lunes, 1 de septiembre de 2008

‘Los inconsolables’, de Kazuo Ishiguro, en el canon de los escritores españoles.

Recientemente el diario 'El País' ha realizado una encuesta entre cien escritores españoles acerca de los diez libros que cambiaron su vida. El objeto era confeccionar una lista de cien libros, una suerte de canon que, desde mi punto de vista, tiene más importancia de lo que pudiera parecer, sobre todo porque pone a disposición de un público amplio, el que normalmente adquiere el periódico los domingos -y este reportaje es portada de su suplemento dominical-, una selección de cien de los mejores libros que pueden leerse elaborada mediante un criterio exclusivamente literario. Y he ahí la novedad, porque afortunadamente se ha prescindido de las habituales mixtificaciones publicitarias acerca de los 'best-sellers de calidad', y los escritores —pese a alguno que no puede dejar de aprovechar para hacerse el gracioso a costa del enunciado de la pregunta— han emitido un juicio libre y convenientemente subjetivo. El listado es lo suficientemente previsible para resultar fiable, porque a fin de cuentas la historia ha ido sedimentando el prestigio de unas buenas decenas de libros, y cualquier extravagancia en esta materia no deja de decir más sobre el ego del opinante que sobre el propio canon.


Una de las novelas elegidas, en el puesto 93, es 'Los inconsolables' de Kazuo Ishiguro. Y tanto a Nuria como a mí nos ha alegrado sobremanera, porque este verano los dos la hemos leído y opinamos que se merece estar ahí. Se trata, sin duda, de una de las obras más arriesgadas y rompedoras que nos ha proporcionado la literatura durante los últimos decenios. En el afán moderno por hallarle parentescos se cita a Kafka y Lewis Carrol, pero sus raíces se encuentran ante todo en el ‘territorio Ishiguro’, un mundo cuyo basamento se halla sobre todo en el lenguaje, gracias al que lo inverosímil se convierte en descarnadamente real y pueden pasar las cosas más atroces en un ambiente de formas exquisitas. Desde las primeras páginas de la novela, los extensos monólogos de los personajes, de ademanes victorianos y prosa elegante, construyen un mundo propio en que las reglas sobre el tiempo y el espacio dejan de ser las usuales. Una conversación en el trayecto de subida de un ascensor de hotel puede alargarse durante muchas páginas, y los encuentros y desencuentros en una noche la hacen interminable, el espacio en que se desarrolla la no-historia es un laberinto de habitaciones que de repente se estrechan en pasadizos o minúsculas salas adjuntas en las que la realidad se deforma, a la manera de las cortinas de David Lynch, los escenarios aparecen y desaparecen, dentro de un autobús hay una fiesta, y la sala de ensayo de un hotel resulta ser una especie de armario desolador expuesto al público... Todos los personajes tienen la necesidad de pedir algo al narrador, el pianista Ryder, todos esperan mucho de él y parecen conocerlo de antes, su presencia en la ciudad suscita unas expectativas que nada tienen que ver con un simple concierto; cada personaje que se encuentra o sale a su paso ve en él una proyección de sus propios deseos: el padre y marido perfecto, el líder carismático, el amigo afín, la esperanza y el consuelo... ¿Es Ryder una especie de encarnación de dios? Lo cierto es que escucha a todos pacientemente y parece comprenderlos, pero nunca hace nada de lo que se espera de él, y a su vez, tampoco parece que ellos confíen en que pueda hacerlo, simplemente le cuentan sus problemas, lo implican e imploran. Luego la vida sigue, y continúan solos. Al final las heridas de la ciudad no se han cerrado, nada se ha resulto, y Ryder proseguirá su gira en otro lugar. Aunque es su voz la que escuchamos –leemos-, no llegamos a conocerlo, y nos sorprende su tolerancia, su capacidad para hacerse responsable que lo que no le concierne, y su incapacidad para llevar a cabo las tareas que se desprenden de esa responsabilidad. En ocasiones parece un dios angustiado por no poder hacer lo que se espera de él, pero en seguida un nuevo requerimiento lo distrae y olvida el anterior, o es algún obstáculo físico – construido a fin de cuentas por los propios hombres- el que se lo impide; a fin de cuentas se trata de una deidad creada artificiosamente por los habitantes de esa ciudad innominada, que puede ser cualquiera, como mero receptor de sus frustraciones —¿es así como ha de entenderse el sentimiento religioso?—. El libro nos habla de la incomunicación y la desesperanza, de la angustiosa necesidad del otro y de la imposibilidad de llegar a crear lazos firmes entre ambos. A este respecto, una técnica interesante que utiliza el autor es la de que el narrador, en primera persona, se permita en ocasiones adoptar el punto de vista de un personaje concreto, penetrar en sus recuerdos y analizar sus temores, sin que de ello no obstante se extraiga alguna consecuencia apreciable, tan sólo forma parte del juego de su inútil empatía. Al igual que el mayordomo de ‘Los restos del día’, los desolados clones de ‘Nunca me abandones’ o el buscador de respuestas Cristopher Banks en ‘Cuando fuimos huérfanos’, conviven en el pianista Ryder un deseo intenso de conocer e intervenir y una desasosegante naturalidad en la aceptación del destino, como si pese a las tentativas que todos ellos realizan para cambiarlo, el resultado fuese una confirmación de lo que ya sospechaban. Así es como vivimos, parece decirnos Ishiguro. Tal vez sea aconsejable no pensarlo demasiado y, a semejanza de ellos, seguir intentándolo.


