31 de agosto de 2008
"Una lectora nada común", de Alan Bennet.
29 de agosto de 2008
“Los nuevos”, próxima publicación de mi novela en Bubok.
La novela saldrá en el sello Bubok, un sistema de autopublicación y difusión a través de una librería virtual en Internet, donde se podrá adquirir en papel, con el habitual formato ‘libro’. Esta reciente posibilidad está suscitando bastante menos debate del que debiera, a mi entender, pero España se ha caracterizado siempre por una cierta reacción a los cambios que sólo sirve para pillar a la gente, más adelante, con el paso cambiado.
De acuerdo con la opinión generalizada y tradicionalmente asumida, las editoriales de siempre aportan juicio y criterio a la hora de filtrar los manuscritos que reciben. Uno adquiere la obra de un determinado autor publicado por un determinado sello porque confía en éste, que con su elección ‘avala’ la calidad de la obra.
¿Alguien puede creerse que suceda así, actualmente? Resulta curioso comprobar lo frecuentes que son las manifestaciones del tipo “las editoriales ni siquiera leen los manuscritos” o las quejas sobre los amiguismos y contactos o las respuestas de rechazo estereotipadas y sospechosamente rápidas. Por no hablar de los premios literarios, tema que correspondería más bien a un blog jurídico especializado, a ser posible, en publicidades falsas, con unas gotas de prevaricación y malversación de caudales públicos. No deja de asombrarme cuando meses antes del presunto fallo se anuncia con desparpajo el ganador, o cuando éste resulta ser siempre un autor conocido, a ser posible de la misma casa, con lo que el arte ha quedado reducido a una especie de ciencia exacta por sus resultados previsibles. Una anécdota propia: hace pocos meses envié mi novela a un premio que aparentemente no olía a podrido, pues tenía incluso unas bases extensas y llenas de requisitos, con una fachada jurídica bastante convincente. El plazo de recepción de las obras terminaba el día treinta de un mes concreto. Pues para mi asombro doce días más tarde se anuncia el ganador, un autor de cierto nombre y colaborador de los medios de prensa de la región donde se convocaba el premio. Habían participado cerca de cuatrocientas novelas. Y el jurado, permítaseme decir que ‘con dos huevos’, se las había leído todas en doce días antes de escoger a la que brillaba claramente por encima del resto. Nada nuevo, pero el caso es que me resultaba tan sorprendente el impudor con que se habían adjudicado a dedo unos buenos millones de fondos públicos que hice una llamada telefónica. Con la excusa de recoger las cinco copias de mi novela —cuyo envío me había costado unos cien euros, por cierto— se me ocurrió preguntar cómo era posible que se hubiese fallado tan pronto, y el responsable municipal de turno, con notable nerviosismo (criatura...) me soltó: “es que aquí corremos como las balas”. Debo agradecerle, al menos, la gracia que tuvo, el tío. Así las cosas, ¿es cierto, pues, que siempre que un libro se coloca en las mesas de novedades ha pasado por un previo y honesto juicio crítico?
Pero el hecho de acudir a un sistema de print on demand como Bubok no implica formular una descalificación global de las editoriales ‘tradicionales’, puesto que no todas trabajan igual, y aunque sean las menos, continúan realizando novedosas propuestas de interés y brindándonos excelentes traducciones de clásicos. Se trata, simplemente, de que el llamado ‘mercado cultural’ (una de esas antinomias que tan a gusto hemos acabado aceptando) no puede pretender abarcar y agotar la creatividad de un pueblo, hasta el punto de conformar una absurda identificación, de modo que todo lo que quede fuera de sus márgenes no existe. Es que, sencillamente, no es así.
El mundo de la música lo conoce bien, son muchos los autores que afirman que la crisis de la piratería ha supuesto de alguna forma una explosión de la creatividad. Antes, el filtro o más bien el embudo, era tan reducido y estaba tan contaminado, que un puñado de discográficas decían a la gente qué tenía que escuchar, a través de las radiofórmulas, y qué era maravilloso y qué irrelevante, de forma que en la práctica los artistas sabían por dónde debían ir y si no, a qué atenerse. De repente todo se ha venido abajo, y curiosamente cada vez abundan más los sellos independientes, los grupos minoritarios, los conciertos, etc. La gente consume más música que nunca, y los artistas que de verdad lo son continúan viviendo de ella, a través de las descargas legales y los conciertos. De una manera creciente se está implantando el criterio de ‘yo pago a quien respeto’, y ese respeto se obtiene en último término con un rigor y una coherencia en el trabajo. Hay un caso que me llama especialmente la atención en el mundo de la música popular: en los años ochenta, Terence Trent D’arby fue un verdadero fenómeno de ventas y prestigio con su disco “Introducing the hardline according to...”. En el siguiente, “Neither fish nor flesh”, le dio por experimentar (por cierto, se trata de uno de los más surrealistas y sorprendentes que puedan escucharse, una pieza de coleccionista) y la industria, cómo no, lo mandó a galeras. Durante los años siguientes vivió en la pugna entre quienes lo presionaban para que repitiese la fórmula del primero y sus propios deseos. Luego desapareció. Y con internet, ha reaparecido de un modo extraordinario. Tiene su página web y con completa ausencia de intermediarios elabora y vende su música. Es libre, trabaja con su creatividad y va ofreciendo el disco por secciones, a medida que lo escribe y lo graba. No cabe duda de que con su nombre y su repertorio no le costaría demasiado editar a través de una discográfica ‘tradicional’ de mayor o menor tamaño, pero quizá la clave esté en que ahora parece un tipo feliz (se ha cambiado el nombre, por cierto: Sananda Maytreya) y dueño de sí mismo.
