miércoles, 17 de diciembre de 2008

Faldita, delantal y cofia. 'Buena imagen' para la empresa. Mala imagen para sus señorías.


La Sala de lo Social del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía ha dictado una peculiar sentencia en la que considera que la obligación impuesta por una clínica privada a sus enfermeras de llevar obligatoriamente falda, delantal y cofia no resulta discriminatoria ni vulnera derecho alguno de las afectadas. Quería haber titulado esta entrada con la alusión a que esa 'buena imagen' que en teoría les proporciona tal vestimenta derivaba en una calamitosa imagen para la justicia, pero me he dado cuenta de que en modo alguno es así. La justicia nada tiene que ver con esta sentencia, y el desdoro ha de apuntarse exclusivamente en la cuenta de los magistrados que la han dictado. En ocasiones hablamos de 'Salas' y 'Tribunales' y perdemos la perspectiva de que detrás de estos términos se encuentran personas. Hagamos, pues, un poco de luz en torno a tan exquisitos intérpretes de la norma. Estos son sus nombres: Francisco Javier Vela Torres, José María Benavides Sánchez de Molina y José Manuel González Viñas. Les he quitado el "Don" y el "Ilustrísimo" por motivos obvios. Faltaría más que en un Estado democrático no se pudiese criticar una sentencia ni a quienes la han elaborado. Dentro de los límites de respeto que me imponen la Constitución y el Código Penal me siento legitimado para afirmar que se trata de un caso elocuente de indignidad intelectual y burda ausencia de cualquier rigor exigible a quien merezca calificarse como jurista.



Acabo de leerla con detenimiento, y resulta mucho peor de lo que parecía deducirse de las noticias. Es claro que en la mente de sus señorías el sentido del fallo aparecía indiscutible, y eso se transparenta en la redacción de los hechos probados. En ellos se nos van contando los antecedentes con una tendenciosidad destinada a persuadir de que el resultado ha de ser inequívoco: no de otro modo pueden entenderse las referencias a que el uniforme en cuestión llevaba quince años utilizándose, que la clínica tiene un total de siete centros repartidos por distintos lugares de la Comunidad Andaluza pero sólo en el de Cadiz se ha formulado la reclamación, y que sólo en éste, asimismo, es mayoritario el sindicato Comisiones Obreras, mientras que en el resto lo es UGT, organización que no ha respaldado la demanda.



