lunes, 8 de septiembre de 2008

Glorias de España (2): el aficionado.

Ustedes conocerán a alguno. Fíjense en las cafeterías de las estaciones de servicio: las familias o grupos de amigos que viajan en los vehículos entran y se dispersan por las instalaciones, unos van al baño, otros a las colas de esos deliciosos bocadillos de espuma de jamón, otros a la sección de prensa... Al fondo, o en una esquina, hay un televisor. Y de repente, alguien cambia el canal y aparece la retransmisión de un evento deportivo; da igual el que sea, waterpolo, hípica, remo universitario... si se trata de fútbol, coches o motos, los sucesos se desencadenan en una secuencia formidable, pero puede ser cualquier otro. El caso es que, de repente, manadas de seres con bermudas, piernas peludas, barrigas de vacuno y chanclas romanas, se agrupan en torno al televisor. Atrás quedan, olvidadas, las mujeres, los hijos y los abuelos. Bañados por la luz mágica de la pantalla, comienzan a rezongar, reírse, mirarse unos a otros con gestos de instantánea complicidad, colocarse bien el membrum virilis, todo ello al tiempo que emiten sonidos como “uyyy...” —si ha lugar—, o expresiones del tipo: “quince cero, qué cabrón”, “el Rochenback éste es una máquina”, o “dale una buena hostia”...

Y es que ser aficionado es un trabajo a tiempo completo, uno nunca deja de serlo, porque forma parte de su esencia. El aficionado ojea el Marca los lunes para ver cómo se presenta la cosa, y a partir de ahí es un no parar: la liga, la champions, la ACB, las motos y los coches del domingo, el Tour de Francia, la Vuelta a España, balonmano, boxeo o fútbol americano en los canales de pago, tenis... cada día hay una estimulante retransmisión para el aficionado, que vive su afición de manera tan apasionada que poco tiempo le queda, muy a su pesar, para cualquier otra actividad.

¿Quiere usted mantenerse eternamente joven? ¡Hágase aficionado! Este colectivo ha aprendido a detener el tiempo de una manera admirable. Pregúntenle a un aficionado de catorce años cuáles son las cosas que le gustan, y le responderá: “no sé..., el fúbol, la bici, los coches, las motos y salir con los colegas”. Hágale de nuevo esa pregunta a los veinticinco años, a los treinta y siete —ya con dos hijos— y a los cuarenta y ocho, y obtendrá idéntica respuesta. Sus intereses permanecen firmemente similares, pese a que no ocurra lo mismo con otros aspectos de su mismidad: así, con los años, el aficionado comienza a inflarse, la cara y la panza se le redondean, el rostro adquiere una alcohólica rojez, y la manos un torpor de tenazas, pero sin embargo podrá impartirte una clase magistral sobre cómo hay que controlar la respiración en el quilómetro veintisiete de ascenso en bicicleta al puerto de L’Angliru que te dejará deslumbrado.

Hoy día ser aficionado se ha convertido en muy seria cosa. Los medios de prensa, atentos como es habitual a las grandes cuestiones de su tiempo, han sabido darse cuenta muy bien, y no dejan de incidir en ello: a los futbolistas se les pregunta “qué tienes que decir a la afición”, o se comparte con ellos un sentimiento entrañable —“con esta afición todo es posible”—; también han acuñado leyes morales incontestables como “el aficionado es el que paga, y tiene derecho a protestar” o “la afición es lo primero, todo se lo debemos a ellos”.

Así que el aficionado ha tomado afortunada conciencia de su relevancia para la sociedad moderna, y no duda en ejercer como tal. Si alguien reta a su equipo, procederá como un dios ofendido y el contrario será voceado y apalizado en grupo, si hubiere oportunidad. Si el presidente de su club no ficha nuevos jugadores, será voceado y apalizado en grupo, si hubiere oportunidad. Si los ficha, pero mal, igualmente. Y lo mismo si su entrenador no obtiene los resultados esperados, o su un jugador parece apático o disminuye su rendimiento. La naturaleza cuasi divina del aficionado le permite apiñarse en la salida de los recintos deportivos para insultar a quien sea, organizar manifestaciones, hacer pintadas, lanzar objetos contundentes, volcar contenedores y romper escaparates. Como los dioses, a nadie debe rendir cuentas de sus actos: puede vocear para que despidan a un entrenador y pongan a otro, pero si este segundo resulta peor que el primero, vocearán al presidente por haber tomado tal decisión.

