lunes, 13 de octubre de 2008

Virginia Woolf camino de Oxbridge.

Mientras el mundo económico -o 'el mundo', sin más adjetivos- arde a manos de los modernos nerones, procuramos devolverles el mismo desprecio con que malbaratan nuestras vidas y nos refugiamos en lo único que, mal que nos pese, no está sometido a precio. Pasamos unos días en Londres disfrutando de las exposiciones, las librerías y todo aquello que tenga algo hermoso que ofrecernos. Viajamos en tren a Oxford, y como no puedo llevar conmigo la novela de A. S. Byatt, que pesa demasiado, comienzo a leer por recomendación de Nuria el famoso ensayo de Virginia Woolf, 'Un cuarto propio', que recientemente ella ha terminado. Hasta ahora no me había interesado por la obra ensayística de esta autora, a la que sin embargo consideraba como una maestra narrativa en mi juventud, así que este libro ha supuesto una sorpresa extraordinaria para mí, una de esas experiencias lectoras tan gratificantes como la amistad o el propio viaje. Conocía el tema del ensayo, pero no la ingeniosa forma de abordarlo, mediante un artificio literario tan sutil y malintencionado que lo volvió inapelable en su tiempo, e igualmente lo hace en el nuestro. La ficción como vía marginal para llegar al conocimiento. De qué otro modo podía afrontar un asunto tan audaz para la época. Y así, lo que al principio puede parecer un mecanismo inofensivo -pese a que va puntuando la narración con alusiones directas al tema de fondo: la prohibición para la mujer de acceder a determinados lugares, el trato discriminatorio que se le dispensa en lo cotidiano- acaba por convertirse en la manera más eficaz de exponer su razonamiento, de forma que uno se imagina los rostros entre estupefactos y sobrecogidos de los prebostes académicos que asistían a las conferencias que son origen del libro. El texto, desde el punto de vista literario, en nada desmerece de sus relatos y novelas, si acaso presenta un rasgo que sólo en menor medida se puede hallar en el resto de su producción: el sentido del humor.
En una librería de este Oxford que tan poco se parece ya al Oxbridge de su imaginación -gracias a personas como ella- hojeo un libro de fotografías del grupo de Bloomsbury, entre las que abundan retratos de Virginia Woolf con sus ojos delicadamente tristes y su expresión de inteligencia serena. A su alrededor, una patulea de seres locos, excéntricos y fundamentalmente libres que conservan la misma impresión de frescura intelectual pese a que el tiempo los haya convertido en poco menos que una marca.
Y, a propósito de esto, resulta conmovedora la existencia de ese divertido merchandising literario que abunda en países como Inglaterra y Francia. Puede que haya quien lo considere como algo vulgar, pero a mí me emociona ver mi mundo hecho juguetes. Es señal del aprecio que se le tiene. El hecho de que haya una tienda dedicada a Lewis Carrol, u otra al fetichismo impúdico del libro -en la Bodleian Library-, representa una saludable normalidad para lo literario que no se podría dar en España, donde continúa recluido en el ghetto de los treinta mil lectores que sostienen la edición verdaderamente 'literaria' y sus 'habitaciones propias' donde germinan la soledad y las dioptrías.

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