Muchos artistas están optando por la misma vía, y esto acabará llegando a la literatura. Todo el mundo espera la revolución a través de los dispositivos electrónicos de lectura que permitan la descarga de libros (el famoso Kindle o similares), pero quizá haya llegado ya con el print on demand y los dueños de la finca no hayan sabido o querido darse cuenta. ¿Qué es lo que hace falta, en realidad? Pues filtros y criterios que de veras respondan a motivos de carácter exclusivamente artístico, tampoco pretendo descalificar a todos los críticos y revistas culturales, pero tengo el suficiente conocimiento de cómo funcionan algunos de ellos/as para afirmar que podrían dar clases magistrales de chanchullo a los del gremio urbanístico. La autoedición no implica, como un corolario, que nunca haya existido ‘juicio crítico’ previo —¿sólo existen lectores capacitados en las empresas editoriales?—. Animo, pues, a que todos los creadores trabajen en ese sentido, el de la propia creación, en primer lugar, pero también en el de la elaboración de criterio, sin duda la carencia más notable del ‘mercado cultural’.
Dicho lo cual, ¿qué espera uno de la publicación de una novela? Pues todo, en un plano personal y literario, y nada, desde una perspectiva material o comercial. Aquí viene a colación la famosa sentencia según la cual el arte y la vida son dos cosas distintas, por eso una se llama arte y la otra, vida. Hace poco se lamentaba Javier Marías de la escasa repercusión que están obteniendo sus ediciones en el sello ‘Reino de Redonda’, y citaba alguno de los títulos que apenas han alcanzado una venta de mil ejemplares. Cifras así te provocan verdaderos escalofríos, como ocurre en otras ocasiones, cuando lees que ediciones de clásicos en sellos como Alba, Funambulista, Impedimenta, etc. resultan un éxito porque venden cinco mil copias. Y el escalofrío se debe a que muchos de esos lanzamientos son verdadero motivo de felicidad para mí, me paso por las librerías en espera de su llegada y el día que los compro se altera mi salivación hasta extremos indecorosos; son un verdadero hito en ese mes, o en ese año, y su lectura, uno de los instantes de felicidad más plena. Entonces, si me paro a pensar que un libro tan importante para mí lo ha sido tan sólo para otras mil, dos mil o a lo sumo cinco mil personas de entre los ¡cuarenta y seis millones! que somos... ¿Qué puedo esperar de la publicación de mi novela sin una distribución potente, sin nombre ni avales, amén de que dista mucho de tratarse de una obra comercial al uso? Pues lo dicho: todo, es decir, la intensa experiencia de haberla escrito durante años, la emoción de ofrecerla al público y de formar parte de ese mundo tan maravilloso y estimulante (el de los libros y los autores que uno admira, a fin de cuentas, aunque evidentemente no quepa ponerme a su altura); y por otro lado, nada, cada lector será un regalo imprevisto, y ni siquiera unos eventuales beneficios compensarían apenas una milésima parte del esfuerzo que me ha costado su composición. La literatura para mí es un ámbito de vocación y libertad creativa, combinada con una fuerte exigencia, sobre el que no puede recaer ninguna responsabilidad y al que no puedo pedir concretos resultados (para eso ya están otros aspectos de la vida). Hace tiempo me hice una pregunta, ¿eres más feliz haciéndolo, o sin hacerlo? Y la respuesta resulta tan obvia que aquí sigo, robándole horas al sueño y pidiéndole al cuerpo en ocasiones más de lo que puede dar. Es para mí muy importante, y al mismo tiempo nada traumático. Hace poco vi un documental sobre Leonard Cohen, y hubo una cosa que me fascinó sobre todo: la media sonrisa con que explicaba su vida y su obra, esa actitud de ‘no pasa nada’ que sin embargo dista mucho de ser acomodaticia o pasiva. En un momento dado hablaba sobre los recitales de poesía en los que participaba en su juventud, y decía algo así como “pensábamos que lo que hacíamos era muy importante, y no lo era... o lo era, no sé”, y vuelta a sonreír. Ése es el ejemplo a seguir, y con los años se puede llegar a ese punto, que quizá en la juventud es pura pose.
Por lo demás, el sistema Bubok me parece extraordinario, hasta tal extremo que para mis próximos libros ni siquiera me planteo otra posibilidad. A mediados o finales de 2.009 calculo que terminaré un libro de relatos y novelas cortas, que saldrá al público igualmente de ese modo. Pienso también distribuir en plan free-lance algunos ejemplares en mis librerías favoritas, a fondo perdido, y en determinadas bibliotecas. Mi esperanza consistiría que llegase a un puñado de esos lectores ‘literarios’ que tanto escasean y tantas opciones tienen. Pero si no es así, seguiré igualmente poniendo el despertador a las 5:45 y trabajando una hora todas las mañanas, antes de vestirme de trampero y bajar a la ciudad a cazar jabalíes para la comida.
Hace tiempo, cuando comenzaba a introducirme en la profesión que actualmente ejerzo, la abogacía, tuve una conversación muy interesante con un veterano y próspero compañero: él trataba de justificar el porqué reclutaba a ‘pasantes’ que en realidad ejercían con éxito plenas labores de abogado durante años, sin contrato ni por supuesto Seguridad Social, con jornadas de doce horas, a cambio de una promesa futura de una modesta y graciable subida de sueldo y quizá de una generosísima contratación, si los astros se conjuntaban y las rosas empalidecían... Pues este prohombre de la jurisprudencia me decía: “es que hay muchos, y ya se sabe, cuando hay mucha demanda...”. Vamos, que con ello se equiparaba a uno de esos admirables emprendedores que aparcan su furgoneta al borde de la carretera para cargar un puñado de inmigrantes y llevarlos al invernadero o la obra sin condición alguna, y el que no esté a gusto, a la puta calle, que hay muchos donde escoger.
