miércoles, 24 de diciembre de 2008

Narrativas superheróicas. Los mitos contra el rizo rizado.

La revista literaria "Quimera" dedica el número de diciembre a las narrativas superheróicas, con algún ensayo interesante acerca de un género habitualmente maltratado por sus propios defensores. Como suele ocurrir, los grandes cambios de dirección en el criterio editorial responden más a un ligero temblor en el balance contable del final del ejercicio en curso que a una reflexión seria o un planteamiento creativo. Ocurre así, por ejemplo, en literatura. En los años noventa todo sello decente quería tener en sus filas un autor kronen. De vez en cuando le toca al género histórico o policíaco. En los últimos tres años, aproximadamente, nuestros editores han descubierto el ámbito iberomericano. Es claro que del otro lado del atlántico se escriben y se han escrito las mejores novelas en nuestra lengua, que de hecho, si algunos autores se están preocupando por el lenguaje, son los peruanos, argentinos, chilenos, etc., frente al acomodaticio narrador español, adalid de la "difícil sencillez" y el premio millonario ganado con el sudor de la frente de su agente. Pero el caso es que ahora hay un nuevo y mercantilizado boom que obedece a las necesidades expansivas de los grandes grupos de comunicación más que a una valoración estrictamente literaria. Mañana habrá otro mercado que explorar y los excelentes autores de esos países dejarán de ser tan excelentes de la noche a la mañana.


Volviendo a los cómics, los editores descubrieron que los adolescentes crecen, y que muchos se hacen adultos, comienzan a tener canas, se casan, se hacen abogados (ejem) y sin embargo continúan recordando con gusto aquellas viejas lecturas de mitos modernos vestidos con ridículas mallas. El modelo estaba bien claro y al alcance de la mano: la narrativa del cómic indie, que sin descuidar el entretenimiento llevaba años construyendo historias de mayor complejidad y potencia simbólica, y hablándonos de nuestro mundo con una agudeza reservada, de acuerdo con prejuicios ancestrales, a los géneros literarios convencionales. Así que de repente los superhéores comenzaron a verse metidos en problemas sentimentales, laborales, familiares, e incluso en un cuestionamiento social, que llegaban (y aún lo hacen) a ocupar el centro de la historia más que la repetitiva amenaza del villano de turno. El problema es que, como en casi todas las cosas, la clave está en acertar con el término medio. Durante estos años hemos visto a un Spiderman de sesenta años llorar la muerte de Mary Jane a causa de que las radiaciones de su cuerpo la habrían ido matando lentamente a lo largo de la vida, a un Hulk asalvajado convertirse en intelectual y viceversa, a los Vengadores reciclados en ejército paramilitar a las órdenes de un gobierno más que dudoso, ejército cuyas acciones provocan centenares de "efectos colaterales"... Por no hablar de las películas, en las que el paroxismo se ha alcanzado con ese James Bond hipertrofiado que lleva por título "El caballero oscuro" y que este año se ha llevado todos los parabienes imaginables. Resulta que ahora lo profundo y lo sutil es discutir si Batman tiene connotaciones fascistas. ¡Pues claro que es un fascista! (Y lo dice el abajo firmante, un modesto batmanólogo.) ¿Qué otro calificativo merece un multimillonario que se dedica a repartir hostias como panes por la noche sin juicio previo ni posibilidad alguna de defensa? Pero es que el error de estos sesudos planteamientos narrativos consiste precisamente en ocuparse de tales asuntos olvidando uno de los elementos fundamentales que sustentan la propia existencia del superhéroe: la suspensión de la verosimilitud consistente en que los malos lo son de manera indiscutible, porque así se nos dice y si dudamos acerca de ello, mejor que escojamos otra lectura. Batman, o Daredevil, y no digamos el ultaviolento Punisher, pueden permitirse golpear y dejar atados a una farola a un puñado de delincuentes porque de cara al lector estos últimos no pueden ser otra cosa. A diferencia de la realidad, donde todo está preñado de matices y el mal en pocas ocasiones aparece sin fisuras, en el territorio cómic necesitamos creernos que Joker, Luthor, Octopus o Bullseye son, sencillamente, malvados, y antes de que un puño enguantado les deforme la expresión no podemos plantearnos si existen pruebas suficientes o si deberíamos tomarle declaración con asistencia letrada.

