viernes, 26 de diciembre de 2008

Un señor formal en la Librería Mujeres.

La semana pasada nos acercamos a la Librería Mujeres para aprovisionarnos de cara a las fiestas. Es un rincón encantador de cultura, libertad (bandera republicana en el escaparate incluida... y aquí no tengo más remedio que acudir a una expresión machista: con un par) y tolerancia, en Madrid, provisto de un fondo bien cuidado de libros y una sección de objetos de regalo donde puede encontrarse algo de ese merchandising literario del que soy confeso fetichista. No veo nada malo en que se vendan pequeños cuadros o portalápices con la imagen de Clara Campoamor, Virginia Woolf o Simone de Beauvoir, sirve para poner cara a esas figuras extraordinarias, y también, a modo de justicia poética, para reparar su exclusión de determinados foros y cánones apolillados.
Mientras Nuria rebuscaba en las estanterías de estudios de género, yo me centraba en las literarias. Amig@ lector/a, pásate por allí aunque no seas especialista en el tema o ni siquiera te haya llamado la atención hasta ahora, disfrutarás cuando menos de un pequeño fondo literario escogido con buen criterio. En esa ocasión me llevé los "Cuentos europeos" de Doris Lessing, autora de la que aún no he leído nada, ni siquiera el famoso "Cuaderno dorado", y que me está gustando bastante.
A la hora de pagar (Nuria cargada de una cantidad obscena de esos libros tan complicados de leer... cualquier día se le va a ir la cabeza como a Alonso Quijano, y me saldrá a la calle hecha una Guerrilla Girl en versión gore, ya veréis... por cierto, qué pensamiento éste tan típico del machito que se siente amenazado -me adelanto yo a reconocerlo antes de que ella me saque los colores con un comentario-), la señora me coge el carnet y la tarjeta y, mirándome, me dice: "tienes cara de señor formal". "Bueno, es que lo soy... aunque eso debería decirlo ella", respondo señalando a Nuria. Y Nuria corrobora: "sí lo es, sí lo es", a lo que la señora replica: "¡pues que no lo sea tanto!".
Y es que tiene razón, la buena mujer. Es algo que me ha perseguido desde siempre. Ahora, cuando van pesando las canas, los kilos -sobre todo esto, claro que la culpa es de les casadielles de mi madre, cualquier reclamación, diríjase a ella-, etc, la cosa se va acentuando. Cuando me veo vestido con la seriedad que requiere el trabajo me siento como un Gobernador Civil del franquismo. Cuando entro en una tienda detecto cierta señal de alarma, como si de un momento a otro fuese a decirles: "Agencia Tributaria... hagan el favor de mostrarme las facturas del último cuatrimestre".
Siempre me he sentido joven y abierto de mentalidad, pero nunca he ejercido demasiado. Me gusta decir que, a mi edad (son treinta y ocho), yo ya estoy sólo para mi mesa camilla, mi café con leche, mis rosquillas de anís, mi batín, mi ABC y mi COPE, la radio amiga. Es una manera cachonda de reconocer que el mundo de los libros me ha hecho ver la vida un poco desde fuera, y en el fondo debo admitir que siempre lo he querido así. A fin de cuentas, con eso y con todo, tengo una pareja que ni en la mejor lotería (valga esto para compensar lo de la guerrilla) y me desenvuelvo en el trabajo con buenos resultados y una muy saludable fama de cabroncete, cuando hace falta. Pero siempre está ahí esa llamada, esa especie de voz arcana que me dice dónde está mi tierra prometida: entre páginas impresas y hojas en blanco, a veces atalaya desde la que observar el mundo, y a veces parapeto en el que protegerse de él. Creedme, no es una mala vida. Aunque te quede cara de señor formal.

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