Lamentablemente ésa es también la opinión que suele tenerse de los autores que se deciden a editar por su cuenta sus propios libros, o discos, o a alquilar un lugar donde exponer sus creaciones artísticas. Es cierto que hay muchos, es cierto también que la calidad y el alcance de su trabajo van desde la vulgaridad más perfecta, pasando por las posibilidades malogradas —por falta de exigencia—, hasta llegar a la pedantería más insoportable. Pero también lo es que medio de esa barahúnda pueden escucharse voces interesantes, al igual que en la edición tradicional, porque lo contrario sería admitir la creación, y aun la propia sociedad, como un sistema rígido y completamente dirigido, el añorado por los más reacios al desarrollo y los cambios.
No puedo asegurar que la mía sea una de esas voces, pero sí proponer su escucha con humildad, ilusión y media sonrisa.
27 de agosto de 2008
Homenaje a Cataluña (y el extraño caso de la Cruz del Gato).
El título orwelliano de esta entrada hace referencia al medio que hemos utilizado para acreditar que el maravilloso arroz al horno que aparece en la fotografía ha sido elaborado y disfrutado en el día de hoy: un ejemplar del diario La Vanguardia, que solemos comprar los miércoles por su notable suplemento cultural. Pero el homenaje a Cataluña lo es también como agradecimiento a quien nos ha proporcionado la receta: Maurici Serra, cuyo blog "Tres o cuatro al día" es un verdadero disfrute para todo aficionado a la gastronomía. A mí me lo ha descubierto Nuria, y estoy enganchado. No es un simple blog de recetas, aunque las contiene, sino de cultura gastronómica en general, lo que incluye frecuentes reseñas de libros, películas y restaurantes conocidos de primera mano por el autor. La receta del arroz al horno es de la madre de su mujer (no le gusta que la llamen suegra), y sale buenísimo. Aunque debemos reconocer que le hemos añadido un inesperado e involuntario tuneo: sin darnos cuenta, al coger el tarro donde lo guardamos, hemos puesto arroz de sushi. Pues bien, el error ha merecido la pena, estaba excelente. Gracias, Maurici, y esperamos nuevas recetas de la madre de tu mujer. (Aprovecho para sugerir a una de las lectoras más fieles de este blog -de las dos que tengo-, es decir, mi madre, para que pase por 'Tres o cuatro al día' y se anime a prepararlo.)
Y ya que ha salido el tema de la gastronomía, mi conciencia me obliga a hacer público el misterioso caso de La Cruz del Gato. Se trata de una implacable maldición que Nuria lanza a los establecimientos comerciales que en algún momento se portan de forma maleducada e injusta con nosotros. Cruza los dedillos de no sé qué manera, enfoca los escaparates, y ya está: ese negocio deja de ser próspero por el resto de sus días. Lo hemos constatado en sucesivas visitas a la ciudad de turno, la miseria se ceba en los pequeños empresarios a los que su usura o su prepotencia les hace tratar con desprecio al ilusionado cliente que siempre les había sido fiel. Tanto es así que en ocasiones me he visto a detener su mano en plena trayectoria mágica, rogándole que no fuese cruel con alguien en concreto, que les diese una última oportunidad (suele acceder, es una bruja buena).
El caso es que su próxima víctima podría ser el Restaurante Riff, en Valencia. Solíamos tenerlo como uno de nuestros predilectos cuando se trataba de concederse un pequeño lujo, pero hemos empezado a tener la sensación de que nos da gato por liebre, y de que el éxito o el prestigio se les ha subido a la cabeza. Es algo que se aprecia en el distinto trato al distinto tipo de cliente (ay, la buena sociedad valenciana y su conocido glamour), según criterios arcanos que uno sólamente intuye y que, hablando claro, te tocan las narices. Por otro lado, la carta ha perdido la capacidad de sorpresa, y abundan las 'ocasiones especiales' en que otros cocineros comparten autoría de los platos en una especie de mejunje que parece una excusa para atraer a los fieles, aun a costa de la coherencia y la relación calidad-precio. La última y desgraciada vez que acudimos, comenzaron con una tosta al alioli de cítricos de la que aún no nos hemos repuesto: un zoquete de pan frito, grasiento y reblandecido, de dos dedos de grueso con un alioli vulgar y corriente. Lo mejor del restaurante, Paquita, la sumiller: profesionalidad, eficacia y un trato cercano. Es mi deber moral avisarlo, como uno de aquellos gansos que clamaban a las puertas de Roma: Nuria está empezando a calentar los dedos.
En el extremo contrario está el 'Gallery Art and Food' de Gijón. Hacía mucho que no disfrutábamos tanto de un restaurante, tanto de la comida como del surrealismo de su puesta en escena y el ingenio bien entendido con que titula y presenta los platos, que nunca pierden la referencia de lo que son. Valga la muestra: su cortante de menta aspirable -o esnifable- dispuesto en forma de raya con su tarjeta de crédito y todo.
Alejandro García Urrutia es un artista talentoso y divertido, alguien que te hace la vida más agradable. Aunque en vista de lo que he explicado más arriba, le aconsejo no confiarse.
