domingo, 18 de enero de 2009

"El refugio de Pablo" (relato).

Ahora pienso que no era el goce de nuestra amistad lo que motivaba aquellos encuentros, de hecho apenas hablábamos, una vez expuestas, eso sí, las precarias novedades que recopilábamos con usura a lo largo del año y que suministraban una excusa para la habitual cita navideña. Las horas pasaban tontamente entre sonrisas, recuerdos y silencio. Podía decirse que tratábamos de detener el tiempo, así es como yo lo veo, parecíamos temer que una palabra inoportuna fuese a romper un vínculo tan valioso y perdurable, porque enredarnos en el presente siempre tenía algo de riesgo, y en cambio lo que habíamos vivido juntos era, precisamente, la raíz del afecto que, cercanos a los cuarenta, aún nos profesábamos. Tal vez por eso, y sólo durante ese día, ellas permanecían en casa con una actitud abnegada y complaciente que casi nunca se repetía. Solían aducir que nos comportábamos como viejos ex-combatientes —falseando antiguas batallas— y sobre todo que no les hacíamos caso de acuerdo con un dudoso criterio de antigüedad, a fin de cuentas las habíamos conocido a los ocho o nueve años. Normalmente era Pablo quien elegía el contexto, a menudo extravagante, y se las arreglaba para aparentar que se trataba de una mera ocurrencia: me llamaba por no sé qué de un concierto, o un restaurante nuevo y muy original, o una manifestación con recogida de firmas... y apostillaba: "qué te parece si vamos y de paso charlamos de los viejos tiempos". Supongo que en el instante de marcar mi número todavía guardaba un rastro de inquietud —el mismo que yo sentía cuando llegaba la Navidad y el teléfono no sonaba—, sin embargo el sonido de mi voz en seguida le decía que no era un extraño, que seguía siendo el mismo que a la edad de siete años lo esperaba en la acera, frente a su casa, portando una pistola de plástico o un balón de aquellos blancos con pentágonos azules que tan fácilmente se llevaba el viento.

Esta vez el contexto era un partido de waterpolo que al parecer había adquirido una importancia excesiva, derivada quizá de la precariedad con que se desarrollaba la escena deportiva local. Llegué cinco minutos tarde. Pablo me reservaba un asiento con el abrigo. Me agradó tanto verlo que de inmediato mi memoria recuperó imágenes y palabras de diversas épocas, y como suele suceder se quedó aleatoriamente con una que no guardaba necesaria relación con el momento: recordé aquella ocasión, perteneciente quizá a la adolescencia, en que me decía que iba a ser fotógrafo, pero no cualquier clase de fotógrafo, sino uno de esos que trabajan para las revistas científicas que solía leer: es decir, un individuo audaz y obsesivamente creativo, dispuesto a perder un brazo por sacar buenos planos de las fauces de un cocodrilo. El tipo del abrigo que me estrechaba la mano era, en cambio, redactor de una publicación semanal de escaso buen gusto referente a personas asesinadas o desaparecidas; pero todavía conservaba la sonrisa exagerada y dentona, los mofletes brillantes, el pelo rizado sin pretenderlo y el faldón de la camisa asomándose por debajo del jersey; además, también yo iba a ser paracaidista, y el tiempo, en comparación con él, me había castigado con más crueldad arrebatándome casi todo el cabello, amén de otras muchas cosas que me hacían dudar de la sinceridad de mi imagen especular cada mañana en el lavabo. Bastaron unos minutos para que comprobásemos que todo iba —o continuaba— bien. Había incluso una noticia extraordinaria: Elsa y él iban a casarse, por fin, lo que nos permitió instalarnos en seguida en el pasado y recordar con cuánta insistencia asegurábamos que nunca aceptaríamos otro compromiso que el de proteger nuestra independencia —propósito que, en mi caso, había sido quebrantado cinco años antes, con poco éxito—. Más tarde el transcurso del partido nos sugirió la evocación de decenas de anécdotas deportivas que ambos, o uno solo, habíamos protagonizado o presenciado. Y la risa nos dio sed. Y fue cuando me levanté a buscar las bebidas.

Un largo corredor circundaba los graderíos en el piso superior. Se hallaba desierto, las muchachas que atendían los puestos de golosinas y refrescos distraían el aburrimiento contemplando la ciudad oscura a través de los ventanales. Se me ocurrió que bien podíamos cambiar el partido por una charla deliciosa apoyados en el antepecho con las cervezas, el viento, los ruidos de la calle, las luces espolvoreadas a lo lejos en los bloques de edificios... Volví para proponérselo, pero no estaba. Al principio supuse que me había equivocado de zona o de asiento, algo muy frecuente y engorroso que suele terminar con una mano levantada y un "!aquí!". Sin embargo las espaldas de la pareja que teníamos delante reclamaron mi atención y me hicieron reparar en el par de butacas libres que quedaban detrás de ellos. Deduje que se había ido al baño, o a buscarme, y para evitar mayores confusiones ocupé mi puesto y esperé. La contienda, al parecer, pasaba por momentos emocionantes. Había en el recinto un murmullo insistente y compacto, como si de una sola voz susurradora se tratase, aunque a menudo estallaba en miles de fragmentos cacofónicos con motivo de una jugada espectacular o polémica. El ambiente me atrapó lo bastante para que no volviese a acordarme de Pablo hasta un buen rato después, cuando los nuestros ya daban muestras de resignación y el interés se iba diluyendo. Habían transcurrido más de diez minutos. Miré a todas partes, me levanté y salí al pasillo, desde donde tenía una vista completa del sector en que nos habíamos sentado. Escudriñé fila por fila barruntando la posibilidad de que se hubiese cambiado de sitio al descubrir entre la gente a algún conocido o a un compañero de trabajo, con lo cual me mostraba dispuesto a presumir semejante descortesía en él, y ésta fue la primera señal que percibí de que algo extraño estaba ocurriendo. Entonces volví al corredor, y de nuevo al bar. Las chicas seguían al lado de la ventana. Les describí a Pablo, les pregunté si había pasado por allí. Comprendí, a tenor del modo como me miraron para negar con la cabeza, que estaba demasiado nervioso. De alguna forma evitaba echar una ojeada el reloj y enfrentarme con un dato definitivamente inquietante. Anduve despacio hasta que me perdieron de vista y entonces eché a correr por el pasadizo en dirección a los lavabos. Sabía que con ello no haría sino aumentar mi inquietud, pero deseaba, por encima de todo, poner fin a aquella situación que se había complicado de forma absurda, aunque no dudaba, o no deseaba hacerlo, que existiría una explicación sencilla y el episodio se convertiría en una anécdota más para recordar en los encuentros venideros. Entré en los servicios. No había nadie. El olor me resultó especialmente repugnante, saqué un pañuelo y lo interpuse entre la hediondez y mis fosas nasales. Las cabinas de los retretes estaban cerradas. "Pablo", dije. A mi espalda sonaba el murmullo del agua que se deslizaba por el mingitorio sorteando los tropiezos de alcanfor. No obtuve respuesta. Acerqué la mano a una de las puertas de madera verde y la deslicé sin dificultad hasta que golpeó los azulejos de la pared, a su derecha. Hice lo mismo con las otras tres sin resultado. De pronto el estadio prorrumpió en gritos, aplausos y dilatados silbidos. El partido había llegado a un descanso, o algo así. Miré el reloj y me estremecí. Solía leer la revista de Pablo con bastante sorna, así era como él me recomendaba que lo hiciese, y si bien aquellos asuntos oscuros nunca lograban interesarme por completo con el tiempo había descubierto en ellos un rasgo realmente turbador: en la mayoría de los casos existía un punto en el que algo se hacía o dejaba de hacerse, y ese algo condicionaba los pasos ulteriores hasta tal extremo que los protagonistas giraban en torno a él como si fuese la clave de la resolución del enigma —de la desaparición— o del reparto de culpas. En esa tesitura me encontraba yo: repasando mentalmente, con una vehemencia próxima a la obsesión, el instante en el que había dejado a Pablo solo —¿abandonado, quizás?— y los hechos acaecidos posteriormente. Calculaba el tiempo, las distancias, los motivos. Y no encontraba nada.

El corredor se había llenado de gente. Traté de abrirme paso entre los cuerpos y alcanzar la entrada de los graderíos, mas apenas podía avanzar y a cada poco la multitud me hacía retroceder, como si tirasen de mí a su antojo con una de esas correas elásticas con que se domina a los perros. Decidí detenerme; me apoyé en la pared y esperé a que se fuesen. En aquel momento me asustaba su indiferencia: para ellos no era más que un accidente en el muro gris. El tumulto, no obstante, discurrió con prontitud, y el estadio se convirtió en una gigantesca caja de resonancia de nuevos pasos y nuevos gritos. Volví a la grada, que se asemejaba ahora a un puzzle de butacas de plástico con los colores del equipo. Descendí unos peldaños y revisé visualmente, una vez más, cada hilera y cada recodo —podía haberse caído, fulminado por uno de esos repentinos males cardiacos, y permanecer fatalmente oculto—. El desánimo, por fin, consiguió vencerme. Tomé el camino de salida y envidié la despreocupación de los que se quedaban, porque sólo yo me marcharía con una lamentable incertidumbre a cuestas. Poco antes de abandonar el lugar le pregunté a un portero: me dijo que no había visto a nadie con el aspecto de mi amigo, o que tal vez había visto demasiados.

Volví a casa enfrentado con una nueva indecisión: no sabía si debía llamarlo inmediatamente —con lo cual, y en caso de que no hubiese vuelto, lo que parecía más probable, alertaría a toda su familia de una forma probablemente innecesaria— o bien aguardar a ser llamado por él y escuchar la deseada explicación lógica que pondría en ridículo mis temores: un asunto urgente que casi no recordaba, un repentino aviso por la megafonía del estadio que yo no había podido oír... Opté por la segunda posibilidad y debo reconocer que a ello me llevó, simplemente, la cobardía. De ahí que cuando sonó el teléfono, en plena madrugada, corriese a cogerlo con el pavor y la vergüenza de un delincuente ingenuo al que hubiese sorprendido la policía. A duras penas reconocí la voz de Elsa, más que voz un desgarro frenético vertido en el sumidero del auricular: "ven, corre, no sé qué le pasa, ¡corre!"; creo que dijo algo así.

Corrí cuanto me fue posible. En los escasos semáforos que respeté me entretuve mirando el celaje oscuro que despuntaba por encima de los áticos. El cielo de una noche extraña, de una mala noche, recuerdo que reflexioné. Elsa esperaba sentada en el portal con las rodillas juntas y las manos enredadas en un torpe ovillo sobre ellas. Tenía los párpados hollados por las lágrimas y la mirada interrogadora de quien desiste de intervenir en un asunto al que no alcanza su comprensión. Quiso decir algo, pero rompió a llorar. Entramos apresuradamente en el ascensor. En ese momento pensé en lo más desagradable que se me ocurría: habían intentado atracarlo, lo habían herido... Me encontré con sus padres en el recibidor. La casa estaba a oscuras, el hombre llevaba una vela en la mano que rescataba de las sombras fragmentos de su cara, igualmente desencajada. "Pablo no quiere luz", dijo. Me adelanté a explicarles que se había marchado durante mi breve ausencia, y me disculpé por no haber sabido reaccionar. El hombre me ofreció la palmatoria y señaló con los ojos una habitación. Sus palabras me acompañaron durante el breve trayecto de pasillo: "llegó hace un rato, venía con eso debajo del brazo, bueno, traía las tablas y un martillo del garaje, estaba muy nervioso, cerró la puerta, no quiere hablar con nadie, no nos ha dicho nada, se pone muy violento, pensamos que sería peor llamar a la policía, conocemos a un psiquiatra, ya lo han avisado, va a venir de un momento a otro, no sabemos qué hacer, está ahí, no quiere salir, nunca le había pasado nada parecido..." Luego se detuvo y me dejó a solas frente a la puerta. La entorné con cuidado. "Soy yo...", anuncié con una molesta trabazón en la garganta. Di unos pasos adelante y estiré el brazo para buscar una suficiente cobertura lumínica de la vela que me permitiese orientarme. De no haberlo hecho habría tropezado con una especie de caja de forma cúbica construida con visible torpeza, pues lo único que parecía haber importado a su creador era la mera materialización de la misma, y no tanto el modo como quedaría resuelta; así, alguna de las tablas sobrepasaba en largura a las demás, otras lo hacían en anchura, y el desmadejado efecto estaba apuntalado por un exceso de clavos y cartones, muchos de ellos, a su vez, discordantes en tamaño. Mi presencia le resultaba incómoda, lo supe por el jadeo convulsivo que procedía de dentro. Muchas cosas se me pasaron por la cabeza: ignoraba si sería correcto iniciar la conversación con una broma —algo para restar importancia a la situación—, ya que tal vez eso fuese interpretado como una previsible cautela frente a la locura; tampoco podía intentar rescatarlo —hacerle entrar en razón— a la fuerza, porque era de prever que su respuesta sería la misma. Llegado este punto lo que sentí fueron ganas de reír: la escena lo merecía. Pero ocurrió, quizás, lo único que no esperaba: sin necesidad de persuasión alguna Pablo se decidió a hablar: "Era el niño, lo he visto", dijo. En un principio quedé desconcertado; apenas unos segundos después de haberlo oído no dudaba en atribuir tales palabras a una inexplicable dislocación mental, porque en seguida supe a qué —o a quién— se refería, y mi memoria, de un modo extraño, recuperó un recuerdo demasiado lejano e intranscendente para haber sido guardado durante tanto tiempo.

