lunes, 8 de septiembre de 2008

Glorias de España (3): el enamorado del amor.

Ustedes conocerán a alguno. Últimamente se distinguen por su cuidado aspecto, el pelo cortito, la tez bien tersa —les cuesta una pasta en cremas—, una estudiada perilla de aprendiz de chivo bajo el labio inferior, camisetas o jerseys ceñidos, casi reventones por una musculatura bien trabajada en el gimnasio que parece querer hacerse notar a gritos, pulseritas de cuero y anillos en dedos insospechados, zapatos de punta o zapatillas de audaces diseños, una mochililla o bolsita donde llevan su móvil, su cartera, algún aditamento cosmético, y en caso de haber niños —suele haberlos— abundantes kleenex y un juguete o una bolsa de ganchitos; y unos cuantos preservativos, claro.


El enamorado del amor nace de una cierta dificultad para interpretar la realidad. Los últimos estudios científicos sobre el caso discrepan sobre si el motivo se debe algún impacto violento en la cabeza sufrido durante su infancia o a un exceso de consumo de bocadillos de chopped. El caso es que el enamorado del amor parece genéticamente incapaz de comprender que cualquier mujer que entre en contacto social con él —una dependienta, una funcionaria, una comercial, una policía, una empresaria, una magistrada del Tribunal Supremo o la profesora de su niño, pongamos por caso— pueda estar pensando en otra cosa que no sea lanzarse sobre su cuerpo y entregarse a eso, al amor. El enamorado del amor sólo concibe las relaciones hombre/mujer en términos de juego de seducción, da igual que la fémina en cuestión esté preocupada por un asunto del trabajo, por el constipado de su niño, por la salud de sus padres, por el cambio climático o la política económica, él considerará que si le sonríe es que quiere guerra, que si aparta la vista se está haciendo la interesante, que si lo manda a la mierda es una tipa que se hace la dura y le plantea un reto aún más alentador... Hasta tal punto han mutado sus capacidades perceptivas aquel golpe en la cabeza o aquellos bocadillos de chopped.


El enamorado del amor ha aprendido a hablar de manera agradable tras el concienzudo estudio de cuatro telefilmes y dos libros de autoayuda. Así es que gusta de pronunciar espontáneos discursos sobre el sentido de la vida, la necesidad de seguir los dictados del corazón, la importancia de las pequeñas cosas que te dan la felicidad y la liberación del consumismo materialista. Si tiene hijos, insistimos en que suele estar casado y tenerlos, contará a su última presa que la paternidad le ha cambiado la vida, y que sus niños son lo primero. Asimismo se mostrará como un defensor de la igualdad y la libertad femeninas, pese a que una traducción gráfica de su visión de la mujer la representaría como unos pechos y un sexo con patas.


El enamorado del amor crece en la tierra de cultivo de la amabilidad. Una de las más importantes discrepancias de fondo que mantiene con lo real es precisamente esa: ser amable equivale, de acuerdo con su concepción del mundo, a abrirle la puerta de acceso a un universo de insospechados placeres, un jardín de vegetación voluptuosa y sabias fuentes de hidromiel donde se rebozan odaliscas en tanga. Si una compañera de trabajo le pregunta qué tal su fin de semana o si está recuperado del resfriado, si se acerca a la máquina de café y le dice, por mera cortesía, si desea que le traiga uno, el enamorado del amor percibirá en ello una señal inequívoca de incitación al cortejo.


Y es que al enamorado del amor se le han conferido altas misiones —aunque de momento ignoramos por quién—: redimir a las casadas aburridas, proporcionar sus primeras experiencias a las jóvenes, desatar el desenfreno en las que considera reprimidas, quebrar la voluntad de las más inquebrantables. Para ello no reparará en gastos, al menos de tiempo: se hará el encontradizo, enviará mensajes de móvil de desaforado romanticismo, interpretará el papel de padrazo a la salida del colegio —donde aguardan decenas de madres con minifalda, oh, l’amour—…