25 de agosto de 2008
Sin ánimo de molestar.
A vueltas con Iris, y los libros que ha sepultado en mi biblioteca.
La necesidad de amistad y consuelo es otra de las constantes de sus novelas, pero lo es en ésta especialmente, manifestada en el mero contacto de unos personajes con otros a través de las manos (Jonh Ducane con su chófer, Willy y Mary, en los que el simple y amistoso tacto constituye “su forma de hacer el amor”...). También es interesante el uso de elementos naturales como objetos simbólicos —la bola verde, los guijarros, el mar, siempre el mar—, y debo destacar el maravilloso capítulo decimoséptimo, en el que en una suerte de intermezzo hace coincidir a los personajes no sólo en un ámbito de tiempo y espacio, sino en unos mismos sentimientos y reflexiones. Porque todos, parece decirnos, pasamos por las mismas fases de pérdida, cobardía, enamoramiento, arrojo, torpeza, mezquindad y capricho en algún momento de nuestra vida; y tal vez por ello, al final, John no se atreve a erigirse en juez de Biranne, y opta por imponerle una obligación en aras precisamente de su felicidad.
Volviendo a la cuestión de los ‘acabados perfectos’ que le reprochaba Pombo, como lector agradezco que los personajes lleguen a algún punto en sus vidas después de casi seiscientas páginas de reflexiva parálisis, pero lo cierto es que tales acabados no son sino una último regalo que por cortesía se nos ofrece, pues una novela tan extensa y compleja nos ha proporcionado ya sobrados alicientes.
A lo largo de este año, Iris ya va dejando unos cuantos cadáveres en la sepultura de las baldas más bajas de las estanterías, que es donde coloco los libros que leo a la mitad y abandono, para que no me miren mal y me increpen cuando escojo otros. La irregularidad de Conrad en sus relatos marinos (aunque es excelente el incluido en el volumen colectivo Alter Ego, de Siruela, sobre el tema del doble), el amaneramiento de la prosa de Margaret Kennedy en “La ninfa constante”, la ligereza de Maughan —delicioso en las distancias cortas, débil en las novelas—, la pesadez de Henry Green (‘Viajando en grupo’, Lumen), o “El Halcón Peregrino”, de Glenway Wescott, libro sobrevalorado, con un abuso claro de un símbolo tan evidente, si lo comparamos con cualquiera de los objetos de Iris Murdoch a que he hecho referencia, que acaba siendo terriblemente aburrido. Tal vez los retome en algún momento, quizá no era la época adecuada, quizá se deba a mi temperamento adictivo... el caso es que de momento permanecerán allí abajo, y es posible que mueva las mesas y las sillas del comedor para que se vean menos.
19 de agosto de 2008
Contraindicaciones del ladrillo.
El efecto secundario más pernicioso de la fiesta del ladrillo es que ha socializado la indignidad. Ganar dinero sin trabajar ni haberse formado previamente. Rehuir la mínima conciencia de lo público mediante la defraudación constante. Destrozar el medio ambiente sin ningún recato, con diversos colectivos profesionales –abogados, técnicos ambientales, urbanistas- al servicio del apaño legal mediante informes vergonzosos –sicario del informe, experto en relativismo medioambiental... profesiones de futuro-. Éste ha sido el paisaje moral de España durante los últimos quince años, por decir una cifra. Excepciones, claro que ha habido, gente honesta y trabajadora que se ha dedicado toda la vida a la construcción –y lo seguirán haciendo-, por supuesto que sí. Pero ello no obsta para que comprobemos, una vez más, que en cuanto se descuida la limpieza, el solar patrio se llena de cucarachas.
Ahora toca pagar la factura de esta fiestecilla privada en la que ‘empresarios’ y políticos danzaban y bebían y la banca ponía la orquesta, con la autoridad pública silbando y mirando hacia otro lado. ¿Y cuál es la receta para salir de la crisis? Moderar los salarios –que son los culpables de todo-, facilitar el despido, claro, y bajar impuestos para incentivar la iniciativa empresarial, es decir, el tímido asomo del dinero negro que se estuvo amasando. Entretanto, crisis, mucha crisis, y los sinvergüenzas aprovechando para no pagar a nadie y declarándose insolventes, que lo mueva el juzgado y el que tenga suerte, con la ayuda de dios, que cobre.
Una de las falacias más risibles o indignantes, según el rato, es la frasecilla recurrente de que la construcción “ha dado mucho trabajo”. El trabajo no se da, se contrata. No es un favor, ni una concesión graciable por la que se deba besar el anillo de nadie. El trabajador presta una serie de servicios a cambio de una retribución, según la clásica e inmejorable definición de contrato laboral, en un contexto de mutuo respeto, añadiría yo. Pero esto ya no se lo creé nadie, ni los principales interesados.
Todos vamos a pasarlo mal, pero al mismo tiempo algo nos dice que quizá era necesaria una buena catarsis. Ahora la pelea está en quién debe hacerse cargo de la cuenta y en qué porcentaje. Sin embargo, incluso eso parece secundario frente a las ideas, hábitos y principios que han ido germinando como desgraciadas contraindicaciones del ladrillo. Darles la vuelta costará bastante más que superar la crisis económica.
18 de agosto de 2008
Un instante perfecto.