Volviendo al canon, se nos ha ocurrido hacer nuestra propia selección. Y lo primero es acotar los criterios para realizarla, en primer lugar, ciñéndonos al enunciado un tanto cursi de la pregunta: libros que nos ha cambiado la vida, que yo sustituiría por algo tan sencillo como los libros que más te hayan gustado o marcado a lo largo de tu vida, según puedas recordar. De este modo apelamos más al gusto lector —incluso nuestro gusto pretérito, cuando leíamos tumbados en el suelo con un bocadillo de nocilla en la mano— que a los aspectos más técnicos o formativos: no cabe duda de que algunos nos han enseñado mucho sobre la propia lectura, la escritura o la vida en general, pero se trata de escoger aquellos que no podemos olvidar, aunque no sepamos explicar muy bien por qué. Asimismo nos hemos impuesto no repetir autor, porque muy probablemente la lista se reduciría a dos o tres, si se trata de establecer una clasificación, así que se quedan fuera, yo qué sé, Otra vuelta de tuerca, Mientras agonizo, y tantas otras. Somos una pareja bien avenida, a deducir por nuestras respectivas elecciones, puesto que la práctica totalidad de ellos se incluirían en ambas si en vez de diez fuesen veinte o treinta los escogidos. Por ejemplo, Nuria incluye dos cómics que también formarían parte de mi listado más amplio — también Watchmen, dicho sea de paso—. Y en él habría lugar para la poesía –en la que soy un diletante con mala conciencia—, así como para autores en lengua castellana –La Regenta, los relatos de Cortázar, Juegos de la Edad Tardía, Saúl ante Samuel, La dama del viento Sur, El mercurio, La conquista del aire, Tu rostro mañana...—, y se repararían carencias notables como Proust, Joyce, Stendhal, Chejov, Jane Austen, Musil y tantos otros. Pero me temo que la selección se acabaría convirtiendo en uno de esos mamotretos absurdos del tipo “quién es quién en el mundo de los negocios”, así que vamos allá:


La lista de Nuria:

-El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde.
-La isla del tesoro, R. L. Stevenson
-Los inconsolables, Kazuo Ishiguro
-La música del azar, Paul Auster
-La bestia en la jungla, Henry James
-La metamorfosis, Kafka
-Viaje al centro de la tierra, Julio Verne
-El perro de los baskerville, Conan Doyle
-Sandman, Neil Gaiman
-From Hell, Alan Moore

Mi lista:

-La copa dorada, Henry James
-El ruido y la furia, William Faulkner
-La metamorfosis, Kafka
-El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde
-Mansfield Park, Jane Austen
-El hombre invisible, H. G. Wells
-El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, Stevenson
-Los inconsolables, Kazuo Ishiguro
-El príncipe negro, Iris Murdoch
-Bajo el volcán, Malcolm Lowry


No crea el amable lector que me ha pasado inadvertida una ausencia intolerable en la lista de mi mujer: ‘Los nuevos’, de Francisco Casoledo. Quiero pensar que estaría en el undécimo lugar. De otro modo, me retiraría a una cabaña de los Picos de Europa y callaría para siempre —así que mejor no preguntar—.

No hay comentarios:

Publicar un comentario