Dejemos de lado el Derecho, ya que con tales párrafos no se estaban consignando ciertos antecedentes previos a la aplicación e interpretación de la norma, sino que se pretendía persuadir, crear un estado de opinión favorable a lo que sería el fallo; no cabe duda de que una vez leídos el conflicto parece responder a una pretensión extravagante de un concreto grupo de presión social -quién sabe con qué oscuros intereses- y en un concreto lugar, una pretensión por lo demás opuesta al statu quo que se había mantenido durante quince años. Con tal planteamiento, la sentencia parece obedecer a la pura lógica. Comprenderá, pues, el amable lector o lectora que en vez de leyes estamos hablando de narrativa.
La cuestión de fondo es que la empresa obliga a las trabajadoras de la categoría profesional de enfermeras y auxiliares a llevar ese uniforme absurdo que parece responder a una fantasía masculina de corte atávico y motivaciones no ya sexuales, sino de pura y grosera dominación. La totalidad del personal masculino, así como el femenino de otras secciones, utilizan sin embargo el bien conocido juego de pantalón y camisa o camiseta de color claro. Digo bien conocido por cuanto uno de los argumentos de la empresa es el de que con esa medida se pretende facilitar la identificación de los profesionales por parte de los usuarios o pacientes. Basta acudir a cualquier otro de los muchos hospitales públicos o privados que han tenido a bien entrar en el siglo veintiuno para darnos cuenta de lo ridículo de ese pretexto.
Pero pasemos a la interpretación que del asunto realizan los ilustrísimos. Para cualquiera que esté familiarizado con la redacción de las sentencias se hace evidente que el noventa y nueve por ciento de los Fundamentos de Derecho de ésta es un mero "corta y pega" de doctrina constitucionalista en torno a la discriminación, así como de cita de normas relativas a la libertad del empresario para ordenar los elementos organizativos de su negocio en necesario contraste con los derechos inviolables del trabajador. Pues bien, después de ilustrarnos con este resumen jurídico de manual, aparecen las dos líneas de creación intelectual propia en las que los jueces actuantes subsumen el caso en la norma según su entender. Hélas aquí:
"(...) desprendiéndose de los autos que el uso de la repetida vestimenta obedece no a un problema sexista o de aprovechamiento singular del sexo en beneficio de la empresa y detrimento de la mujer, sino a consideraciones organizativas empresariales, ajenas a aquellos motivos, adoptados también, como ocurre en otros sectores laborales, con la finalidad de dar a la clientela una buena imagen de la empresa, a través de una adecuada uniformidad en el vestir"
Es decir, el fallo se fundamenta en que para la opinión de los magistrados firmantes la cofia, el delantal, la faldita y las medias son ejemplos de buena imagen y adecuada uniformidad en el vestir. Un juez es un ciudadano licenciado en Derecho que ha aprobado unas oposiciones. No ha sido tocado por el divino, ni es más listo que nadie, ni merece mayor consideración fuera de los rigores del procedimiento que la que se desprenda de su actuación. Junto con algunos profesionales de la judicatura excelentes, que sobrellevan más trabajo y presiones que las muchos seríamos capaces de soportar, que estudian detenidamente los casos y emplean con rigor y sabiduría las herramientas del derecho -he tenido la fortuna de conocer a unos cuantos-, nos encontramos a otros que no dejan de ser ignorantes prejuiciosos, o analfabetos funcionales (simplemente han memorizado un temario y lo han repetido como un loro, nada más) que jamás han leído un libro por voluntad propia y se encuentran fatalmente desconectados de la realidad, abstraídos en la mera contemplación de su hermoso reflejo en las aguas jurídicas, como el narciso del cuento. Nada nos garantiza que un juez no vaya a dictar sentencia de acuerdo con su ideología, visión del mundo o creencias, especialmente si existe en el caso ese margen valorativo que les permite campar a sus anchas bajo el palio de su respetabilidad social. A mí no me cabe duda de que cuando un señor afirma que la imagen tradicional de enfermerita es 'buena' está emitiendo un simple juicio de valor. Y ese juicio responde a un planteamiento de género, entendido como la configuración -social, estética, política, económica, moral- que se le ha dado al sexo, en esta ocasión femenino, a lo largo de la historia y que al final ha sedimentado un aparato ideológico en el que las mujeres son concebidas como algo complementario y necesariamente subordinado a los hombres. En este caso, las enfermeras han de vestirse así para "dar buena imagen", y es la dirección de la empresa, avalada ahora por la opinión de tan ilustres profesionales, quien ha decidido que se trata de lo correcto. Los demandantes han decidido que van a recurrir, y es de esperar que en instancias superiores se pondere adecuadamente la aludida libertad organizativa del empresario con los siempre superiores derechos a la no discriminación y la propia dignidad.
Pero de momento así están las cosas. Necesitaba escribir esta entrada para poder sentirme hoy orgulloso de ser jurista y de ser hombre.

2 comentarios:

  1. gracias por demostrar que se puede ser feministo y juristo ;)
    un abrazo sororal
    irene

    ResponderEliminar
  2. ja, ja... En el "mundo juristo" hay poco feministo y mucho tío listo...

    Gracias por asomarte, Irene. Que el 2009 sea generoso contigo (aunque no debería tener tan buenos sentimientos después del abandono a que nos has sometido a los adeptos de "Electricbluejean para Firefox")

    ResponderEliminar