lunes, 19 de enero de 2009

"La calumnia", de William Wyler, o el silencio que mata.

Hay pocas películas imprescindibles, y ésta lo es no sólo desde el punto de vista cinematográfico, sino como una de esas obras de arte que desde un punto de vista cívico resultarían de obligado visionado para las personas que se están formando para ser miembros de la polis (y todas aquellas que necesitan un repaso, desgraciada mayoría). Claro que en estos tiempos tal responsabilidad cae sobre Hostel I, Hostel II, Hostel III, Hostel IV y la final de la Champions, y nada más lejos de mi ánimo que perturbar la paz social con propuestas subversivas. No obstante, me gustaría hablar de La calumnia, pues lo hago con la convicción de que es algo más que una película, y mucho más que un discurso panfletario. Es la realidad más punzante e insoportable la que se nos presenta en ella, una realidad que ha cambiado demasiado poco para que podamos tomar distancia y no sentirnos concernidos.

Ahora que he pegado la carátula aquí al lado me doy cuenta del error absurdo que contiene; me refiero a esas siluetas femeninas que se abrazan al fondo, lo que de inmediato puede encasillar la película en la mera reivindicación de una condición sexual. Así que empecemos por corregir ese dislate -causado en tiempos más recientes para su edición en DVD, imagino- colocando la portada original de 1961. Y es que la historia no trata acerca de la brutal represión a la que una sociedad somete a dos mujeres por mantener una relación lésbica. No. Ocurre así, en efecto, pero sólo ante la posibilidad de que sea cierto, lo que sin duda resulta doblemente aterrador. Se trata de uno de los aciertos del guión, el hecho de que todo proceda de un simple rumor propagado por una de las alumnas de su escuela, motivado por su estúpida rebeldía y su tal vez inconsciente crueldad infantil. Pero ese mero hecho es suficiente para que de inmediato la sociedad de orden, la gente de bien, proceda en defensa de "la moral y la inocencia de sus hijos": retiran a todos ellos de la escuela, condenan a las dos protagonistas a la miseria, las aíslan desde el punto de vista social, las contemplan de lejos como monstruos, las matan con su silencio. Hay una frase de la abuela de la niña que desencadena todo especialmente significativa, y que nos recuerda a la doctrina "Ferrín Calamita", viene a decir algo así como "que ellas sean o hagan lo que quieran, pero que las niñas no se vean afectadas". Ambas afirmaciones son falacias insultantes: por supuesto que las criaturas no se habrían visto sometidas a "riesgo moral" alguno, sobra decirlo, pero lo peor es ese "que ellas sean lo que quieran": no señor, no se les permite "ser lo que quieran", el precio de adoptar y mantener públicamente tal decisión es el silencio asesino, la soledad, la ruina, el cuestionamiento, las barreras, la condescendencia. La respetable señora que dice tal cosa se siente escandalizada porque esas dos mujeres se presenten y "entren" en su casa, cual si se hubiese visto invadida por ratas o sapos. Nos recuerda mucho a cierto argumentario que escuchamos hoy día con demasiada frecuencia: yo respeto sus derechos, pero no se me acerque, no contamine con su presencia mi sociedad, mi familia, mis hijos. Ah, los hijos, cuánto fascismo sale del armario en nombre de los hijos, qué gigantesca excusa para soltarse el pelo y liberar el aguilucho que llevamos dentro. El caso es que la película nos muestra todo ello de una manera elegante pero extraordinariamente cruda, en especial cuando una, sólo una, ya ven, de las mujeres reconoce que quizá exista algo de verdad en el rumor. Esas escenas en que una magnífica Shirley MacLaine estalla en un monólogo de agónico azoramiento nos conmueven porque quizá nunca hayamos visto tan fielmente representado en la pantalla el miedo a ser condenado por los semejantes a causa de una supuesta razón que no se alcanza a comprender. Su personaje no sólo se siente torturado por el mal que su conducta subconsciente nunca revelada, ni siquiera a sí misma, entiende que ha provocado en la vida de todos, el principal motivo de su angustia, por el contrario, es el espejo que esa sociedad implacable y compacta ha colocado frente a sus ojos, y el reflejo de su propia persona que en definitiva le muestra ese espejo como algo horrible, que merece tan sofisticado castigo: el de vivir apartada y en permanente amenaza por el puñal del desprecio.

