domingo, 21 de septiembre de 2008

‘Dietario voluble’. Vila-Matas dentro del libro.


En la portada aparece así, de espaldas al mundo y de cara al libro. Allí es donde se ha instalado y en ese paisaje se mueve. No es mal lugar. Cuando viaja parece hacerlo como excusa para recordar a los autores que le han descubierto un concreto lugar -el viaje se convierte en mera corroboración-, cuando vuelve, sigue leyendo y comentando lo que lee, y cuando opina sobre algo ajeno a la literatura lo hace breve e intensamente, como si irrumpiese en una reunión para dejar clara su postura y volver de inmediato a lo que estaba haciendo. No obstante, puede que alguno de los párrafos más interesantes del volumen sean ésos, como cuando nos habla de la elegancia del frío, o del malhumor general en nuestro país, que por otro lado no es muy adecuado “para la sabiduría y el pensamiento”. Y ni siquiera la insoslayable realidad de su ‘colapso’ físico parece ir más allá de un mal viento que abate las ventanas de ese hogar libresco desde el que contempla la vida. Algo que no tiene nada de escapismo –ahí está, bien que ocasional, su firmeza en el juicio sobre lo cotidiano-, sino de mera y gozosa elección.

Muchos otros, que igualmente la realizamos en algún momento de nuestra juventud incapaz de concretar, tratamos de llevarla adelante con mayor o menor dificultad o fortuna. Aquí está la prueba gráfica de mi intento.





Pero no estoy sólo en ese viaje, sino con la mejor compañía que imaginarse pueda:




2 comentarios:

  1. No hay enigma. Solo el enigma de que haya un enigma. No hay para tanto.

    Atentamente suyo,

    Enrique Vila-Matas

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  2. Le agradezco su respuesta, de la que se desprende que, existiendo un enigma sobre el hecho de que haya enigma, la fotografía es enigmática.

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