En la entrada había una señora de no menos de setenta años que cobraba las entradas y sacaba las vueltas de una especie de caja de latón muy antigua. Apenas tres de los cuartos estaban abiertos, y en ellos había dispersos numerosos objetos, manuscritos –notas de correspondencia, fundamentalmente- y fotografías del maestro, incluido uno de sus bastones de paseo. Debo reconocer que tuve un comportamiento bastante poco digno para un asturiano criado en la cuenca minera. Me quedé sin habla, con el corazón a cien y una cara de lelo que desgraciadamente conservo en documento gráfico. Menos mal que Nuria tomó las riendas, sacó las fotos y me sugirió que tocase alguno de aquellos objetos, lo que hice con bastante reparo, temiendo que la señora del latón o un bobby expresamente traído de la capital me cogiesen por la oreja y me sacasen de allí. Ya en el jardín, luminoso y bien cuidado, resultaba fascinante pensar que el autor había estado paseando por alguno de los cuartos de la planta de arriba mientras dictaba aquellas frases tan certeramente intrincadas que tanto nos han enseñado sobre el arte de la novela y el ser humano de cualquier época.
Estuvimos sentados un buen rato, dejando pasar el tiempo, hojeando algunos libros suyos que habíamos llevado para el viaje en el tren, y luego fuimos a dar una vuelta por el pueblo, una villa encantadora de calles empedradas y antiguas casas con nombre propio. En una librería compré un volumen de David Lodge (‘The year of Henry James’) en el que, junto a ensayos propiamente literarios, cuenta algunas circunstancias divertidas que experimentó durante el proceso de redacción de su extraordinaria novela ‘El autor, el autor’, que por cierto presentó en Rye.
Y es que a nadie le cabe duda de que el fantasma del maestro se pasea por allí, enredado en sus pensamientos, seguramente escandalizado por el comportamiento de los turistas que acudimos a perturbar sus recuerdos, y molesto por la imposibilidad de encarnarse de nuevo y retocar una o dos frases o meras palabras de algún texto en concreto que, con los años, ha acabado por resultarle insatisfactorio.
Si es así, espero que me haya disculpado por haber manoseado su bastón (la culpa fue de Nuria, al fin y al cabo).
Alba y Darío
No tenían por qué hacerlo, ciertamente. Por edad, podríamos incluso ser sus padres –un tanto precoces, pero padres, a fin de cuentas-, y los favores, por así llamarlo, no tienen por qué devolverse. O es que quizá uno está acostumbrado a la ingratitud, el desapego, el recelo, la falta de espontaneidad, etc. El caso es que, ya en Gijón, en la primera semana de agosto, recibimos varias llamadas en el móvil que no llegamos a ver a tiempo y un mensaje, en la misma tarde del concierto, en el que nos invitaban a pasar por allí. Así lo hicimos, finalmente, y todo fue de lo más agradable. Nos presentaron a todos sus amigos y disfrutamos de un buen rato viendo cómo el cafre de Nacho Vegas atraía un verdadero diluvio sobre Gijón con su pose de ‘estoy aquí tocando por haceros un favor’, actitud maldita que encanta a los malditos de diseño.
Al acabar el concierto dejamos que los chicos continuasen la noche a sus anchas y nos fuimos por nuestro lado, era lo correcto. Pero uno no puede evitar recordar aquello como algo entrañable y, dada la media habitual de comportamiento en la gente de nuestra edad, como algo excepcional. Nos contaron sus planes futuros –los estudios de posgrado iban a separarlos-, y no parecían especialmente temerosos frente a la incertidumbre.
Dado que no soy creyente, me gustaría al menos interceder ante el azar y pedirle que se porte bien con Alba y Darío, gente madura, inteligente y de buen fondo. Y a ellos, desearles que lo que sean dentro de quince o veinte años se parezca lo suficiente a lo que quieran ser en este momento. Creo que Nuria y yo lo hemos conseguido.
16 de agosto de 2008
La nueva Grub Street, y la revancha de Melville.
Vila-Matas seduce y destruye.
Asociación de Burgueses Suficientemente 'Epatados'

En definitiva, Boris Godunov se queda en una más de las obras facilonas destinadas a aquello que se llamaba 'epatar al burgués'. Pero dado que el intento se lleva repitiendo durante decenios, animo a la Asociación Mundial de Burgueses Suficientemente Epatados para que emita un comunicado en el que pida que cesen los hostigamientos a su conciencia: ya la tienen suficientemente inquieta, y prometen seguir acudiendo a este tipo de obras, o a películas similares, o leer libros de ese calibre, y exclamar al final: "qué dura, eh, decía verdades como puños, esto nos ha de llevar a reflexionar sobre qué mundo estamos construyendo...".
15 de agosto de 2008
'Crematorio', de Rafael Chirbes
Ivy Comptom-Burnett
A. S. Byatt
Recientemente he leído un relato excelente de A. S. Byatt, cuyo sentido último sólo se me reveló horas más tarde. Al principio, de hecho, me dejó bastante frío. Se trata de “Material en Bruto”, incluido en “El libro negro de los cuentos” (Alfaguara). El comienzo, con ese aire de comedia sobre el mundo de los talleres literarios, y las sucesivas reacciones de los alumnos ante los ejercicios de una compañera, presagiaban alguna suerte de ligereza que quiebra en un final áspero, excesivamente brusco. Quizá el problema era que los personajes parecían demasiado vivos para ser simple vehículo de un mensaje. Pero tanto éste como la forma en que se nos transmite tienen tanta potencia que pronto te hacen olvidarte de ‘ellos’. En primer lugar la alumna aventajada, minuciosa escritora del pasado, de sus días de colada o de limpieza de la cocina en párrafos benetianos. Como lector busqué el enigma de ella, y el enigma estaba en sus textos, que nos hablaban de un tiempo de orden, delicadeza y previsibilidad. Sus compañeros, por el contrario, nos hablaban de caos y violencia. La resolución del relato nos dice que estaban en lo cierto. La vida es tal como la describen, pero no así la literatura. Los ejercicios de aquella alumna pudieron conmover al profesor, hacerle volver a la escritura, hasta que la vida lo arrastra de nuevo y se encierra en el submundo de la mediocridad. Quizá sea un mensaje pesimista el que nos transmite Byatt. Por un instante, el arte resplandece y hace que todo cambie, sitúa a profesor y alumna en otra escala, varios peldaños por encima del resto. Pero todo se derrumba cuando la realidad imita no ya al arte, sino a las vulgares y efectistas realizaciones de los alumnos. Sólo si ponemos la vista en la tradición, el sentido y la belleza conseguiremos salvar la obra artística, podemos deducir, aunque no a nosotros mismos.
