miércoles, 10 de diciembre de 2008

Simón.

Seguramente han pasado más de treinta años, y continúo viendo esa imagen en mi memoria con una vivacidad dolorosa. No recuerdo la edad que tendría yo, o la que tendría él, pero ambos estábamos en el primer tramo de la educación general básica. No compartíamos curso, ni lo conocía de otra cosa por la que era amplia y maliciosamente conocido en el colegio: aquella presencia elefantiásica que le proporcionaban su altura y una obesidad natural, puesto que por entonces no era calificada como tal, se estaba o no se estaba gordo, simplemente, y la primera de las situaciones tenía fácil explicación en la dieta tradicional asturiana. Reconocía en su expresión y sus ademanes la pertenencia a un mundo que comenzaba a desaparecer: el del campo, con su discurrir previsible, ajeno no tanto a peligros cuanto a maldades. Me lo imaginaba echando una mano a sus padres en las labores a la vuelta del colegio, las cenas adustas, con mucho silencio y un acompañamiento cercano de cencerros y ese ruido como de gárgaras de las gallinas, el chasquido de la guadaña al segar la hierba, la mirada siempre escrutando el cielo por ver si el tiempo ayudaba a la economía... Simón tenía las mejillas sonrojadas, el pelo largo, con flequillo a un lado, y los ojos caídos de oso bueno; uno se figura, entre la ternura y el patetismo, el modo en que su madre -seguro que era ella- le prepararía la comida, con infinito cariño y la seguridad de que estaría haciendo lo correcto: el pan casero, los embutidos, la leche grasa, los potajes aromáticos en los que se mezclaría todo sin miramiento, los postres con mucha nata y azúcar... El orgullo de ver a su niño bien criado y contento. Qué crueldad, si hubiese sido consciente del mal que le estaba haciendo.
Porque yo no puedo olvidarme de ello. Una turba de lo que hoy llamaríamos 'acosadores' a su alrededor, el más estúpido o con vocación de líder -suele ser lo mismo- a la cabeza, junto a Simón, imitando su manera de andar mediante la hinchazón de su rostro y unos boqueos como de pez globo, los pasos muy forzados, los brazos en arco dibujando una barriga inabarcable. El patio del colegio incluía una pista de hockey, extravagancia propia de la época, cerrada por una valla metálica. Simón caminaba a lo largo de ella mientras soportaba la burla de aquella muchedumbre indigna -no menos de veinte habría-, y yo contemplaba la escena al otro lado del patio. En un momento dado, próximo ya al final de la pista, debió de derrumbarse, y se echó a llorar con la misma lentitud con que caminaba. Se sujetó a la valla con una mano y agachó levemente la cabeza. Pero de repente la levantó y nuestras miradas coincidieron. Las lágrimas habían trazado surcos claramente discernibles en la rojez de sus mejillas, sin embargo lo que con más intensidad recuerdo es su expresión. No comprendía nada. Por qué le hacían eso, por qué a él, por qué había gente que hacía tales cosas. Se sentiría desamparado y, al volver a casa, su mundo amable del pueblo y la familia y las tareas le parecería odioso, por irreal.
Quién sabe a qué responde el que nos acordemos de ciertas imágenes, a menudo menos llamativas o relevantes que otras posteriores que hemos presenciado. Yo me acuerdo de Simón, aferrado a la valla, mirándome, petrificado por el miedo y la soledad más intensa que puede sentirse, la provocada por la irracionalidad grupal. Tal vez la conservo para algo -algo más que una entrada en el blog-, pero no lo tengo del todo claro. A veces pienso que está muy conectada con lo que escribo, que si todas esas palabras pudiesen descorrerse como una tenue cortina, allí detrás estaría él, observándome sin pedirme nada desde aquel punto en que el conocimiento del mal arruinó su infancia.

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