domingo, 2 de noviembre de 2008

"El cuento de la criada", de Margaret Atwood (Bruguera).


Ésta es una de las mejores novelas que he leído en mi vida, lo que me obligaría a rehacer la lista de hace unos meses. No sólo por lo que nos cuenta, sino porque el modo de hacerlo. Se trata de una distopía con elementos que resuenan demasiado familiares para no inquietarnos: fundamentalismo religioso, mujeres esclavizadas como sirvientas o meros mecanismos reproductores -junto con algunas privilegiadas que son entregadas en matrimonios concertados-, censura, extremo control social..., "Ojos", "Criadas", "Comandantes", "Ángeles" y las "No-mujeres" recluidas en las "Colonias". Cuántas veces hemos visto a lo largo de la historia cómo el primer punto programático de un gobierno dictatorial es adaptar el rol femenino a aquello que esos 'hombres' indignos de ser denominados como tales entienden que debe ser -para su mejor uso y aprovechamiento, claro está-. Mujeres con velo, mujeres rapadas, esclavas sexuales, vientres de alquiler, mujeres analfabetas, mujeres excluidas del trabajo o la vida social... El carácter imaginario del contexto de esta admirable historia vendría determinado porque todo ello responde a un cierto ordenamiento pseudojurídico, adoptado como siempre ocurre en tales casos en aras de 'ordenar' las cosas después de una guerra.
Pero es tal la habilidad de la narradora para ir suministrándonos información, para hacernos compartir la visión de la protagonista -una voz tan oprimida que a menudo parece indiferente-, que el efecto que nos produce como lectores resulta infinitamente más perturbador que el de una mera novela de ciencia-ficción, detenida normalmente en lo superficial. Atwood alterna el tiempo presente y los recuerdos con una voz queda y detallista que sólo en muy contadas ocasiones se permite desvelar su profunda y malherida humanidad, y así nos hace ir conociendo ese mundo extraño al mismo tiempo que ella, desasosegarnos por lo imprevisto, sentir dolor por los recuerdos y desear que todo acabe de cualquier forma. Algunas escenas son terriblemente crueles sin en apariencia pretenderlo, y las escasas veces en que se permite la explicitud no llega a abrumarnos gracias al filtro de esa voz para la que ya nada es realmente importante.
El único pero que cabría hacerle es el recurso final al 'manuscrito hallado' (en este caso 'grabación hallada') con el que trata de justificar la elección del punto de vista de forma a mi entender inapropiada, pues desvirtúa la prosa tan exacta y al mismo tiempo poética con que se nos había narrado la historia. No obstante, es cierto que también esa especie de conferencia universitaria sobre el libro que cierra la novela da pie a un nuevo augurio desalentador sobre el futuro, pues el juicio postrero sobre la sociedad de "El cuento de la criada" resulta sorprendentemente comprensivo o incluso justificador -de eso sabemos unas cuantas cosas en este país-.
Novela muy recomendable, en fin. Este año está siendo para mí el del descubrimiento de excelentes autoras a las que hasta entonces apenas conocía de nombre, y que aparecen, como es de prever, en los márgenes del canon. También está siendo el de -a través de ellas, entre otras cosas- una toma clara de conciencia sobre ciertas cuestiones de género. Aunque nada más lejos de mi intención que convertirme en esa caricatura absurda de "el amigo de las mujeres", tan comúnmente demagógica y malintencionada. No hace falta ser 'el amigo' de nada para sentirse incómodo en los parámetros sociales dominantes desde siglos -mis queridas 'Glorias de España', que he reseñado en anteriores entradas-.
Hace unos años compré una obra en cuatro tomos titulada 'Juristas Universales' en la que se daba cuenta de las biografías de unas mil personas relevantes en el campo del Derecho, al que con mayor o menor fortuna me dedico, desde Roma hasta nuestros días. Mil personas. Cero mujeres. Me ha dado por pensar en ello a raíz de esta novela.

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