El silencio es sin duda uno de los protagonistas del filme, y se maneja sabiamente cuando las primeras expresiones del rumor lo son al oído, o en la distancia, sin que el espectador llegue a escucharlo -el pecado que no osa decir su nombre, según Oscar Wilde-, pero también en la soledad espantosa en que viven a partir de entonces, como animales acorralados, o en el final auténticamente ejemplar, que no desvelaré por no fastidiar a un eventual lector@ que se sienta inclinad@ a verla, lo que evidentemente le aconsejo. Las interpretaciones alcanzan una sutileza magistral en este par de actrices inolvidables (la permanente tensión interior de MacLaine, la serenidad puntualmente rota de Hepburn), pero también en el caso de James Garner (o el buen hombre que aprende a conocerse a sí mismo: en realidad no se diferenciaba tanto de la gente de orden); de igual modo es de valorar el trabajo de las niñas, histriónicas y predecibles como en realidad se debe ser a esas edades, y en especial la labor del director, que mediante planos cortos nos ayuda a compartir la condena de las protagonistas.

Es un tópico, ya sé, pero resulta inevitable cuando uno entra en contacto con este tipo de obras cuestionarse si la sociedad que reflejan ha evolucionado en la buena dirección hasta llegar al momento presente. Podríamos decir que sí, al menos en el nivel del reflejo legislativo de los derechos individuales, y en el ambiente de pluralidad que se vive en ciertas ciudades, o siendo más precisos, en ciertos barrios de ciertas ciudades (porque en otros volveríamos al "yo le respeto, pero no se me acerque"). Pero en muchos otros ámbitos todo continúa exactamente igual. Y la intolerancia no sólo atañe a asuntos de identidad sexual o racial, de extranjería o de usos y costumbres. Desgraciadamente, el comportamiento grupal, la necesidad de incorporarse a una colectividad férrea y más o menos articulada (normalmente en torno a excusas absurdas: ser de un equipo de fútbol, de una peña de amigos, ser padres, ser vecinos...), representa el más alto fin de vida para demasiada gente. Y la consecuencia directa de ello, claro está, es que todo aquel que no se incorpore "al grupo" deja de ser de los nuestros para convertirse en el otro.

Como se suele decir en las malas películas o en las malas series "tengo un amigo" que comprendió en su adolescencia lo que significa el silencio que mata. Después de una infancia feliz y de una notable integración social, en la que se le vislumbraba un futuro destacado, tomó una irreverente decisión que nada tenía que ver con la religión, la sexualidad o la política: en vez de optar, superada la selectividad, por una de esas grandes carreras de los hombres hechos y derechos, para la que estaba capacitado, quiso matricularse en Historia del Arte al tiempo que trabajaba en su empeño de hacerse escritor. Lo que ocurrió entonces, por resumirlo, le hace sentir cierta identificación con películas como "La calumnia". Al final no pudo llevar adelante su propósito, y dicen las malas lenguas que se ha hecho abogado. Pero al menos debe agredecer a aquella época, según me cuenta, el hecho de le haya enseñado dónde está su trinchera: en la defensa serena pero irrefrenable de la diversidad, el único espacio apto para la razón y el progreso.

Es buen momento para acabar con una canción-poema de Morrissey que resume todo ello:

Used to be a sweet boy

Holding so tightly

To Daddy's hand

But that was all

In some distant land

Blazer and tie

And a big bright healthy smile

Used to make all

Of our trials worthwhile

Used to be a sweet boy

And I'm not to blame

But something went wrong

Something went wrong

And I know I'm not to blame

Something went wrong

Can't be to blame


No hay comentarios:

Publicar un comentario