¿Quiere esto decir que el cómic superheróico ha de regresar a los tiempos de la rana zancuda y el batmito? No. Pero tampoco pretender ocupar el trono de Kafka o Dostoievsky. A través de ese camino ponderado -de empeños similares a los del maestro Wilkie Collins en literatura, por ejemplo- se han ido concibiendo alguno de los mejores títulos de los últimos tiempos. Ciñéndonos a las historias de los superhéroes tradicionales -nuestra moderna mitología-, recuerdo con agrado el Batman de Tierra de Nadie, donde un hombre desesperado debía enfrentarse al caos más perfecto, el provocado por la naturaleza (un terremoto), en una Gotham abandonada a su suerte por el resto del país. En la etapa post-Tierra de Nadie encontramos una de sus mejores historias, que bien haría el cine en aprovechar para futuros títulos de la franquicia: al casquivano Bruce Wayne se le asigna una guardaespaldas -bien pensado, resultaba inexplicable que no se hubiese hecho antes-, Sasha Bourdeaux, uno de los mejores caracteres femeninos de la historia del murciélago, creado por Greg Rucka. Y claro, a esta mujer inteligente y bien entrenada no se le escapan algunas contradicciones personales del papel de dandi barato que interpreta su protegido: es genial la escena en que nota cómo pasa, en segundos, de hacer el tonto con unas cucharas para divertir a una chica en una cena de gala a mostrarse como una animal tenso y acorralado cuando entran en escena unos asaltantes. A partir de ahí ella sospecha o sabe y él sospecha que ella sabe, lo que se nos muestra en unas viñetas mudas verdaderamente geniales. El descubrimiento del secreto lleva inevitablemente a que Sasha se implique en la lucha del vigilante, y en necesaria consecuencia, a la fatalidad. En las series "Bruce Wayne, ¿asesino?" y "Bruce Wayne, fugitivo", esta heroína trágica acaba en la cárcel por salvar el secreto de Batman, junto con el propio Wayne. Y aquí hay de nuevo episodios memorables: en uno de ellos se siente abandonada, puesto que no ha recibido comunicación alguna, y recibe una paliza en la cárcel. Cuando está apoyada contra la valla, sangrando, alguien le toca el hombro: es Wayne, en el módulo masculino, que con ese gesto callado le da las gracias y le dice que sigue allí, y que al final se resolverá todo.
Pero cuando se resuelve, Sasha ya no puede perdonar. Y en una escena digna del mejor cine clásico, se despiden en un parque, después de que ella haya desaparecido y Batman la haya buscado por todos los medios. Entonces el lector descubre que el secreto ha sido revelado intencionadamente, y que ser su compañera en la batalla era la única forma en que el héroe enmascarado podía tenerla cerca. Quizá nunca hasta ese cómic habíamos visto a un héroe tan humano, sin excesivos discursos psicológicos sobre el bien y el mal, el sentido de la venganza, etc.

En esa misma línea encontramos al Hulk de Bruce Jones, con historias vagamente inspiradas en el tono de "El fugitivo" de la vieja serie de televisión -en alguno de los números de esta colección ni siquera vemos a la bestia-, el Daredevil de Marvel Knights, con unas ilustraciones innovadoras, surrealistas a menudo, o la serie Civil War, de indudables connotaciones políticas en la era Bush, que concluye con la muerte del Capitán América, nada menos, otro personaje rico y deficientemente tratado por los guionistas.
En cuanto a las adaptaciones cinematográficas de la narrativa superheróica, la mayoría de las películas merecen la pena durante sólo media hora, exceptuando quizá el Hulk de Ang Lee. Superman Returns, por ejemplo, es una muestra clara de ese ánimo de rizar el rizo para satisfacer las ansias de profundidad de algún espectador avergonzado por leer tebeos. No es mi caso, desde luego, puesto que aunque no pueda situarlos en el mismo plano que la gran literatura, he de agradecerles que me hayan proporcionado alguno de los mejores ratos de entretenimiento desde bien niño, cuando soñaba con uno de esos fenómenos extraordinarios que te convertían en héroe. Soñaba con ser de los buenos, en definitiva. Quién lo iba a decir. La cosa se fue torciendo y acabé de abogado.

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