Claro que no todo son problemas y tensiones, a menudo también hay éxitos que festejar —en tales supuestos, vuelve a dar igual el deporte de que se trate, lo importante es que haya salido mucho por la tele—. El aficionado se reúne con unos cuantos cientos de semejantes y, embriagados de felicidad, se suben a las estatuas y arrancan sus cabezas, se tiran vestidos a las fuentes, vomitan en las esquinas y agitan con ferocidad camisetas sudadas.

Estas manifestaciones de entrañable emotividad hacia ‘sus colores’ también se dan en otros supuestos, como cuando ocurre alguna fatalidad o alguna injusticia que afecte a un jugador, a un equipo completo, o a un pueblo. Entonces el duelo y la solidaridad llegan a extremos paroxísticos, las ‘aficiones’ se hermanan y se intercambian camisetas entre emocionados aplausos, las calles son invadidas, esta vez de forma pacífica, para compartir tales sentimientos mediante pegadizos cánticos.

Y es que, si algo define al aficionado, es su pasión por la lírica. A ellos debemos espontáneas tonadas de carácter épico, como el bien conocido “a por ellos oé”. Esta partícula, ‘oé’, se repite a modo de delicioso ritornello en numerosas otras composiciones, valga como ejemplo el “puta Equis —equis es el equipo contrario— eoé, puta equis eoé, puta equis eoé eoeoé”, Aunque en otras ocasiones se opta por la prosa directa, sin concesiones, como en el siempre jocoso (tararéese con la melodía de ‘Guantanamera’): “Hí-jodeputa, fulano hí-jodeputa, hí-jodepuuuta, fulano hí-jodeputa”.


Un curioso fenómeno que interesa a los tratadistas es el de que tales cánticos se repiten de unos a otros estadios, e incluso países, con someras adaptaciones a la idiosincrasia local. Todo ello resulta una tanto contradictorio con la especificidad de la que se enorgullecen los aficionados de cada equipo. Así, quien sigue a un determinado club o deportista se considera inequívocamente diferente como ser humano de los que siguen a otro cualquiera. Tal afecto hacia una figura deportiva parece que definiría por completo a una persona, sin necesidad de reparar en otros aspectos de la vida. En fin, los tratadistas continúan estudiando la materia y no dudaré en dar cuenta de sus avances cuando se produzcan. Asimismo dejaremos para otro momento las aportaciones del aficionado en el mundo de la moda, baste decir que ha conseguido liberarla de absurdos corsés: por ejemplo, un caballero puede hoy día llevar un serio pantalón de corte clásico, azul marino o beige, zapatos de piel y, creatividad al poder, una camiseta de la selección brasileña con el número diez y el nombre del jugador estrella —Horterinho, pongamos por caso— impresos en su espalda.

Lo cierto es que el aficionado se mantiene admirablemente aislado del resto de las cosas. Así como es capaz de movilizarse y ocupar ciudades, derribar gobiernos, apalizar individuos o colectividades o atraer inversiones, simplemente porque su club no haya podido a hacer frente a las deudas derivadas de los millones de euros de jornal de sus deportistas, permanece impasible ante resto de los cotidianos sucesos, que si acaso merecen una breve discusión en el bar. Hace unas semanas, con motivo de la aprobación de la Directiva Europea de la Esclavitud de 65 horas —antecedente del Futuro Reglamento Comunitario sobre la Reinstauración del Derecho de Pernada— pensaba yo, “ya verás la que se va a liar”. Pero no. Pasaban los días, salías a la calle, y allí no había ni dios. “Será por las olimpiadas”, me dije, y seguramente estaba en lo cierto. Lo malo es que ahora empieza la liga de fútbol y ya dudo de que vaya a ocurrir algo, en fin...

Hay quien dice —las malas lenguas, sin duda— que tal modelo de ciudadano, cuando se extiende en número suficiente, es el sueño dorado de los que mandan, y que en oscuros despachos hay unos personajes aún más oscuros muriéndose de risa. Pero yo sinceramente pienso que no es para tanto. A veces el aficionado se pronuncia, sobre todo en esos momentos en que alcanza el cenit de su carrera: cuando por azar, en la calle o a las puertas del estadio, una cámara de televisión lo enfoca y alguien le pregunta: “¿un pronóstico para el partido de esta tarde?”. Entonces adopta una expresión de solemnidad, mira al horizonte de toda su existencia, reflexiona, analiza y con una sonrisa y un gesto de seguridad responde: “dos a uno, con goles de Pichín y Morillo”. Y luego se queda mirando como si dijese “qué, qué te ha parecido, eh”. Hermosos instantes de plenitud.

Quizá podamos concluir, pues, que el aficionado sólo toma partido cuando hay partido. Si esto es bueno o malo, decídalo usted, amable lector.

(Dicho lo cual, puxa Sporting.)

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