Es curioso que, en este sentido, presente semejanzas con Syllabius, de Benet. Me gusta la interpretación que de él hace Constantino Bértolo en un número que ahora mismo no recuerdo de la revista Quimera. Aunque la conclusión es justamente la contraria: en “Material en bruto” no cae fulminado quien abandona, sino quien precisamente resiste.
La lectura de Byatt me ha llevado a ver la película Premonición, basada en su novela más reconocida, que tiene visos de buen cine, aunque pasó sin pena ni gloria, no se destripaba a nadie en todo el metraje.
Perlas ensangrentadas

La primera, y de mayor valor en el mercado del ‘pensamiento con dos cojones’, es este artículo de José Antonio Martínez-Abarca en Libertad Digital. El título ya promete y marca el tono de elegancia que caracterizará el artículo: “Palos con gusto no duelen”. Cito algunas frases completamente elocuentes —sobra cualquier interpretación—:
“Convido a las feministas a que hagan suya esta nueva reivindicación "de género": que las mujeres maltratadas que defiendan a su pareja vayan también a la cárcel por incitación pública a la violencia.
¿Qué hacemos, entonces, con esas hembras complacientes que, sin tener miedo de su pareja aunque ésta les pegue, y usando su libre voluntad, piensan que unos apalizamientos de vez en vez les merecen la pena porque a cambio ellas sienten esa íntima satisfacción o comodidad de seguir el tradicional "rol" pasivo, subalterno, el inconfesado placer del sometimiento, de cumplir órdenes sin pensar, tan oscuro pero tan real?
(...) No hace falta leer a William Faulkner para enterarse de que en el profundo sur, tras la guerra civil que manumitió a los esclavos algodoneros, hubo muchos que permanecieron junto a los "massas" del látigo teóricamente como criados y mayordomos, amas de cría y tatas, pero en realidad, de puertas adentro, como lo que habían sido siempre: esclavos. Nunca se habían dedicado a otra cosa y no otra cosa sabían ser. Pero lo peor: no querían tampoco. Y lo hacían con algo que podríamos calificar (con pudor) de gusto. De satisfacción por no desmandarse. El miedo a la libertad, que no vamos a descubrir ahora.”
Una de las cosas que más llama la atención de este tipo de opinantes —al decir ‘este tipo’ creo que todos nos entendemos— es la elección de los temas sobre los que se ocupan: si se trata de asuntos de género no hablarán sobre los cadáveres que debemos enterrar todas las semanas, ni sobre las desigualdades salariales, el acoso sexual, las políticas educativas que durante siglos —y en este país nuestro, especialmente durante cuarenta años— han mantenido el statu quo de prevalencia masculina, etc. No. Lo que más les preocupa son las ‘hembras’ que no denuncian y parecen disfrutar de su sumisión. Si se trata de hablar de relaciones laborales, siempre habrá algún recuerdo a los liberados sindicales o los trabajadores que se acomodan en el cobro del paro. Si hay que hablar de inmigración, qué podemos decir: bandas organizadas, utilización abusiva de la Seguridad Social... Es claro que la elección de los motivos define a un escritor, pero con independencia de ello, son contenidos como los de este artículo los que despejan cualquier duda.
Uno de los argumentos favoritos de los fundamentalistas de la libertad es el de que, siendo el hombre —y la hembra— libres por naturaleza, o porque lo diga la Constitución, cualquier circunstancia real de sometimiento, acoso o explotación viene a ser culpa suya. En el concreto caso de las cuestiones de género, si las entrevistas de trabajo son sexistas e humillantes, si las condiciones laborales son discriminatorias, o si sufren agresiones de su pareja, lo que se les dice es algo así: “mire usté, el ordenamiento jurídico la protege, acuda usté a los tribunales”. El Estado, a través de la legislación, no debe intervenir nunca en el normal desenvolvimiento de la sociedad, han de ser los propios individuos los que se defiendan a través de los mecanismos jurídicos pertinentes. La lógica es aplastante. Imaginémoslo a través de un pequeño diálogo:
-Buenas, tardes, apreciado jefe. ¿Puedo pasar?
-Claro, claro, pase.
-Mire, es que dado que hace diez minutos me ha metido usted mano y me ha amenazado con que si no teníamos relaciones sexuales me comenzaría a encomendar labores humillantes y muy por debajo de mi categoría profesional, he decidido acudir a los tribunales en defensa de mis derechos e intereses legítimos.
-Ah, muy bien.
