sábado, 6 de diciembre de 2008

Balada del querulante.

En este libro admirable ('Memoria de Pleitos', Thomson-Civitas) , el profesor Díez-Picazo se permite un descanso en la literatura jurídica de corte más técnico para echar la vista atrás y sonreír un rato. Porque si algo caracteriza este puñado de recuerdos reunidos en un volumen inusual es la ironía. Digo inusual puesto que tal clase de intentos no abundan entre el gremio, sobre todo porque cada vez es más escaso el abogado humanista, bibliófago e inclinado a la reflexión escrita que quizá existió en otros tiempos; los presentes son más propicios para el picapleitos de sonrisa permanente, infinita capacidad de servilismo, un ligero conocimiento de vinos y vehículos y una segura convicción de que su trabajo requiere dejar en casa, o arrojar a la cuneta, cualquier atisbo de juicio ético. Con este panorama, cómo van a escribir libros quienes sólo tienen el cerebro avezado a la búsqueda de argucias para que la gente que tiene mucho dinero tenga más dinero, por la vía de obtenerlo o de dejar de pagarlo.
Así que es de agradecer este librito, donde un profesional del derecho de amplia trayectoria y bien ganado prestigio nos habla de su trabajo con una pudorosa forma narrativa que convierte el recuerdo o el apunte anecdótico en pequeño relato de final casi siempre inacabado -a fin de cuentas es uno de los caracteres de los pleitos, su prolongación infinita en el tiempo, aun con sentencia firme- y moraleja humorística.
Uno de los personajes más divertidos a los que se acerca es el 'querulante', término al parecer científico para lo que el propio autor calificaba como pleitoadicto. Al leerlo no he podido sino pensar en el mío. Sí, amables lectores, yo también tengo un querulante. Un entrañable y persistente antagonista que no me deja descansar ni un sólo mes sin tener que discutirle algún escrito. Actualmente trabajo para la Administración, y es bien sabido que en modesta contrapartida frente a las potestades a menudo excesivas con que cuenta la cosa pública para tratar de poner orden o al menos concierto en nuestras vidas, se encuentra la posibilidad de pleitear contra ella sin excesivas cortapisas. Los juicios contencioso-administrativos rara vez concluyen con una condena en costas para el recurrente, salvo que haya sostenido su demanda con temeridad y/o mala fe. Pues bien, éste es uno de ellos. La primera vez que recibí uno de sus escritos levanté la vista de la mesa y pensé: párate un momento a reflexionar, repara en este instante irrepetible... porque te encuentras ante el libelo más ilegible que probablemente te encontrarás en tu vida.
Y es que mi querulante, llamémosle López-Coromina, es abogado y se representa a sí mismo. Se dedica al delicioso mercado del ladrillo y aledaños, y tan sólo con una de las plusvalías que ha ganado en los últimos años tendría, siendo razonable, para vivir varias vidas, tanto él como sus hijos y aun sus nietos. Pero al hombre no le agrada demasiado tributar, y como debe de tener mucho tiempo libre, se dedica a ponernos pleitos, que casualmente me han sido turnados a mí.
En virtud precisamente de ese respeto que merece la posibilidad de oponerse a las decisiones de la Administración, uno tendía a tratarlo en los escritos con cierta distancia profesional, a pesar de que los suyos no sólo manifestaban una ignorancia peligrosa de los mínimos fundamentos jurídicos, sino que estaban llenos de exabruptos, desprecios, sarcasmos y complejas explicaciones a tenor de las cuales toda una potentísima maquinaria pública estaría conspirando día y noche en contra suya. El hombre debe de imaginarse a media docena de caballeros de traje negro, gafas oscuras e inquietante gomina que, tras franquear una puerta acorazada con una clave secreta ('cultivamos nuestra inquina/pa joder a Coromina'), se reúnen con el fin de planificar nuevos empellones de papeleo con el que abrumarlo. La realidad no es así. Por resumirlo: como ha tratado de eludir el pago de impuestos por todas las vías posibles (curiosa afición que tiene la gente adinerada, con el bien que podían hacer si les gustase, yo qué sé, el arte), al final lo han cazado y el pufo ha ido creciendo. Hallándose ya en fase de embargo, pretende reabrir discusiones sobre las deudas que ya no permite el procedimiento, puesto que era mucho antes cuando debía haberlo hecho.
Pero no lo entiende, o no quiere entenderlo. E insiste, a cada paso, con un nuevo recurso, con el mismo tono encendido, la dignidad herida, el discurso hamletiano (aunque la sintaxis se asemeja más a la de un adolescente tras doce horas seguidas de videoconsola y un par de botellas de coca-cola de dos litros), la pose victimista del aplastado por la infantería administrativa. Y yo, al borde de la esquizofrenia, con la duda perenne de si un tono neutral le dará pie a pensar que lleva razón, o de si poner los puntos sobre las íes aumentará su cabreo e implicará nuevos recursos. A veces hago una cosa, y otras la contraria, pero me temo que el resultado es el mismo.
Estamos unidos. Como Holmes y Moriarty, como Batman y... no, iba a decir el Joker, pero éste se parece más al Sombrerero Loco. Claro que, en este punto de nuestra larga relación, ¿por qué he de ser yo el héroe y él el villano? ¿No puede ser al revés? ¿No necesito yo su presencia para dar sentido a mi tarea?
Comprobará el amable lector o lectora que con este asunto se me está yendo la olla.
El año que viene tenemos señalada nuestra primera vista pública; hasta ahora, por cuestión de la cuantía, todo ha sido escrito. Nos veremos, pues, las caras por vez primera, en un duelo de final incierto, en el que los dos podemos acabar enredados en nuestro común destino, despeñándonos por un precipicio o ahogándonos en la violencia de una cascada. O tal vez luchemos con espada, y ambos nos atravesemos con ella y caigamos de rodillas, el uno sobre el otro, mientras yo le susurro que no puede oponerse a la diligencia de embargo y él, que la deuda está prescrita.
Porque una cosa tengo clara. Al igual que Ruiz Mateos, cuando se encontró con Boyer, le espetó: "¡ven aquí a pelear como un macho!", algo me dice que lo nuestro, llegado ese punto, ya no se podrá resolver con finos quiebros jurídicos. O él o yo nos habremos vuelto lo suficientemente locos para combatir a manos desnudas. O a jamonazos. Si vuelvo ileso, podré continuar con mi vida. Y si no, el mundo deberá arreglárselas sin la cuota impositiva de López-Coromina.

1 comentario:

  1. Simplemente genial, a guardar los dos últimos párrafos :)

    Un abrazo,

    Rafa

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