viernes, 19 de septiembre de 2008

Glorias de España (5): el gran trabajador.

Ustedes conocerán a alguno, pero seguramente ignoran el origen extraordinario que los une. Y es que, una mañana, al gran trabajador le dio por mirarse en el espejo y, de repente, sin poder explicarse cómo, se encontró asomado a un terrible precipicio. Salió apresuradamente del baño, llegó hasta la cocina y allí estaban sentados su mujer y sus hijos, y de nuevo, para su espanto, apareció el abismo. Trató de olvidarse de ello, pero un domingo, después de comer, se sentó en el sofá y alguien le comentó: “qué bien, tienes toda la tarde para hacer lo que te apetezca y dedicarte a cultivar tus intereses, esto es vida...”. Y, por tercera vez, se encontró frente al vacío.

Es preciso que todos comprendamos que el gran trabajador se encuentra atrapado por su destino. Si no le hubiesen ocurrido tan extraños hechos, sería una personal perfectamente normal, pero existe un mundo mágico alrededor de nosotros y bien se sabe que nos hallamos sometidos a sus designios.

Así que gran trabajador se levanta a las ocho de la mañana y acude a, pongamos, su despacho. Apenas en unos minutos ya se le ha empezado a oscurecer el rostro, a amusgar la mirada, a encanecer el entrecejo. Y es que son muchas sus preocupaciones, tantas que a menudo lo atenazan y no le permiten arrancar. El gran trabajador recibe infinidad de llamadas y habla con numerosa gente, la faena se le acumula y apenas tiene tiempo para trabajar de tanto como debe pensar en cómo hacerlo. Las horas pasan, y llegan las tres de la tarde, sale de su oficina, sudado y descompuesto, y se va a comer con un cliente, donde la situación se alarga no menos de tres horas, pues los clientes también son grandes trabajadores y necesitan, entre todos, hallar la mejor manera de encauzar los negocios. Luego regresa a la oficina y se encierra de nuevo, tras dar un par de órdenes a los inútiles de los que está rodeado. A las nueve de la noche se asoma y descubre con indignación que todo el mundo se ha ido a casa. Piensa en lo desvergonzada que es la juventud, que no sabe lo que vale un peine, y decide despedir a tres o cuatro.

Así que busca nuevos grandes trabajadores, y le gusta supervisar personalmente las visitas. Hoy ha recibido a dos aspirantes interesantes, un chico con un currículum impresionante y una chica mona, en cuya trayectoria profesional apenas ha reparado, puesto que lo más importante es que sepa ser consciente de lo que es un gran trabajador y aprenda a valorarlo.

La primera entrevista, la del chico, transcurre bien, hasta que de repente al cretino se le ocurre preguntar: “disculpe... ¿cuál es el horario de trabajo?”. El gran trabajador se revuelve en el asiento y, resistiendo la tentación de abofetearlo, dice: “hombre, aquí no hay horario, aquí se trabaja intensamente y lo que haga falta...”. “Ya”, le contesta el joven, “si no hay problema por echar horas cuando se necesite, pero es por tener una orientación para coger el autobús y eso... además mi novia trabaja cerca y nos gusta comer juntos”. “Buenoooo.... mal empezamos”, piensa el gran trabajador, pero como le interesa el chaval por su buen expediente condesciende a farfullarle: “en principio de nueve a dos y de cuatro a siete, pero no me gustan los que se van a las siete”.

Con la chica las cosas van un poco mejor. Resulta que ella también tenía un currículum excelente, incluso mejor que el otro, pero lo fundamental es que le ha dicho (un poco azorada, el gran trabajador no entiende qué tenía de raro la pregunta) que estaba sin pareja en ese momento.

A los pocos días se incorporan a la empresa y el gran trabajador procura hacerles encargos a eso de las seis cuarenta y cinco de la tarde, para que no les ocurra dar la espantada. Antes, deduce por los envoltorios de las papeleras que tan sólo han tomado un sandwich de la máquina expendedora (el gran trabajador tenía comida con el primo por parte de madre de un cliente). Esa primera jornada acaba a las diez de la noche, y todos salen juntos y se despiden a las puertas de la empresa. El gran trabajador se permite hacerles alguna broma puesto que, a la vista de los resultados, parece que se van a adaptar bien a la dinámica.

Al día siguiente, alrededor de las tres de la tarde, el gran trabajador repara en que no tiene cita para ir a comer. Se pone de pie, se mete las manos en los bolsillos, mira la ventana, da un paseo alrededor de la mesa, se rasca la cabeza, calcula que está apenas a doce minutos en coche de su casa, pero de repente recuerda aquel precipicio aterrador y repara, de paso, en que deberían agilizarse los procesos de distribución con los clientes de la zona norte, por lo que decide reunirse con el chico nuevo, irse a comer y tratar el tema. Lo llama a su extensión pero alguien le contesta: “no está, se ha ido a comer con su novia, dice que antes de las cuatro volverá porque está muy apurado”. “Me cago en mi perra vida”, piensa el gran trabajador, “si esto me pasa por dar oportunidades a la gente”. Entonces piensa en que podría llamar a la chica nueva e introducirla de algún modo en la filosofía de la empresa, contarle los comienzos, lo duro que fue todo, el valor que tuvo que echarle al tomar ciertas decisiones a lo largo de su vida (como cuando uno de sus mayores clientes, Miguelito Quincalla, se planteó pasarse a la competencia, y él le dijo ”Miguelito, te voy a hablar como un hermano: te estás equivocando”. Y Miguelito se quedó), para que se dé cuenta de que está tratando con alguien admirable, coño, que se merece un respeto, porque a él nadie lo entiende, la primera su mujer y luego el resto de su familia. Entonces marca la extensión de la chica nueva, pero la misma voz de antes le explica que se ha ido a comer fuera porque le pilla cerca de unas clases de piano a las que acude, y le da tiempo a hacer ambas cosas antes de volver a su puesto. “¡No me toques los huevos, macho, la otra tocando el piano, este país se hunde, se hunde!”, reflexiona el gran trabajador.

Poco antes de superar el período de prueba, son despedidos. La noche en que tuvo que tomar tan aciaga decisión volvió malhumorado a casa, alrededor de las once y media. Los niños estaban ya acostados, y su madre y su mujer, viendo una película. “¿Mucho jaleo hoy”, le pregunta esta última. “Qué sabrás tú lo que es trabajar, no tienes ni puta idea de la presión que tengo... dónde está la cena”. Mientras se come la tortilla, a solas en la cocina, medita sobre la conveniencia de modificar el Plan Director de Maqueos Contables 2008/2009, y oye cómo su madre le dice a su esposa: “no te lo tomes a mal, tiene su temperamento, pero es un gran trabajador”. Menos mal, piensa, que alguien me comprende.

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