lunes, 8 de septiembre de 2008

Glorias de España (1): el de la carpetilla.

Ustedes conocerán a alguno. Tiene entre cincuenta y sesenta años, es bajito y bastante rechoncho, pese a la frenética actividad que desarrolla y que a continuación detallaremos. Estudió perito mercantil o administrativo y en algún momento de su juventud, ya olvidada, cursos de contabilidad o finanzas. Trabajó llevando los papeles en algún pequeño negocio o asesoría, y siempre llega a una etapa de la vida en que su actividad profesional le concede bastante tiempo, o acaso haya podido prejubilarse u obtener una incapacidad —que le consiguió un primo de su cuñao que trabaja en el Instituto de la Seguridad Social— derivada de vagos dolores de espalda.

El caso es que esa disponibilidad de tiempo le descubre su verdadera vocación: ser hombre de mundo, de mundo económico, el que entiende de papeles, vaya. Y tal vocación se materializa en el momento en que acude a un supermercado y en la sección de objetos escolares se compra una carpeta de tamaño cuartilla. A partir de entonces se siente con seguridad y medios para comenzar.

¿Y qué es lo que impulsa la primera de sus acciones? Pues la constatación, quizá circunstancial, de que en el recibo del Impuesto de Bienes Inmuebles existe un pequeño error, a su juicio, que le hace pagar 0,35 céntimos de más cada mes. Esa minúscula tara en el recibo se convierte de repente en el motor de su vida, le impide conciliar el sueño, le taladra el pensamiento. Al año supone equis, y a lo largo de toda una vida.... mejor ni mentarlo. Tiene que resolverlo. Así que un buen día mete los papeles en su carpetilla y acude indignado al departamento correspondiente, donde trata con displicencia a una señorita que le indica que no es ella la encargada de ese tributo, y recibe el consejo de otra amable joven sobre los recursos que debía interponer, en su caso. ‘¿Cómo que recurso?, ¿no pueden ustedes resolverlo ahora, en el ordenador? ¡Oiga, yo pago mis impuestos, yo les pago a ustedes, que lo sepan!’, vocifera. ‘Pero es que si se trata de una discrepancia en la superficie, eso le corresponde a catastro’, explica la joven. Esa última palabra suena como una dulce melodía de clarinete en sus oídos: “catastro”. Allá que se va con su carpetilla.

Después de tres meses y varios altercados en todo tipo de dependencias públicas, consigue o no consigue que le den la razón. Cuando no lo consigue es porque se frena, porque el camino se ha cerrado, sólo cabe ir a juicio y él no piensa pagar a los sinvergüenzas de los abogaos. Se basta y se sobra para entender las leyes y aun la naturaleza humana.

Al concluir esta cruenta batalla puede que advierta que en la factura de teléfono se le cargan 1,75 euros en un concepto que no tiene del todo claro. Inicia entonces otra reclamación, esta vez mediante siete escritos rebosantes de un ánimo indignado. Luego será la comisión de la tarjeta de crédito de su banco. Luego, la cuota del seguro del coche.

Estas experiencias previas le hacen dar el salto. “Estamos haciendo el tonto, María”, le dice a su mujer, “claro, como aquí nadie se preocupa de las cosas y pensáis todos que el dinero cae del cielo...”. Y es que a lo largo de sus peripecias por el maravilloso mundo de las oficinas administrativas ha tenido tiempo de tomarse algún café con sus semejantes o charlar en las salas de espera, y ha ido atando cabos. Resulta que si crea catorce sociedades y pone el piso familiar a nombre de la decimotercera, en la que la administradora única será su chiquilla en cuanto cumpla los dieciocho años, podría evadir no sé qué impuesto. Y a su vez, si al mayor lo hace autónomo como empresario hostelero, y luego se da de baja, y luego se da de alta como tocador de guitarrón domiciliado en la Alpujarra, podría obtener una subvención. Y si su mujer y él, en vez de la declaración conjunta, la hacen hipermétrica, se ahorrarían un siete por ciento del pago de los intereses de la cuenta de ahorro que podría abrir en ese banco escandinavo que te remunera con un tres por ciento y te regala media cubertería de plata de ley.

Tales ambiciosos objetivos le llevan horas y horas de estudio en la casa, sacrificando cualquier posible dedicación a otros asuntos, como la lectura, el deporte o las bellas artes. Y la familia, incomprensiva como siempre ante los grandes hombres que han movido la humanidad, lo perturba con absurdas conversaciones, películas en televisión, salidas de fin de semana o cenas especiales. Así que, en consecuencia, les propina unas buenas broncas en las que a todos les queda claro que no tienen ni puta idea de cómo se ganan los cuartos y lo duro que resulta hacerse respetar en la jungla burocrática.

El cenit de su carrera se alcanza cuando el azar lo lleva a tratar con los grandes personajes de nuestro tiempo: notarios, políticos, empresarios de la construcción. En el fondo, tiene muy claro que siempre ha sido uno de ellos, y si no ha alcanzado sus logros ni entrado en su sociedad, ha sido porque se ha visto lamentablemente lastrado por una familia de inútiles y haraganes. En el breve contacto que tiene con tales personajes podemos apreciar en él a un hombre nuevo, exquisitamente educado, sonriente hasta que los músculos de la cara se le amoratan; se apresura a pagar la cuenta en los bares y se despide con un “ya nos veremos” que le hace regresar a casa con una expresión multiorgásmica que sólo perderá cuando compruebe que pasan las semanas y aquel azar no se repite. Pero claro, quién lo va a llamar a él, con esa familia de perdedores que tiene.

Sí, seguramente ustedes conocerán a alguno. Puede que haya llamado a su puerta, mientras leían un libro, escuchaban música bailando a saltos sobre el sofá, hacían el amor con su pareja o preparaban una receta complicada. Han ido a ver quién era y se han encontrado con él, que les ha dicho algo así como: “buenas, soy el vecino del cuarto, verá, es que he visto que hay unas manchas de humedad en la escalera y seguramente es por culpa suya, porque la fluxa de la juntura de la tubería adyacente escaldea cuando rezuma”. “Ah, bien, no se preocupe, hablaré con mi seguro y vendrán a ver de qué se trata”, le responden, amables y deseosos de regresar a lo que estaban haciendo. Y sin que ustedes sepan por qué, esa respuesta parece irritarlo: “no, no, el seguro no tiene nada que decir, está claro que la fluxa de la juntura de la tubería adyacente escaldea cuando rezuma, así que lo que tienen que hacer es repararlo inmediatamente, díganselo, eh, díganselo”, concluye. Y como al día siguiente, sobre la misma hora, no haya acudido alguien del seguro, tengan por ídem que se presentará de nuevo en su casa, con peores modos, y hasta lo oirán susurrar, de camino a la suya, “esta gente me quiere tomar el pelo”. Háganme caso. Si esto ocurre y reconocen a uno de ellos —recuerden el dato de la carpetilla—, obedezcan, obedezcan siempre. En este tipo de cosas sobran los valientes.

Llega la Navidad, y reunido con toda la familia en la cena de nochebuena, se mostrará callado, vagamente sonriente, pero ajeno a lo que se habla. En un momento de la noche sacará un papel doblado, lo desdoblará y comentará que ha hecho un cálculo del dinero que ha conseguido ahorrarle a la familia durante todo el año con sus actividades en defensa de la misma –él todo lo hace por la familia-: “ochenta y cinco euros con cuarenta y siete céntimos”. Pero si a eso le unimos, continúa, lo que habría que haberle pagado a un asesor para que se hiciese cargo de tan complejas tramitaciones, la cosa ascendería a no menos de setecientos euros. “Vamos”, sentencia, “que esta cena de hoy, la he pagado yo”. Y sonríe. Más tarde volverá a recordárselo a todos, mientras brindan por el nuevo año, en el que, por cierto, anuncia, parece que saldrá una reforma fiscal que podría traerles algún quebradero de cabeza. Pero que no se inquieten. Él se ocupará de todo.

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