martes, 14 de octubre de 2008

Paradojas de color rojo en la Tate Modern

El must de la temporada artística londinense es la exposición que reúne en la Tate Modern algunas de las últimas series de Rothko con un criterio must o menos razonable o justificado mediante el que se interpreta la voluntad del artista sobre la disposición final, a modo de diferentes Rothko Rooms, de una serie de obras dispersas. Todo sea por el impacto de la exposición; show must go on, por seguir con la palabreja.
Acudió una verdadera multitud en la que pudo apreciarse de todo, desde la sinceridad en el disfrute de los cuadros y su comentario, hasta los éxtasis místicos con levitaciones incluidas que ocasionaron varias abolladuras en el cielorraso de las salas. Ironías aparte, hay algo que merece un aplauso en este tipo de eventos, y es que pese al marchandising, los clichés y su naturaleza de acto más social que artístico en muchos de los casos, al final las obras están ahí, tal como fueron concebidas –al menos en su individualidad- y a libre disposición del espectador, que puede optar por admirarlas sin más o recurrir a cuantas intermediaciones estime oportuno –libros, audioguías, folletos, visitas dirigidas, etc-. No ocurre así con otras facetas del arte, en las que a menudo se hacen adaptaciones de clásicos -del cine, la música o la literatura- modificando aspectos tan básicos como sus medios expresivos con el fin hacerlas teóricamente más asequibles para un público al que se presume idiota, como si con ese moldeado, glaseado, encurtido, amputación o rebanado no se perdiese nada del sentido último de la obra. Los museos actuales parecen a menudo una feria, sí, pero los cuadros están frente a nosotros y es posible abstraerse de todo y contemplarlos.

En este caso, para facilitar la tarea, al parecer, se incluían una serie de paneles en los que se reflejaban las pinturas sometidas a rayos ultravioleta, de forma que se pusiese de manifiesto la sutileza de las variaciones cromáticas. Uno no podía evitar la sensación de encontrarse frente a la habitual excusa teorética con la que se trata de ‘completar’ el sentido de una obra que se muestra excesivamente oscura frente al gran público, pero aun así sigo pensando que merece la pena cualquier esfuerzo por acercar el arte a la gente, siempre que el mismo recaiga sobre quien debe hacerlo: los divulgadores, los gestores culturales, y no sobre el artista. En el ámbito de la narrativa ser escucha a menudo esa falacia tan divertida de “he hecho un gran esfuerzo por depurar al máximo el lenguaje y hacerlo más simple”, pero cualquiera que escriba sabe perfectamente que, con independencia del trabajo técnico que se realice sobre la prosa, hay en cada autor un estilo que se ha ido creando con el paso de los años y que en modo alguno responde a una decisión razonada. La frase corta y seca o el párrafo largo y lleno de digresiones son medios igualmente válidos para la creación literaria, lo absurdo es imaginarse a un autor justo antes de escribir la primera palabra meditando si lo va a hacer a lo Proust o a lo Carver. A mí siempre me ha inspirado sospechas ese curioso empeño de algunos narradores por aclarar que aunque su prosa parece simple no lo es, cuando a lo largo de la historia hemos leído libros extraordinarios confeccionados con frases sencillas y pedanterías insoportables de una densidad inútil.

Volviendo a la Tate, es de reconocer que la presentación de los cuadros de Rothko en una sala amplia siguiendo una especie de cadencia de colores provocaba un efecto interesante, así como la variación en la paleta de unas a otras, del rojo al marrón y el negro, fundamentalmente. En todo caso uno no deja de pensar que se trata del típico autor de más valor histórico –dentro de la historia del arte- que verdaderamente artístico. Un pintor de mérito en su momento que recibió una acogida quizá excesiva –momento justo, lugar adecuado- cuyos ecos aún percibimos, si bien en la voz de algunos especialistas y no tanto en las propias obras.

Paradojas de los museos modernos: cambias de planta, te sales del must, y comienzas a pasártelo bien. Nuria comentaba que en cierto modo suponía un fracaso para el museo el hecho de que hubiese un contraste tan grande de público entre la exposición temporal y la permanente. La verdad es que estábamos prácticamente solos, y aunque se nos había hecho un poco tarde pudimos al menos visitarla con más calma que en anteriores ocasiones y disfrutar de cosas como las series The Hotel Room, de Sophie Calle (tengamos cuidado a partir de ahora con el personal artista de los hoteles), The Pack, de Beuys (una furgoneta de la que se desparraman kits de supervivencia y que tiene que ver con un episodio biográfico suyo), y una obra de uno de nuestros favoritos: Let a Thousand Flowers Bloom, de Anselm Kiefer. En esta ocasión las flores muertas, como promesas corrompidas, se entrelazan y arremolinan con la violencia habitual sobre la figura de Mao Tse Tung y nos revelan las entrañas de los ‘líderes carismáticos’. Siempre potente, Kiefer, del que nunca olvidamos aquel cuadro inspirado en el famoso Todesfuge de Celan o sus camas vacías de las “Mujeres de la Revolución” que se han caído de la historia.


Vaya, quién me mandará a mí hojear la prensa. Interrumpo esta entrada para salir un rato a rebozarme en el lodazal de lo cotidiano. Ahora vuelvo.

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