domingo, 9 de noviembre de 2008

Crisis/catarsis.

El anuncio de la publicación por parte de Círculo de Lectores de una maravillosa edición ilustrada de "El retrato de Dorian Gray" coincide con una de esas semanas en las que en las que convierto mi vida en una grotesca reinterpretación del relato. Me ocurre de cuando en cuando, aunque sólo me doy cuenta de ello una vez que ha pasado. De repente, la realidad pesa. Esa única realidad posible, inesquivable y en la que no caben lecturas amables o consoladores matices. La crisis económica, el futuro, el trabajo. Da igual que tenga más o menos controladas tales facetas, que las cosas me vayan saliendo bien y reciba muestras de aprecio en ese sentido. Siempre podría hacerse más. Vuelvo a ser el niño que se pasaba los veranos estudiando los libros del año siguiente, tras haber superado el anterior con siete sobresalientes y un notable (gimnasia), el adolescente que se despertaba a las cinco de la mañana y hacía jornadas de trece horas, el adulto siempre torturado por la responsabilidad de lo correcto. ¿Y cómo me pilla esa emboscada de la realidad? Pues llevando una vida de Dorian, consistente en madrugar a las 5.45 para escribir una hora antes de ir a trabajar, en leer un rato por la tarde y en dedicar en la medida de lo posible el fin de semana a disfrutar del cine, los libros, el arte, etc. Es decir, una vida licenciosa, clandestina, prohibida por ese prejuicio atávico que me agarrota, y por un entorno en el que de no ser por el asidero de Nuri apenas puedo encontrar un punto de identificación que le dé sentido a todo (antes al contrario, sólo veo reflejos en negativo que me hacen aún más extraño). Y entonces, una mañana, te despiertas con un abrumador complejo de culpa. Y decides que el esfuerzo es inútil, para qué escribir, para qué perder el tiempo con tales actividades. A la mierda todo ello. Entonces me rebelo, abandono mis proyectos, pienso en otros distintos -y útiles- con los que incluso me comprometo. Trato de alejarme y olvidar. Descorro la cortina, veo ese cuadro donde mi doble se corrompe y se pudre y le asesto una puñalada. Pero, al igual que en la novela de Wilde -aunque necesito unos días para descubrirlo-, comprendo que a quien he apuñalado es a mí mismo. Y la figura dorianesca con la que me paseo por el mundo que me hace la vida agradable se convierte de repente en aquella otra, condenada por la putrefacción, que aparecía en el cuadro. Y repetinamente, con la misma espontaneidad, me doy cuenta de que todo ha pasado, trato de rehacer la herida del lienzo, y las cosas vuelven a su cauce. En los últimos años estas crisis de realidad se han ido espaciando, y quizá por ello se hacen más inesperadas, más dolorosas.


Es la primera vez que utilizo el blog para una de sus utilidades más universales, la catarsis personal. Hay algunos que lo hacen a jornada completa, así que espero que el/la amable lector/a sea condescendiente con esta pequeña debilidad.

Dicho lo cual, y una vez levantado del suelo, arreglada la compostura, eliminado de los hombros el polvo del camino con dos manotazos , seguimos adelante.

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