miércoles, 10 de diciembre de 2008

Wilde. Sin la venia.


Reportaje en 'Público' acerca de un libro de Merlin Holland, nieto de Oscar Wilde, en el que hace un repaso a las circunstancias del juicio contra el Marqués de Queensberry. Señala, erróneamente, que se han "descubierto" o "recuperado" las actas del proceso, cuando en realidad llevaban muchos años disponibles incluso para el lector español. Mi edición es de Valdemar, del año 1996 ('Los procesos contra Oscar Wilde', lleva por título). De cualquier modo, se trata de una lectura muy interesante no sólo desde el punto de vista literario -qué otro autor podía hacer arte del simple diálogo con tanta facilidad-, sino desde el jurídico e histórico igualmente, aunque sólo sea para consolarnos con la idea de que, aun a tientas, las cosas han ido a mejor. Además, en la medida en que logremos abstraernos de la desgracia personal del protagonista, estas actas contienen la tensión narrativa de las clásicas películas judiciales, a pesar de su final desgraciadamente cierto. También podemos deducir a lo largo de los numerosos enfrentamientos dialécticos entre acusador y acusado cuándo la estrella de este último se extingue, cuándo comente errores en sus respuestas y de qué forma una confianza excesiva en su verdad y su inteligencia lo destruyen. Es curioso cómo, en un plano conflictivo muy distinto, la actitud de Morrissey en el famoso juicio contra Joyce se asemejó fatalmente a la de Wilde. Ambos mantenían una distancia arrogante respecto a lo juzgado que acabó por condenarlos.



Por otro lado, sorprende e irrita el ropaje solemne de un sistema judicial tan escasamente garantista, donde se condenaba con base en indicios e ideas predeterminadas. En este sentido, discrepo del juicio demasiado benévolo que se hace de Clarke, el abogado de Oscar Wilde, en un volumen aparecido en España casi por las mismas fechas del libro de actas. Me refiero a 'Grandes Abogados, Grandes Procesos Que Hicieron Historia' (VV.AA., Aranzadi, 1997), donde se incluye a Clarke entre esos nombres ilustres que engrandecieron la profesión a lo largo de los siglos. Ciertamente que no contaba con mucho margen de maniobra, pero la lectura de sus alegatos e interrogatorios da fe de un jurista pacato, superado por las circunstancias y más bienintencionado que efectivo. En ese libro misceláneo sobre los grandes abogados (hoy todos somos pequeños, pequeñísimos) se hace más hincapié en lo complicado que era sostener la defensa de aquella causa en su época que en la dirección técnica del proceso, por lo que el mérito atribuido no deja de ser relativo -cuando, a poco que se conozca la historia, no aparecen por ningún lado trazos de compromiso ético en la actitud de Clarke, sino mera y quizá insuficiente profesionalidad-. No obstante lo cual, ha de quedar claro que de poco habrían servido sus esfuerzos frente a una justicia cegada por la intolerancia de quienes dictaban y aplicaban las normas.
Algo hemos cambiado, sí, pero siempre quedan personan renuentes a ese cambio, y frente a ellas sólo cabe la beligerancia intelectual. La misma que con luminosa evidencia se desprende de la obra de Wilde, que murió como vivió, sin pedir la venia.

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