26 de diciembre de 2008
Un señor formal en la Librería Mujeres.
24 de diciembre de 2008
Narrativas superheróicas. Los mitos contra el rizo rizado.
Volviendo a los cómics, los editores descubrieron que los adolescentes crecen, y que muchos se hacen adultos, comienzan a tener canas, se casan, se hacen abogados (ejem) y sin embargo continúan recordando con gusto aquellas viejas lecturas de mitos modernos vestidos con ridículas mallas. El modelo estaba bien claro y al alcance de la mano: la narrativa del cómic indie, que sin descuidar el entretenimiento llevaba años construyendo historias de mayor complejidad y potencia simbólica, y hablándonos de nuestro mundo con una agudeza reservada, de acuerdo con prejuicios ancestrales, a los géneros literarios convencionales. Así que de repente los superhéores comenzaron a verse metidos en problemas sentimentales, laborales, familiares, e incluso en un cuestionamiento social, que llegaban (y aún lo hacen) a ocupar el centro de la historia más que la repetitiva amenaza del villano de turno. El problema es que, como en casi todas las cosas, la clave está en acertar con el término medio. Durante estos años hemos visto a un Spiderman de sesenta años llorar la muerte de Mary Jane a causa de que las radiaciones de su cuerpo la habrían ido matando lentamente a lo largo de la vida, a un Hulk asalvajado convertirse en intelectual y viceversa, a los Vengadores reciclados en ejército paramilitar a las órdenes de un gobierno más que dudoso, ejército cuyas acciones provocan centenares de "efectos colaterales"... Por no hablar de las películas, en las que el paroxismo se ha alcanzado con ese James Bond hipertrofiado que lleva por título "El caballero oscuro" y que este año se ha llevado todos los parabienes imaginables. Resulta que ahora lo profundo y lo sutil es discutir si Batman tiene connotaciones fascistas. ¡Pues claro que es un fascista! (Y lo dice el abajo firmante, un modesto batmanólogo.) ¿Qué otro calificativo merece un multimillonario que se dedica a repartir hostias como panes por la noche sin juicio previo ni posibilidad alguna de defensa? Pero es que el error de estos sesudos planteamientos narrativos consiste precisamente en ocuparse de tales asuntos olvidando uno de los elementos fundamentales que sustentan la propia existencia del superhéroe: la suspensión de la verosimilitud consistente en que los malos lo son de manera indiscutible, porque así se nos dice y si dudamos acerca de ello, mejor que escojamos otra lectura. Batman, o Daredevil, y no digamos el ultaviolento Punisher, pueden permitirse golpear y dejar atados a una farola a un puñado de delincuentes porque de cara al lector estos últimos no pueden ser otra cosa. A diferencia de la realidad, donde todo está preñado de matices y el mal en pocas ocasiones aparece sin fisuras, en el territorio cómic necesitamos creernos que Joker, Luthor, Octopus o Bullseye son, sencillamente, malvados, y antes de que un puño enguantado les deforme la expresión no podemos plantearnos si existen pruebas suficientes o si deberíamos tomarle declaración con asistencia letrada.
Y claro, a esta mujer inteligente y bien entrenada no se le escapan algunas contradicciones personales del papel de dandi barato que interpreta su protegido: es genial la escena en que nota cómo pasa, en segundos, de hacer el tonto con unas cucharas para divertir a una chica en una cena de gala a mostrarse como una animal tenso y acorralado cuando entran en escena unos asaltantes. A partir de ahí ella sospecha o sabe y él sospecha que ella sabe, lo que se nos muestra en unas viñetas mudas verdaderamente geniales. El descubrimiento del secreto lleva inevitablemente a que Sasha se implique en la lucha del vigilante, y en necesaria consecuencia, a la fatalidad. En las series "Bruce Wayne, ¿asesino?" y "Bruce Wayne, fugitivo", esta heroína trágica acaba en la cárcel por salvar el secreto de Batman, junto con el propio Wayne. Y aquí hay de nuevo episodios memorables: en uno de ellos se siente abandonada, puesto que no ha recibido comunicación alguna, y recibe una paliza en la cárcel. Cuando está apoyada contra la valla, sangrando, alguien le toca el hombro: es Wayne, en el módulo masculino, que con ese gesto callado le da las gracias y le dice que sigue allí, y que al final se resolverá todo.
