miércoles, 1 de octubre de 2008

Capítulo del 1 de octubre, en el que nuestro héroe, sometido a numerosas exigencias laborales, medita no obstante sobre la dificultad en el arte.

El estrés laboral y la falta de sueño por los vicios creativos le dan a uno un punto de visionario alucinado que no debo desaprovechar para descargar un poco contra la penosa consideración de la obra artística en los medios de prensa de consumo masivo.

Este verano compramos unas cuantas películas con la satisfacción de saber que merecía la pena gastar en ellas unos euros, y el motivo fue que cada vez resulta más inútil ir al cine a ver cualquier estreno cinematográfico avalado por la prensa. La entrada es injustificadamente cara, han laminado las pocas salas con criterio que existían en las ciudades y se hace imprescindible acudir a esos grandes centros comerciales en los que cada vez te sientes más prisionero de algo que no sabes muy bien reconocer. Simplemente miras a un lado y a otro y piensas que las cosas no van bien, como en El show de Truman. Las palomitas, las hordas de adolescentes con look de futbolista multimillonario —ellos— y de acompañante de futbolista multimillonario —ellas—, las franquicias de comida rápida rodeando la sala de cine como las quijadas de un tiburón… Algo va mal, y no sabes explicar el qué, mientras repentinamente te entra hambre y te planteas si entras en Mac Donalds, o si en Planet Hollywood, o Doner Kebab, o la Cantina Mariachi o Los Cien Montaditos. Tal vez decides no optar por ninguno, pero acabarás comprándote unas obleas de neumático roto con salsa de carburador firmadas por Fernando Alonso, con un ticket descuento para adquirir un peluche del Señor Director de la cadena de cines, o dos litros y medio de zumo de impericia con un cucurucho extra-grande de retruécanos fritos, que acompañados por un par de salchichas de puro buey con aroma químico de esparto conforman el menú “Extra-dumb” de la semana. Luego entras y un chico con demasiados años para ir vestido de animador de equipo de voleibol de instituto te aclara: “la sala cinco está a la derecha, después de la cuatro”, y te sientas ante una pantalla descomunal y muy brillante que anuncia con música estridente y dibujos animados cegadores que vas a vivir una grandiosa aventura, aunque la peli trate del viaje de un anciano japonés desde su vivienda a la estafeta de correos. Claro que este tipo de películas es peligroso, porque como a los siete minutos no hayan descerrajado un tiro en la cabeza de alguien es probable que los remedos de futbolistas multimillonarios comiencen a decir en voz alta cosas muy graciosas, para solaz del personal. Y si siguen impacientándose y molestando no tienes a quién avisar, porque el chico del uniforme humillante es el mismo que pone la peli, vende las chucherías, limpia los váteres y pasea con la otra mano los perros de la señora del Señor Director de la cadena de cines. En todo caso, si ha habido suerte, sales del centro comercial, aún deslumbrado por tanta luz y tanto cartel, con el andar lento y un poco balanceante, mirando a ninguna parte, la boca entreabierta y un hilillo de baba cayéndote por el labio inferior, mientras susurras “quero volvé el próximo fin de semana”. Cuando te recuperas descubres, en efecto, que algo no va bien.

Así que a principios de verano compramos unos DVD’s, otros ya los teníamos, y hemos pasado buenos ratos viendo cine en casa. Por ejemplo, a Bergman. ¡Sacrilegio! Ya nadie ve las películas de Bergman. Se ha convertido en un sinónimo tal de elitismo parodiable que en una especie de giro extraño se encuentra cercano al desprestigio, en vez de lo contrario. Y uno se pregunta cómo es posible cuando su obra es todo menos esa colección de artefactos vacuos y pretenciosos con que se la suele dibujar: relatos fantásticos memorables —El Séptimo Sello—, historias de notable exploración intimista como —Un verano con Mónica o Fresas Salvajes—, o fábulas sobre niños atrapados en el lodazal de los adultos —Fanny y Alexander—… Todas estas películas continúan hablando al espectador de hoy con la fuerza vigente de los clásicos.