-Se lo comento porque al tener una hipoteca creciente y dos chiquillos me preocuparía que por esta reclamación pudiesen despedirme de inmediato, en vez de echarlo a usted, como debería ocurrir. El shock emocional y los problemas de autoestima que pueda ocasionarme su abuso los superaré, pero temo lo que pueda ocurrir con mi puesto de trabajo, para el que estoy plenamente capacitada y he desempeñado durante años con responsabilidad. Además, el juicio puede prolongarse durante mucho tiempo... Y algunas compañeras me han comentado que las que denuncian pueden verse demonizadas de inmediato en un sector que dirigen personas como usted, a las que no le gustan las mujeres embarazadas o conflictivas, que viene a ser lo mismo.
-No se preocupe, acuda usted a los tribunales en defensa de sus derechos e intereses legítimos y el juez tomará la decisión más justa y conforme a derecho. Entretanto todo seguirá igual en el trabajo, nada debe usted temer por mi parte y por la de mis colegas del sector. Precisamente este fin de semana tengo cena con la Peña de Directivos Priápicos y les comentaré que continúen confiando en su capacidad profesional pese a esta denuncia, para el improbable caso de que deba usted abandonar su trabajo.
-Me quedo tranquila, nuestros argumentos se confrontarán ante la ley y ambos aceptaremos la decisión que se adopte caballerosamente.
Este diálogo chusco podemos aplicarlo a cualquier situación de abuso asociado a superioridad que se nos ocurra, y en cualquiera de los ámbitos a que nos hemos referido. Según esto, los miembros de determinadas razas, los homosexuales y lesbianas, los niñ@s que sufren acoso escolar, etc., padecen esas situaciones por una insana afición al sometimiento. Son como una especie infrahumana, nacida para obedecer a otros e incapaz de superarse, por lo que deben cargar con un alto porcentaje de culpa en sus desgracias.
Pero lo cierto es que en el concreto caso de los individuos de color —sí, yo practico el lenguaje políticamente correcto, y estoy orgulloso de ello— las cosas han cambiado mucho. Es difícil que nadie, en las sociedades modernas, se burle de un negro por el solo hecho de serlo. Hace mucho tiempo que la igualdad entre razas se encuentra fuera de discusión. Pues bien, esto no ha ocurrido porque cuatro individuos hayan acudido a los tribunales, sino por una acción efectiva, intensa y permanente en defensa de los derechos del ser humano. Una acción que se ha concretado en leyes y políticas educativas a favor de los discriminados. Exactamente lo mismo que ha de hacerse con los asuntos que afectan al género. Tan sólo después de muchos años en que se haya enseñado a las mujeres, desde niñas, que son iguales al hombre en todos los sentidos —no basta con darlo por supuesto—, y que no han de consentir discriminación alguna, podremos ocuparnos de gravísimo problema de las ‘aficionadas a la sumisión’. Hasta entonces sería deseable una mínima decencia intelectual.
La segunda ‘perla’ es de más difícil localización. Aparece en la revista profesional de los Graduados Sociales y la firma el director de una escuela de negocios. El artículo se titula “Mujer y liderazgo”, y pretende ser buenrollista y defensor de la mujer en los siguientes términos, en los que me permito intercalar algunos comentarios:
“(…) el balance se inclina muy desequlibradamente hacia el hombre, sólo un 7 por 100 de empresas están dirigidas por mujeres.
¿En qué puede mejorar la mujer para llegar a los puestos de responsabilidad?”
(Es decir, si sólo existen mujeres directivas en ese ridículo porcentaje, es que algo están ellas haciendo mal, cómo ayudarlas a mejorarlo. El autor tiene algunas respuestas:)
“Las mujeres tienen que mejorar su red de contactos, deben concienciarse de que para triunfar en cualquier ámbito hay que dedicarse a fomentar una red de relacione públicas que pueden ser la clave del éxito (…)”
(¡Acabaramos! ¡Los contactos, ahí estaba la clave! Es que las tías se enrollan poco, no son mucho de salir a tomar cervezas con los compañeros, tienen la nefasta manía de comer en casa, con su familia o simplemente con su pareja, y a veces por que les da por ocuparse de sus hijos, incluso suelen practicar el nefasto hábito de estudiar y prepararse profesionalmente… ¡Cómo no se han enterado de que este es el país de los contactos! ¡Nenas, hay que comer y cenar más con los colegas!)
“Convendría también concienciar a las mujeres de que tan negativo como ser machista es ser feminista, hay mujeres que aprovechan su posición de poder para intentar una revancha histórica, frente al hombre que ha adoptado una posición relevante a lo largo de la historia. Erradique la mujer líder de su pensamiento todo lo que tenga que ver con el resentimiento o la venganza”
(Cuánto tenemos que agradecer a analistas tan sesudos cómo este el que afronten uno de los graves problemas de nuestro tiempo: el revanchismo y los ocultos deseos de venganza de las mujeres directivas. Por otro lado, es claro que tan malo es ser machista como feminista, explotador como reivindicativo, nazi como perseguidor de nazis, fascista como defensor de los derechos civiles… la clave es eso, hombre, los contactos, el buen rollo y aquí no pasa —ni ha pasado— nada.)