En esa misma línea encontramos al Hulk de Bruce Jones, con historias vagamente inspiradas en el tono de "El fugitivo" de la vieja serie de televisión -en alguno de los números de esta colección ni siquera vemos a la bestia-, el Daredevil de Marvel Knights, con unas ilustraciones innovadoras, surrealistas a menudo, o la serie Civil War, de indudables connotaciones políticas en la era Bush, que concluye con la muerte del Capitán América, nada menos, otro personaje rico y deficientemente tratado por los guionistas.
17 de diciembre de 2008
"El caso Winslow." Honor, amor y ego.

"El caso Winslow" ('The Winslow Boy', en el original) obedece a un guión más contenido y una realización en la que la distancia emocional actúa en coherencia con la forma en que los propios personajes sobrellevan la historia. Ésta se origina por la expulsión del colegio que sufre el pequeño de la familia Winslow a causa de un supuesto robo sin mayor importancia que la que afecta a su educación. El padre, sin embargo, inicia una cruzada en pos de la justicia y, sobre todo, del honor, que es el gran tema de la obra. La lucha por el derecho, al fin y al cabo, de la que hablaba Von Ihering y que se presenta aquí como un empeño de la inteligencia, ajeno a arrebatos y visceralidades. Dado el cariz que toma la batalla, con la previsible rigidez de los sistemas judiciales del siglo diecinueve, la familia opta por contratar a un abogado que se convierte en una de las figuras más carismáticas de la película, y que nos enseña cómo el ego de un buen profesional puede convertirse en el motor de las mejores causas. A ello ayuda la notable e irónica interpretación de Jeremy Northam, uno de esos actores a los que ya no imaginamos sin traje de caballero victoriano, y un guión sin grandes subrayados pero con sutiles momentos de buena literatura. Recuerdo con mucho agrado el momento en que acuden al despacho del abogado y éste realiza un apresurado examen de la cuestión, mientras se viste para salir a otro compromiso, por ver si finalmente acepta o no el caso. Entonces le echa un vistazo a los papeles y comienza a interrogar al chico, mientras su ayudante indica a la familia que no lo interrumpa en ningún momento. Los diálogos, brillantemente tensos, concluyen con una interpelación a voz en grito para que el joven Winslow confiese y deje de causar disgustos a su familia. El chico rompe a llorar y tenor de lo que hemos oído todos deducimos que le ha conseguido sonsacar su culpabilidad. Pero de repente el abogado se dirige a su padre y le dice algo así como "llevaré su caso. Es claramente inocente", golpe de efecto que te hace revolver en el asiento y que, explicado más tarde con lógica detectivesca -a lo Holmes ilustrando a Watson-, resulta completamente lógico.
A medida que avanza la historia toda esa lucha por el honorabilidad se expresa con un lema enardecedor: "let right be done!!", "¡que se haga lo justo!". "Hacer justicia es fácil, hacer lo justo, no", se nos dice, con lo que la cuestión de fondo adquiere mayor profundidad filosófica y nos conduce a la vieja y quizá irresoluble discusión sobre el derecho positivo y el derecho natural, o los diversos conceptos de justicia que han de sustentar las leyes y podrían, en su caso, justificar su inaplicación.
¿Algún otro incentivo para ver esta maravillosa película? Pues sí señor, una sutil historia de amor entre dos opuestos: la hermana mayor del chico Winslow y el abogado. En un principio representan el uno para el otro tal vez algo que rechazan o temen (la revolucionaria y el hombre de orden), pero pronto, aunque de una manera ejemplarmente tratada que lo hace sonar como una agradable música de fondo, el conocimiento más profundo que provoca su cercanía en la batalla supera los prejuicios. Lamento mucho si le puedo chafar al amable lector o lectora el final de la peli, pero no me resisto a reproducir los últimos diálogos, cuando ella y él se despiden sin que hasta entonces se hubiese concretado ninguna insinuación sentimental:
“Él:¿Sigue con sus actividades feministas?