El problema es que la conversión del arte en producto de consumo masivo, ligado al propósito de obtener una rentabilidad, ha acabado por desvirtuar completamente su carácter y su propósito. No es necesario hacer un repaso de la situación, basta fijarse en uno de los últimos ejemplos que nos ofrece la prensa diaria. La película 'Tiro en la cabeza', de Jaime Rosales. Resulta que al buen hombre se le ha ocurrido tomar distancia con respecto a lo filma -y contempla el espectador- hasta el punto de hacer inaudibles los diálogos. Ha estimado que es la mejor forma de acercarse a unos hechos que en este caso tienen desgraciado fundamento en la realidad. Ignoro si tal elección habrá servido para hacer una buena película. Pero lo que me parece un síntoma preocupante de ignorancia, prejuicio y catetismo por parte de la opinión pública es el hecho de que el director haya tenido que justificarse una y otra vez, y que las críticas y reseñas se centren exclusivamente en esa cuestión, hasta el punto de que en vez de por su título acabará conociéndose como 'la peli que no se oye'. Lo que considero valioso, en cambio, es que un creador haya reflexionado sobre las herramientas con las que trabaja antes de ponerse a 'contar'. Porque este mera acción suele conllevar decisiones diferentes y arriesgadas, ya que no se limita al camino conocido y a menudo impuesto por convencionalismos de los que ni siquiera llegamos a ser conscientes. Cuestión distinta es que la opción resulte gratuita o contribuya a generar sentido, realidad, impacto, belleza, ruptura, conocimiento o lo que sea que pueda esperarse de una obra de arte. El monólogo interior en Faulkner, la visión fragmentaria en Virginia Woolf o la corriente de conciencia en Proust se hallan imbricados con sus personajes y lo que piensan o dicen, independientemente de que haya propiamente una historia, de manera que uno no puede imaginarse ambos aspectos transmitidos de diferente modo. En este mundo nuestro todo ha sido ya dicho y escrito, no hay intriga capaz de sorprendernos, ni mecanismo argumental que, en realidad, suponga una gran sorpresa. La clave está en la forma y la visión del mundo del creador. Es cierto que abundan los bluffs, esas obras que no viven si no van acompañadas de una elaboración crítica que las complete, pero muchas más son las previsibles, que tan sólo buscan satisfacer a una determinada franja de mercado conformando un círculo vicioso en el que entontecen a la gente mientras se justifican diciendo que es lo que quieren.
De ahí que, a la espera del ver la película, no quepa sino aplaudir la libertad de un creador cuyas declaraciones, por cierto, no carecen de mérito. Sobre todo cuando afirma que pretende llegar a todo el mundo, que el gran arte siempre ha sido popular. Parece una boutade irreverente en una sociedad como la nuestra, que se siente retada u ofendida en su orgullo en cuanto algún artista se sale del tiesto, pero esas palabras tienen más importancia de lo que parece. Nos está diciendo que es precisamente el público quien debe hacer un esfuerzo por acercarse a su creatividad. Y no es poco, cuando la gran mayoría de los cineastas, escritores y músicos buscan complacer a toda costa al llamado 'gusto medio' (que no deja de ser un marchamo publicitario, en realidad la gente es mucho más variada de lo que se nos quiere vender): novelas históricas con enigmas de serie B, películas que se limitan a encadenar efectos o escenas sensacionalistas, 'microrrelatos' (esas repetitivas pildorillas de ingenio barato, en su mayor parte) para leer en el metro, porque se supone que ya no queda tiempo para más...
Pero todo esto se va a acabar. Esta noche subiré al monte con un puñado de best-sellers y realizaré un conjuro. Mañana, a eso de las doce, regresaré con los volúmenes debajo del brazo y los colocaré de nuevo en las librerías. Los fantasmas de Juan Benet y Miguel Espinosa los habrán reescrito. Luego continuaré con las películas, y después... se admiten propuestas.

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