“(…) la mayoría de las directivas están en contra de la ley de igualdad pues piensan que acceden al puesto, no por los méritos, el esfuerzo, la brillantez, la excelencia de su trabajo, sino por la cuota a cubrir; por otra parte, muchas de ellas reconocen que las zancadillas profesionales vienen a veces de las mismas mujeres”
(Aquí nuestro autor pasa de ser un articulista ingenioso de dudosa sintaxis a un verdadero teórico de las libertades, pero tan sólo nos gustaría comentarle un par de cuestiones: primera, la ley de igualdad no es ‘una ley de cuotas’ —es aconsejable leerse las cosas de las uno va a hablar—, las diversas acciones que se hacen imprescindibles en materia de género no se limitan a la caricatura de ‘mitad hombres, mitad mujeres’; y en segundo lugar, me gustaría realizar un ruego o llamamiento a todo aquel que se dedique a analizar la actualidad en cualquier medio y con cualquier difusión: ¿sería posible que se tratasen los temas con un mínimo de rigor?, ¿es razonable que los juicios se formulen con base en lo que dos o tres personas de nuestro entorno nos comentan?, ¿cabe extraer conclusiones generales a partir de casos aislados? Dicen las mujeres directivas que son otras mujeres las que les ponen las peores zancadillas; dicen las mujeres directivas que están en contra de cualquier tipo de cuota; dice mi prima Paqui que no existe el cambio climático porque las plantas de su terraza crecen que es un primor; dice mi cuñao Jose que no hay listas de espera ni colapso en los hospitales porque él fue la semana pasada y lo atendieron estupendamente… Y digo yo, que antes de ponerse a escribir tonterías uno debería tener en cuenta el valor del silencio.)
Esta mañana, como casi todas, nos relatan las noticias un nuevo asesinato machista. En tal contexto artículos tan mentecatos como los precedentes resultan especialmente lamentables. La crítica a las concretas iniciativas de este u otro gobierno, así como al acierto de sus responsables, resulta imprescindible. Pero no es crítica política lo que se entrevé en el lenguaje garrulo de estas lumbreras, sino lo de siempre. Y un valioso recordatorio de la necesidad de la acción pública en este concreto campo.
Queremos tanto a Iris

Aceptando con gusto esa invitación a la lectura de sus novelas, he seguido por “El mar, el mar”, que ganó en 1978 el Broker Prize. Más extensa y deslavazada que la anterior, añade sin embargo un extra a los numerosos atractivos de su prosa: la sorpresa de los párrafos descriptivos que interrumpen las numerosas escenas de interrelación personal —siempre frustrantes para los personajes, como cuerpos extraños que rebotasen al acercarse—, con un lenguaje de la percepción sensorial —el mar, los colores del cielo, las rocas y plantas que rodean la casa— extraordinariamente rico, recuerda algo a ‘Las Olas’ de Virginia Woolf. También es magistral en el uso del punto de vista, algo a lo que ya nos había acostumbrado el narrador de ‘El Príncipe Negro’. En este caso, sin embargo, no resulta replicado por nadie, y debemos atenernos a su desquiciada y mezquina visión de los hechos. Este es otro de los rasgos característicos de la obra de Murdoch: resulta complicado empalizar con la mayoría de los personajes, no es una autora de buenos y malos, sino una exploradora del caos en los sentimientos. En el desarrollo de la conciencia opta por tono menos distanciado que el de Henry James, es más una naturalista divertida que un entomólogo obsesivo, lo que en cierto modo provoca esa adicción en el lector, que se olvida de llegar a alguna parte y se limita a desear que no se acabe. El final de ‘El mar, el mar’ está menos definido que en el caso anterior. Esa perfección en los acabados es algo que le reprocha Pombo en el prólogo de estas ediciones españolas, y es cierto que quizá se trate de una concesión que se compadece mal con la fuerte impresión de vida con que discurre el resto del libro. Pero también se agradece que nos fuerce el gesto por asombro o sonrisa, para que cuando cerremos el libro pensemos en lo mucho que nos ha dado y lo mucho que la queremos por ello.
Ahora estoy con ‘Amigos y amantes’ —curiosa traducción del original The Nice and the Good—, y de nuevo tengo la sensación de querer demorar su lectura para mejor disfrutarla. Ahora la excusa sobre la que giran la patulea de personajes extravagantes, con sus sentimientos confusos y sus obsesiones, es un suicidio cuya causa ha de resolverse. En esta novela emplea la tercera persona, si bien una tercera persona limitada, jamesiana igualmente, lo que le permite abundar en el análisis psicológico. Hasta el momento me está gustando aún más que las anteriores.
Supongo que a todos los lectores de Iris Murdoch les habrá dolido como a mí la imagen que de ella proyecta la desgraciada película de Richard Eyre —pese a contar con un reparto que podía aventurar lo mejor: Kate Winslet y Judi Dench como Iris en sus distintas edades, y un magnífico Jim Broadbent como John Bayley), basada en un libro autobiográfico de su marido que a uno no le quedan ganas de leer. Esta extraordinaria novelista padeció alzheimer en los últimos años de su vida, y la película —e imagino que el libro— no ahora ningún detalle al respecto, y sólo se detiene en su juventud para explicarnos, cómo no, que era un tanto relajada en lo sexual. Es ya muy frecuente esa especie de revisionismo literario que busca detalles sensacionalistas en la vida de autores fallecidos para exponerlos como en un museo teratológico. Pues bien, el principal efecto de esa película es que durante muchos años su nombre haya quedado asociado a esa enfermedad, lo que resulta completamente disparatado. No había reseña a sus libros o su persona en la que no se mencionasen sus padecimientos —la manida escena de los teletubbies, qué estupidez—, así que corríamos el riesgo de olvidarnos de que aquella mujer maravillosa fue la creadora de esas novelas que hoy y dentro de cien años seguirán proporcionándonos placer estético y ayudándonos a entender al ser humano. Parece que las cosas se van corrigiendo, y pasado el humo quedan los libros, y una imagen como la que prece a este texto, que es la forma en que me gusta recordar a la señora Iris Murdoch.