Ella: Oh, sí.
Él: Lástima, es una causa perdida.
Ella: ¿De verdad lo cree así Sir Robert? Qué poco conoce a las mujeres. Adiós, dudo que volvamos a vernos.
Él: ¿De verdad lo cree así Srta. Winslow? Qué poco conoce a los hombres."
Os recomiendo de veras esta película deliciosa, de cuyo recuerdo siempre echo mano cuando vienen malas sentencias y uno necesita seguir confiando en el sentido de la batalla. Porque en el del amor, Nuria mediante, nunca he perdido la confianza.
Faldita, delantal y cofia. 'Buena imagen' para la empresa. Mala imagen para sus señorías.

10 de diciembre de 2008
Simón.
Wilde. Sin la venia.

'Los nuevos' y 'El lugar del enemigo'.
6 de diciembre de 2008
Balada del querulante.
En este libro admirable ('Memoria de Pleitos', Thomson-Civitas) , el profesor Díez-Picazo se permite un descanso en la literatura jurídica de corte más técnico para echar la vista atrás y sonreír un rato. Porque si algo caracteriza este puñado de recuerdos reunidos en un volumen inusual es la ironía. Digo inusual puesto que tal clase de intentos no abundan entre el gremio, sobre todo porque cada vez es más escaso el abogado humanista, bibliófago e inclinado a la reflexión escrita que quizá existió en otros tiempos; los presentes son más propicios para el picapleitos de sonrisa permanente, infinita capacidad de servilismo, un ligero conocimiento de vinos y vehículos y una segura convicción de que su trabajo requiere dejar en casa, o arrojar a la cuneta, cualquier atisbo de juicio ético. Con este panorama, cómo van a escribir libros quienes sólo tienen el cerebro avezado a la búsqueda de argucias para que la gente que tiene mucho dinero tenga más dinero, por la vía de obtenerlo o de dejar de pagarlo. 3 de diciembre de 2008
Canción de Navidad.
and my old man plays the piano for Christmas.
He plays the piano for Christmas.
And we're all there, all the aunties and uncles,
and the angel's on the top of the tree.
Up there o the top of the tree.
And I never, no I never ever realised.
And I never, no I never ever realised.
Have I enough time, have I just some time,
to revisit, to go back, to return, to open my mouth again
and say something different this time.
And I see bags of newspaper and a car in the carport,
and you're a grown up and still unsure,
and I'm thirty and I don't know nothing no more.
And I never, no I never ever realised.
And I never, no I never ever realised.
And I'm sitting, sitting on the top of the stairs,
and you're crying out on the towpath by the river
with all the swans and all the people walking by.
And all of a sudden I'm stuck with an urge to unlock a door
with a key that's too big for my hands
and I drop it, and it falls at your feet.
Come on, come on, it's there at your feet.
And I never, no I never ever realised.
And I never, no I never ever realised."
1 de diciembre de 2008
“Lucy Gayheart”, Willa Cather (Alba).
