domingo, 26 de octubre de 2008

Everyday is like Sunday

Después de una semana bastante dura de trabajo remunerado y no remunerado, llega el maravilloso domingo. Leemos la prensa atrasada disfrutando un poco del sol de la terraza y escuchando algo de música. Hoy son Belle & Sebastian, Aimee Mann y Lykke Li, aunque normalmente suele ser Blossom Dearie la acompañante ideal de estas mañanas. Los suplementos culturales, viejos amigos con los que a menudo me enfado en cuanto tales, me descubren esta vez a Edmund Wilson, y me apunto un par de exposiciones en el IVAM y en La Casa Encendida. A la hora en que escribo esta entrada veo en la tele una entrevista a la maravillosa Cristina Fernández Cubas con motivo de la publicación de su libro de cuentos.
Pero como "todos los días son silenciosos y grises", ando algo resfriado, y Nuria me dice que me tome la pastilla amarilla, aunque ayer la probé y no me hace demasiado efecto. Cuando estuvimos en Tokio fue ella la que se resfrió, y buscando en internet vimos que todos los viajeros españoles que habían estado en Japón había acudido en algún momento a unas pastillas milagrosas en la curación de catarros. Así que nos acercamos a una farmacia y pudimos conseguirlas en uno de esos ejercicios de comunicación con los nipones que tiene algo de juego surrealista -lo de que todos hablan inglés es una leyenda urbana-. Se vendía sin receta, en un frasco encantador, como los de antes -aquéllos que buscaba sin éxito Juan Benet, según cuenta Francisco García Pérez en su ensayo biográfico-, y en el prospecto aparece un dibujito de un tío que tose, otro que estornuda y otro que se lleva la mano a la garganta. No cabía duda de que, al menos, no iba a matarnos. El caso es que a ella le funciona perfectamente, y a mí no del todo, por lo que me siento en cierto modo discriminado. Así que anoche, a las cuatro de la mañana, recurrí al Frenadol de toda la vida y con eso voy tirando. De todos modos tengo que llevarle unas cuantas pastillas amarillas a mi madre, otra gran defensora de la automedicación masiva e indiscriminada.
La novela está ya maquetada y tan sólo faltan los trámites de obtención del ISBN y demás. Me ha asustado un poco el precio -alrededor de veintinueve euros, por causa de las cuatrocientas noventa y cuatro páginas en que se queda-, pero como a fin de cuentas esperaba tener menos cinco lectores, ahora se convertirán en menos quince. Me preocupa un poco más el hecho de que me va a resultar bastante cara mi modesta distribución casera a las revistas, autores, críticos y librerías con los que quería compartirla. No obstante, en tiempos de crisis es cuando precisamente hay que aplicarse esa frase de Oscar Wilde que dice: un caballero no debe preocuparse jamás por el estado de su cuenta corriente. Al menos hasta que lleguen del juzgado para llevarse la tele, añadiría yo.
Esta semana, además de una exposición estupenda -Nancy Spero- de la que hablaré mañana, vimos la película 'Orlando' de Sally Potter, sobre el texto de Virginia Woolf. Tiene imágenes de una belleza cada vez más difícil de encontrar en el cine, pero el guionista parecía estar bajo los efectos del Frenadol y la pastilla amarilla juntos.

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