lunes, 5 de enero de 2009

“Funny games”, o el burgués que mata lo que ama.

Era de los pocos seres humanos vivos que no había visto esta película, y me refiero a la original, no el remake americano, que no obstante es inexplicablemente lo mismo. Esta obra maestra de la cinematografía europea resulta ser uno de los peores filmes que me haya tragado en mi vida. Supuestamente pretende hacernos reflexionar sobre el porqué de la atracción del espectador contemporáneo hacia la violencia, en especial mediante esas puntuales interpelaciones que uno de los agresores realiza a la pantalla. Ya. Pero es que ese público no se encuentra en esta sala. Están en la de al lado, viendo “Hostel XIX”, o “El matarife del viernes 13 regresa por Halloween”, o algo así. El público de esta sala es el cultureta, hombre, a él va dirigida la peli.

Y es que hay algo que la caracteriza por encima de todo, una circunstancia cuidadosamente escogida en el guión sin la cual no puede entenderse: la familia masacrada es la representación más tópica de la burguesía. Escuchan ópera (ya ven, los creadores de finales del siglo veinte continúan identificando la música culta con el gran capital), tienen un barquito, una casa grande en el campo con su césped impoluto, juegan al golf... Se merecen, pues, alguna clase de castigo, alguna culpa tienen. La elección de unos personajes así es del todo menos inocente. ¿Podemos decir entonces que el tema de la película es la violencia? Noooo... Debemos rectificar, porque de ser así, los hechos que relata podrían haber sucedido en un barrio inmigrante. ¿Se imaginan ustedes que ese par de asesinos implacables se presentase en un pisito de la periferia y torturase a una humilde familia trabajadora? ¡¡Qué espanto!! Entonces el público cultureta se habría salido del cine al grito de ¡fascismo!.


No. Eso no sería posible, porque el verdadero tema de fondo de esta película, como el de tantas otras, es la representación ficticia de un artista burgués atacando su imagen en el espejo. Esta clase de directores laureados, que viven de hotel de lujo en hotel de lujo, que hace muchos años que no saben lo que es el desagradable mundo cotidiano, que se han convertido, en definitiva, en seres acomodados, con su casita, su césped, su buen coche y su barquito o similar, de vez en cuando se miran al espejo y no lo soportan. Entonces hacen una película en la que se dinamita el modo de vida burgués. Y la van a presentar de festival en festival. Y luego viene Hollywood, como en este caso, y les paga una pasta por autoplagiarse con estrellas de renombre, y la cobran bien a gusto, pero en las entrevistas continúan pontificando con esa excusa tan barata de “atacar el sistema desde dentro”.


Por lo demás, la película es un completo dislate de una inverosimilitud insultante. En un momento dado, uno de los atacantes “rebobina” la cinta en vista de que algo ha salido mal en sus planes, pues bien, eso mismo ha estado haciendo el director todo el tiempo: dotar a los personajes-víctima de una quietud de borregos que les hace renunciar incluso a claras posibilidades de defensa –por ejemplo, coger un cuchillo en una de las idas de la madre a la cocina, estando ya secuestrados- y, en último término, a algo que aparece en cualquier ser humano en tales circunstancias –máxime cuando es un hijo el amenazado-: el instinto de supervivencia. Pero nada de esto importa, en realidad, porque esos vulgares detalles de coherencia más propia de un thriller -en el que el espectador exige que la tensión obedezca a un sentido- ensuciarían la brillantez de la propuesta artística. Y de lo que se trata, al final, es de que el buen burgués artista haga su catarsis y los buenos burgueses espectadores comenten, al salir de cine y camino del restaurante Thai donde van a cenar, lo ciegos que vivimos en nuestro mundo acomodado, frente a las amenazas que están ahí fuera.

Haneke merece que nos presentemos en su casa y le pidamos unos huevos para, a continuación, estrellárselos en la cabeza.

No hay comentarios:

Publicar un comentario