Quién nos iba a decir que también a esta excelente editorial tendríamos que pedirle de vez en cuando el libro de reclamaciones. De Willa Cather había leído “Mi enemigo mortal”, una visión aterradora de esos momentos en que el amor se trueca en odio ante la cercanía del final de la vida, contada de un modo sutil, distante y jamesiano que causaba impacto en el lector. Esto me llevó a acercarme a sus relatos, aparecidos en la colección Clásica Maior, con su tapa dura y su lujo dorado, y ya entonces me quedé con la sensación de haber oído demasiadas veces la misma música. Lucy Gayheart se abandona al tópico de esas viejas novelas en que un personaje femenino afronta, en su juventud, las primeras pasiones, con sus gravámenes habituales de dudas, frustración y sufrimiento. La diferencia con otros autores más acertados en su tratamiento del asunto es que Willa Cather no acierta en la forma de contarlo: el narrador, de manera desconcertante, parece formar parte del entorno de la protagonista (“La gente de Haverford sigue hablando de Lucy Gayheart. A decir verdad, tampoco es que se hable mucho de ella, porque la vida sigue y nosotros vivimos en el presente”, así comienza el libro), para después, de manera inverosímil, traducir pensamientos y contemplar intimidades no ya sólo de ella, sino también del resto de personajes que conforman el esbozo de historia en que se resume la novela. Ese titubeo del punto de vista, unido a un lenguaje sin relieve, va haciendo cansina la lectura, que tampoco cuenta con los golpes de efecto de Dickens o Collins ni la vivacidad de una Austen o George Elliot. Y, sin embargo, la narración comenzaba con un potente elemento simbólico, en la escena en que, contemplando el cielo nocturno, tras haber patinado con su adusto pretendiente juvenil, Lucy repara en algo que le suscita una extraña identificación: “(...) Había visto aparecer la primera estrella en el cielo, que iba oscureciéndose progresivamente, y el corazón le subió a la garganta. Este punto de luz plateado le hablaba como una señal, de una vida y de unos sentimientos que no pertenecían a aquel lugar. Se sintió abrumada. Se había dirigido a la estrella con un simple pensamiento y ésta le había respondido; se habían reconocido al instante (...) Todo volvió a ser confuso después. Lucy cerró los ojos y apoyó la cabeza en el hombro de Harry para huir de aquello que había estado tan cerca de alcanzar. Era demasiado brillante y demasiado afilado. Dolía, y la hacía sentirse pequeña y perdida”. Esta delicada representación del deseo de ser otro, o de estar en otro lugar, y del estremecimiento que ambos conllevan, se malogra a medida que la novela se va llenando de peripecias anodinas y tragedias fáciles con que hacerla avanzar. Tan sólo en ocasiones revive el talento de la autora para expresar lo inexpresable (“algo hermoso y sereno pasó del corazón de Sebastian al de Lucy: sabiduría y tristeza”, “la música no dejaba de evocarle sentimientos que experimentaba en el estudio de Sebastian: la creencia en un mundo invisible e inviolable”) e indagar en el amor como forma de conocimiento, hacia el cual el ser amado se convierte en “la puerta y el camino”.Uno tiene, pues, la impresión de que fue una idea la que dio pie a esta obra. Pero ese primer impulso necesitaba compaginarse con el medio elegido para desarrollarla o transmitirla; no eran en este caso el ensayo o el poema (aunque podrían haberlo sido), sino una narración que, por muy difusos que resulten los márgenes en que puede delimitarse el término, precisa de un rigor y una intensidad ausentes en esta novela tópica de desamores y muertes estrepitosas.
Rembrandt en el Museo del Prado. Merece la pena.
Sí, aunque debamos darnos codazos con la gente y desarrollar oscuras tácticas para acercarnos a un cuadro. Aunque tengamos la tentación de taparnos los oídos por esa incomprensible costumbre hispánica de vocear en un museo como en un campo de fútbol (sólo les falta el uuuuy!! en caso de que estimasen que algún propósito artístico de las obras no ha sido conseguido por muy poquito). Aunque nuestro orgullo de culturetas pedantes se encuentre más a gusto en la galería recóndita, el local underground o la performance gallináceo-sexual. Aunque todo esté ya dicho.
Es que Rembrandt era muy bueno. Merece la pena contemplar esas pinturas extraordinarias que constituyen una especie de metáfora del mejor arte narrativo: un miasma de oscuridad en el que de repente hay un estallido de luz que nos descubre una escena —y parece sorprender tanto al espectador como a sus protagonistas— que cuenta mucho más de lo que simplemente podemos ver —gestos atrapados en un instante—; o ese personaje huraño o divertido, el propio pintor, que a veces nos interpela, construido con una técnica en apariencia confusa y una paleta de marrones como la de la tierra y la carne.
Volver a los clásicos tiene algo de esa nostalgia por la seguridad familiar que sufre el que pasa mucho de su vida fuera. Lo que no quiere decir que todo sea previsible, siempre hay algún matiz diferente o alguna sorpresa. En el caso de esta exposición, he escogido un cuadro para llevarme a casa en mi próxima visita al museo —no digan las autoridades competentes que no les he advertido—:

Os invito a ir y elegir el vuestro.