lunes, 5 de enero de 2009

Estrés vacuno.

La semana pasada nos encontrábamos trabajando en el salón de la casa de mis padres, en los alrededores de Gijón. Se trata de un cuarto lleno de luz natural y en el que se contempla un paisaje encantador, de prados muy verdes, casitas de aldea, suaves montañas... Normalmente, en la ciudad, la tarea intelectual suele verse interrumpida por llamadas, exigencias laborales de última hora, correos electrónicos. Ese día hubo una llamada, sí, pero para avisarnos que se nos había metido una vaca en el huerto. La primera sensación es de shock: uno no está acostumbrado a esto. No se trataba del tráfico, de una resolución judicial inesperada, de un cliente impertinente... No. Una vaca. Así que salimos más estupefactos que decididos a ver cómo se solucionaba aquello. Gracias a unos vecinos, termino yéndose por donde había venido, más que nada para no se alejase de sus compañeras, que pastaban tranquilamente en el terreno de al lado. Es lo mismo que puede pasarte cuando visitas los Picos de Europa, de repente te ves obligado a detener el coche porque una de ellas ha invadido la carretera y ha decido hacerse dueña de tus ritmos de vida. Es una sana terapia contra la neurosis de los tiempos modernos. Aquí no manda tu agenda. Manda la naturaleza.

1 comentario:

  1. Afortunado por vivir situaciones así. Lo escrito me ha recordado una de las mejores escenas de la última película de Cesc Gay, 'Ficción', en la que un director de cine en crisis creativa se refugia en una casa de montaña. La calma queda rota por el cencerro de una simpática vaca. Si no la has visto, otra recomendación.

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