domingo, 19 de octubre de 2008

A. S. Byatt entre alcanfor.

Soy uno de esos lectores a los que les duele sobremanera abandonar la lectura de un libro. Tal vez porque la experiencia nos dice que en ocasiones hay que confiar y seguir un poquito más allá, donde tras un yermo de páginas secas acabaremos encontrando la tierra prometida, o por mero rechazo a ese elocuente criterio moderno de ‘si no me engancha en las primeras páginas, lo dejo’ con el que se alude únicamente al siempre limitado aspecto de la trama, como si todas las novelas hubiesen de tenerla y, más aún, con la obligación de que presente hechuras de intriga policial, enigma histórico o peripecia sobrenatural, todo ello, por supuesto, con un avanzar rápido y en frase sencilla. Bien al contrario, me interesan mucho las novelas retadoras desde cualquier punto de vista, ya sea su estructura, el uso del lenguaje, su sentido expansivo y medio oculto, etc. En el caso de 'La virgen en el jardín', ya que conocía otras obras de la autora, esperaba ya encontrarme con el párrafo moroso, una riqueza verbal extraordinaria y una historia vaga que transcurriría en un ambiente culto, abundante en referencias literarias, históricas y sobrentendidos de la vida universitaria inglesa que seguramente se me escaparían. En los relatos me había parecido una escritora excelente, y recuerdo con agrado 'La mujer que silba', último tomo de la tetralogía de Frederica Potter del que esta reciente publicación en España constituye su primera parte.
Pues no puedo más. Lo dejo. La riqueza en el lenguaje debe tener algún fin aparte de su mera exhibición, especialmente en párrafos descriptivos como el que sigue:
"La habitación de la señorita Wells era una estancia minúscula, decorada y transitoria. Librerías victorianas negras, con molduras góticas cortadas a máquina como las que arruinaron al joven Alfred Tennyson, encerraban una colección de objetos heterogéneos. Candeleros de cristal tallado, un bote para té de hojalata con rosas Gloire de Dijon pintadas, acericos de seda japonesa, un florero cónico de latón de Benarés con dos plumas de pavo real, tres galleteros (vidrio cilíndrico, porcelana con flores y mimbre, barril de madera con asa de latón), una bolsa de costura de cuero florentino, tijeras con un mango esmaltado que representaba una grulla, una taza Spode..."
Aún faltan unas cuantas líneas. Y en caso todas las páginas hay algo así, algo que no nos dice nada de los personajes, sino del amplio conocimiento decorativo de la autora. Hay un barroquismo verbal muy propio de ciertos autores de prestigio -en España, Cela- tras el que se esconde la nada, y aunque no creo que ése sea el caso de A. S. Byatt, de la que he apreciado otras cosas, desde luego que en esta novela, quizá primeriza, se acerca bastante a ello. Tampoco existen personajes de interés -o con vida, al menos-, ni un propósito simbólico que pudiese iluminarnos o un retrato histórico que tratase de instruirnos. Es la novela de una autora insegura que se esfuerza por mostrar todas sus capacidades intelectuales más que específicamente narrativas. Recuerdo aquel relato, 'Naturaleza muerta', que ya comenté en el blog, y en él los textos descriptivos tenían un evidente propósito: el de ocultar con un muro de palabras de exquisita precisión aquello de lo que precisamente no se hablaba, y que era lo sustancial de la historia. Sin ese sentido último, el abuso de la enumeración -listados inacabables de muebles, ropas, colores y texturas- nos remite a usos literarios obsoletos en estos tiempos de lectores estragados por lo visual, y necesitados en cambio -pienso yo- de reflexión estética y profundidad. Iris Murdoch lo entendió muy bien mucho antes de la fecha de publicación de esta novela fallida, y más aún los maestros y maestras de la narración 'intimista' como Austen, James, Wilkie Collins o las Brönte.
En fin, que lo dejo -ya ve el amable lector la parrafada que me cuesta tomar esa decisión-, así que ahora disfrutaré escogiendo el siguiente plato, aunque antes procuraré colocar este tomo en un lugar de las estanterías desde donde no pueda mirarme con malos ojos (dicen los tratadistas que a mi edad es tolerable una cierta neurosis).

1 comentario:

  1. "Es la novela de una autora insegura que se esfuerza por mostrar todas sus capacidades intelectuales más que específicamente narrativas", eso es un punto muy importante, me parece. Cómo que a la gente que escribe a veces se las da de muy elocuente -y a veces a mi me pasa también- de muy sabido, erudito; pero lamentablemete fatigoso. Sabe, y esto no es ningún tipo de zalamería, a mi me agrada la frescura que usted utiliza hasta para comentar su lectura. Eso es lo que agrada a los lectores modernos; poder entender al autor y encontrarle la gracia, la chispa, el carisma. A mí tampoco me gustan las descripciones que ocupan hasta una hoja entera, aunque por ahi hay gente que sabe hacerla. Hace poco conversé con un amigo y me dijo que uno debe saber poner cada palabra en su lugar preciso; la chamba de escribir bonito no es poner palabras grandilocuentes a cada rato, sino que el texto atrape y que guste.

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