lunes, 1 de diciembre de 2008

“Lucy Gayheart”, Willa Cather (Alba).

Quién nos iba a decir que también a esta excelente editorial tendríamos que pedirle de vez en cuando el libro de reclamaciones. De Willa Cather había leído “Mi enemigo mortal”, una visión aterradora de esos momentos en que el amor se trueca en odio ante la cercanía del final de la vida, contada de un modo sutil, distante y jamesiano que causaba impacto en el lector. Esto me llevó a acercarme a sus relatos, aparecidos en la colección Clásica Maior, con su tapa dura y su lujo dorado, y ya entonces me quedé con la sensación de haber oído demasiadas veces la misma música. Lucy Gayheart se abandona al tópico de esas viejas novelas en que un personaje femenino afronta, en su juventud, las primeras pasiones, con sus gravámenes habituales de dudas, frustración y sufrimiento. La diferencia con otros autores más acertados en su tratamiento del asunto es que Willa Cather no acierta en la forma de contarlo: el narrador, de manera desconcertante, parece formar parte del entorno de la protagonista (“La gente de Haverford sigue hablando de Lucy Gayheart. A decir verdad, tampoco es que se hable mucho de ella, porque la vida sigue y nosotros vivimos en el presente”, así comienza el libro), para después, de manera inverosímil, traducir pensamientos y contemplar intimidades no ya sólo de ella, sino también del resto de personajes que conforman el esbozo de historia en que se resume la novela. Ese titubeo del punto de vista, unido a un lenguaje sin relieve, va haciendo cansina la lectura, que tampoco cuenta con los golpes de efecto de Dickens o Collins ni la vivacidad de una Austen o George Elliot. Y, sin embargo, la narración comenzaba con un potente elemento simbólico, en la escena en que, contemplando el cielo nocturno, tras haber patinado con su adusto pretendiente juvenil, Lucy repara en algo que le suscita una extraña identificación: “(...) Había visto aparecer la primera estrella en el cielo, que iba oscureciéndose progresivamente, y el corazón le subió a la garganta. Este punto de luz plateado le hablaba como una señal, de una vida y de unos sentimientos que no pertenecían a aquel lugar. Se sintió abrumada. Se había dirigido a la estrella con un simple pensamiento y ésta le había respondido; se habían reconocido al instante (...) Todo volvió a ser confuso después. Lucy cerró los ojos y apoyó la cabeza en el hombro de Harry para huir de aquello que había estado tan cerca de alcanzar. Era demasiado brillante y demasiado afilado. Dolía, y la hacía sentirse pequeña y perdida”. Esta delicada representación del deseo de ser otro, o de estar en otro lugar, y del estremecimiento que ambos conllevan, se malogra a medida que la novela se va llenando de peripecias anodinas y tragedias fáciles con que hacerla avanzar. Tan sólo en ocasiones revive el talento de la autora para expresar lo inexpresable (“algo hermoso y sereno pasó del corazón de Sebastian al de Lucy: sabiduría y tristeza”, “la música no dejaba de evocarle sentimientos que experimentaba en el estudio de Sebastian: la creencia en un mundo invisible e inviolable”) e indagar en el amor como forma de conocimiento, hacia el cual el ser amado se convierte en “la puerta y el camino”.

Uno tiene, pues, la impresión de que fue una idea la que dio pie a esta obra. Pero ese primer impulso necesitaba compaginarse con el medio elegido para desarrollarla o transmitirla; no eran en este caso el ensayo o el poema (aunque podrían haberlo sido), sino una narración que, por muy difusos que resulten los márgenes en que puede delimitarse el término, precisa de un rigor y una intensidad ausentes en esta novela tópica de desamores y muertes estrepitosas.

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