Hasta tal punto llegan sus esfuerzos que en algunos casos adquiere una notable capacidad mimética, como un moderno Zelig pasado por el tarot del amor y un frasco de pachulí. Así, si se encuentra en presencia de una mujer intelectual, soltará alguna frase del estilo: “yo he sido un gran lector de los presocráticos” —previamente habrá leído la palabra ‘presocráticos’ en algún artículo de esas revistas divulgativas de historia o ciencia en la sala de espera del esteticista, justo antes de su sesión de depilación integral, y cuando decimos integral, entiéndase la palabra hasta sus más recónditos extremos—, si la muchacha es, por el contrario, una macarrilla de buen ver, será más chulo que nadie, y se presentará como tuneador de motos, si la nena es del Opus, le hablará de que, en cierto modo, él ha estado toda la vida buscando un sentido trascendental a su existencia. El objetivo final, pese a tan elevadas palabras —siempre en tono de voz bajo y meditativo—, y pese a tan refinados modales —la silla retirada en el restaurante, el pase usted primero, la mano tendida al subir un escalón—, es el polvete. Pero si no se consigue, da igual, lo dulce es el camino, la mera posibilidad, el juego. Que la otra parte no quiera ni haya querido nunca participar es cuestión, como decimos, que se le escapa, así que tiene la fortuna de vivir siempre jugando, como un niño al que se le entregase la llave del parque de atracciones y un saco lleno de fichas.

No obstante, la diversión se disfruta el doble si el enamorado del amor encuentra un acólito, alguien más joven y de su mismo sexo, a quien hacer partícipe de sus hazañas e impartir magistrales lecciones nacidas de la más amplia experiencia. En ese caso, al gozar de un público permanente, la a menudo ingrata tarea del enamorado del amor adquiere nuevos matices, pues incluso el fracaso resulta más gozoso al tener quien aplauda su tentativa. De nuevo, poco importa si el acólito de veras quiere serlo, o simplemente tolera un margen de pesadez en aras de la amistad, al fin y al cabo si uno falla habrá otro, lo importante es que siempre cuente con un compañero de juegos al que, demostrando su poder, invitar al parque.


Claro que dentro del enamorado del amor puede haber dos categorías. El que podríamos llamar simple o de gama baja, de cuyas acciones cabe tan sólo esperar un problema conyugal –por un estúpido malentendido en el que la dama en cuestión ni siquiera había reparado—, o una incómoda tensión —prolongada por la amabilidad— que al final se torna fácil de resolver con un simple “que me dejes en paz y te vayas a la mierda, imbécil”, ya sea verbal o vía SMS. Sin embargo existe otra clase de enamorado del amor de rasgos más inquietantes, y es el que se encuentra en situación de dominio, léase el superior en el ámbito laboral. En tales casos la cuestión se torna más complicada, el juego más angustioso, y cuesta encontrar la salida del misterioso laberinto que dibuja el niño con su lápiz rojo, el mismo que puede tachar tu nombre de una plantilla. Cuando el enamorado del amor jefe bromea con su compañera de menor rango en el escalafón de la empresa, o le propone comentar alguna cuestión laboral tomando un café —en el que curiosamente surgen aspectos poco laborales—, resulta muy complicado entender el juego, y curiosamente uno de los dos jugadores no sólo no se divierte, sino que pasa miedo. Claro que aquí, comprendámoslo, la tara sensorial del enamorado del amor se agudiza, cómo va a sospechar él que las sonrisas y el respeto y el aguante obedecen a ese terror a la hipoteca o los gastos del colegio de los chiquillos, cómo vamos a convencerlo de que no es su atractivo personal, su vaga erudición de vinos, el rugido del motor de su coche o su poder dentro del gremio lo que les lleva a brindarle su tiempo. Además, qué demonios, siempre habrá alguna que se venda, que quiera rollo por su propio interés, no es así, y esto es un mercado, ¿no?…

Pero no interrumpamos la música con tan vulgares razonamientos. ¿No la oyes? Son los violines que anuncian al enamorado del amor. Te ha visto sentada en un parque o en un café leyendo un libro, tan sola —bien es sabido que la lectura es señal evidente de no tener otra cosa en que ocupar el tiempo—, y ha llegado para salvarte, para sublimar tu triste vida y hacerte mujer. Deja lo que tengas entre manos y entrégate al juego. A fin de cuentas, para eso has nacido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario