lunes, 1 de diciembre de 2008

Rembrandt en el Museo del Prado. Merece la pena.

Sí, aunque debamos darnos codazos con la gente y desarrollar oscuras tácticas para acercarnos a un cuadro. Aunque tengamos la tentación de taparnos los oídos por esa incomprensible costumbre hispánica de vocear en un museo como en un campo de fútbol (sólo les falta el uuuuy!! en caso de que estimasen que algún propósito artístico de las obras no ha sido conseguido por muy poquito). Aunque nuestro orgullo de culturetas pedantes se encuentre más a gusto en la galería recóndita, el local underground o la performance gallináceo-sexual. Aunque todo esté ya dicho.

Es que Rembrandt era muy bueno. Merece la pena contemplar esas pinturas extraordinarias que constituyen una especie de metáfora del mejor arte narrativo: un miasma de oscuridad en el que de repente hay un estallido de luz que nos descubre una escena —y parece sorprender tanto al espectador como a sus protagonistas— que cuenta mucho más de lo que simplemente podemos ver —gestos atrapados en un instante—; o ese personaje huraño o divertido, el propio pintor, que a veces nos interpela, construido con una técnica en apariencia confusa y una paleta de marrones como la de la tierra y la carne.

Volver a los clásicos tiene algo de esa nostalgia por la seguridad familiar que sufre el que pasa mucho de su vida fuera. Lo que no quiere decir que todo sea previsible, siempre hay algún matiz diferente o alguna sorpresa. En el caso de esta exposición, he escogido un cuadro para llevarme a casa en mi próxima visita al museo —no digan las autoridades competentes que no les he advertido—:




Os invito a ir y elegir el vuestro.

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