hoy y dentro de cien años seguirán proporcionándonos placer estético y ayudándonos a entender al ser humano. Parece que las cosas se van corrigiendo, y pasado el humo quedan los libros, y una imagen como la que prece a este texto, que es la forma en que me gusta recordar a la señora Iris Murdoch.






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