lunes, 18 de agosto de 2008

Un instante perfecto.






Lamb House. La casa donde vivió Henry James durante unos buenos años, desde 1898 a 1916, y escribió, entre muchas otras cosas, las tres novelas con que alcanzaba la cumbre de su estilo, tres hitos indiscutibles en la historia de la literatura: Las alas de la paloma, Los embajadores y La copa dorada. El año pasado fuimos a Rye, en East Sussex, a visitarla, y tomamos la foto que antecede desde el jardín. Me gusta mirar esta foto en cualquier momento, pero especialmente en los más grises, porque representa para mí una especie de instante de felicidad perfecta. Allí estábamos, después de haber recorrido las habitaciones que admitían la siempre peligrosa inspección de los turistas, sentados en un banco, lejos del mundo, al igual que esos dos caballeros que aparecen en la fotografía, con su porte tan típicamente inglés de eruditos extravagantes o algo así –aunque esto no puede apreciarse demasiado bien-.


En la entrada había una señora de no menos de setenta años que cobraba las entradas y sacaba las vueltas de una especie de caja de latón muy antigua. Apenas tres de los cuartos estaban abiertos, y en ellos había dispersos numerosos objetos, manuscritos –notas de correspondencia, fundamentalmente- y fotografías del maestro, incluido uno de sus bastones de paseo. Debo reconocer que tuve un comportamiento bastante poco digno para un asturiano criado en la cuenca minera. Me quedé sin habla, con el corazón a cien y una cara de lelo que desgraciadamente conservo en documento gráfico. Menos mal que Nuria tomó las riendas, sacó las fotos y me sugirió que tocase alguno de aquellos objetos, lo que hice con bastante reparo, temiendo que la señora del latón o un bobby expresamente traído de la capital me cogiesen por la oreja y me sacasen de allí. Ya en el jardín, luminoso y bien cuidado, resultaba fascinante pensar que el autor había estado paseando por alguno de los cuartos de la planta de arriba mientras dictaba aquellas frases tan certeramente intrincadas que tanto nos han enseñado sobre el arte de la novela y el ser humano de cualquier época.


Estuvimos sentados un buen rato, dejando pasar el tiempo, hojeando algunos libros suyos que habíamos llevado para el viaje en el tren, y luego fuimos a dar una vuelta por el pueblo, una villa encantadora de calles empedradas y antiguas casas con nombre propio. En una librería compré un volumen de David Lodge (‘The year of Henry James’) en el que, junto a ensayos propiamente literarios, cuenta algunas circunstancias divertidas que experimentó durante el proceso de redacción de su extraordinaria novela ‘El autor, el autor’, que por cierto presentó en Rye.


Y es que a nadie le cabe duda de que el fantasma del maestro se pasea por allí, enredado en sus pensamientos, seguramente escandalizado por el comportamiento de los turistas que acudimos a perturbar sus recuerdos, y molesto por la imposibilidad de encarnarse de nuevo y retocar una o dos frases o meras palabras de algún texto en concreto que, con los años, ha acabado por resultarle insatisfactorio.


Si es así, espero que me haya disculpado por haber manoseado su bastón (la culpa fue de Nuria, al fin y al cabo).

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