Estábamos acabando el bachillerato, creo, sucedió en uno de esos viajes de estudios en los que se juega a ser libre, a buscar todo lo prohibido eludiendo la vigilancia puntillosa de la autoridad académica. Habíamos viajado hasta la costa, por increíble que pareciese muchos de aquellos chicos iban a ver el mar por primera vez, eran otros tiempos, supongo, el caso es que se apuntó tanta gente que no había modo de controlarnos, y Pablo y yo y quizá tres o cuatro más emprendimos una espontánea excursión por el cerro. El verdadero propósito —más que disfrutar de las aguas bravas que golpeaban el acantilado— era compartir unos cuantos cigarrillos y soltar unas cuantas procacidades lejos de la mirada de los curas. Nos tumbamos en la hierba —bastante cerca del precipicio, pues no hay mejor libertad que la que proporciona una moderada imprudencia— y matamos el tiempo identificando cuerpos de mujer en la consistencia globular de las nubes. Entonces Pablo, en el transcurso o como resultado de una broma amenazó con arrojarse al vacío, y todos, claro, lo animamos a hacerlo bajo el pretexto de que tendríamos un día de luto —sin clases— en el colegio. Y se levantó —nos reímos—, echó a andar, se acercó al borde, recuerdo sus brazos extendidos, "a que vuelo y os quedáis pasmados", tiró el cigarrillo, se acercó aún más, casi al límite, incluso podíamos sentir el vértigo, "a que vuelo" —risas, voces, burlas—, dobló el tronco hacia adelante, estiró el cuello, miró el fondo. Gritó. Se dio la vuelta con un movimiento súbito, espantado, los brazos girando en el aire, corrió hacia nosotros sin dejar de soltar alaridos. "Hay un niño", dijo. Nos callamos de repente igual que quien oye un estruendo. "Hay un niño", repitió. Recuerdo que en aquel momento me pareció que, pese a haber dado la espalda a lo que lo había asustado, su vista no se posaba en ninguno de nosotros. Miraba más allá, a algo incierto, y debo interpretar el silencio en que nos sumió como una demostración de nuestro descreimiento: estábamos esperando a que se echase a reír y resolviese la situación en el único sentido en que cabía imaginar que fuese resuelta. Sucedió, en cambio, que uno de los chicos quebró la espera al preguntar a qué se refería; "un niño muerto", contestó, y aquello fue interpretado por todos —excepto yo— de forma que se cumplían sus vaticinios. "¿Es alguien del colegio? Si no lo es no servirá para el luto...", "nada, aquí no valen excusas, te tiras o no te tiras...". Las gracias de los muchachos no consiguieron suavizar su expresión; cuando uno de ellos hizo ademán de acercarse al borde del acantilado él lo detuvo, sujetándolo con violencia por el brazo, y le dijo: "no mires", lo que coadyuvó, sin duda alguna, para que la broma acabase por convertirse en fundamento. Afortunadamente la llamada de uno de nuestros preceptores permitió que todo terminase en aquel instante, sin embargo durante el resto de la jornada no dejé de observar a Pablo, y poco a poco me fui convenciendo de que no nos había mentido. Daba la impresión de sentirse muy solo —la clase de soledad a que castiga el conocimiento de un gran secreto—, apenas hablaba con nadie, y si lo hacía trataba de concluir en seguida para retomar sus cogitaciones. Así que en el viaje de vuelta me senté a su lado y procurando que no nos oyesen le dije: "cómo era". Al escuchar mi voz se volvió —estaba ensimismado mirando por la ventanilla—, sus ojos expresaron sorpresa y agradecimiento; por unos segundos pensé, al igual que antes, que se echaría a reír, pero torció la cabeza de nuevo en dirección a la ventana y con la voz de una persona desamparada, desbloqueando la garganta, tragándose las lágrimas, habló: "era pequeño, como los de segundo o tercero, flotaba en el agua, una ola lo trajo justo cuando yo me asomé, quedó parado en la orilla, estaba muerto, tenía las manos pegadas al cuerpo y los ojos cerrados, así..., con la piel muy pálida, y una especie de uniforme, un pantalón corto y un jersey de color oscuro...". La descripción se plegaba a la de las imágenes mortuorias que habíamos visto a menudo en la televisión, circunstancia del todo inverosímil —reflexioné al llegar a casa— puesto que si al cuerpo lo había depositado la marea no podía hallarse en semejante postura, más propia de la minuciosidad de una ceremonia. Lo cierto es que todo concluyó con aquella conversación, ni siquiera me atreví a proponerle que se lo contase a alguien, pues comprendí que la incredulidad de los demás, en sus circunstancias, sería insoportable.

Alguna vez, muchos años después, volvimos a mencionar el asunto como uno de tantos episodios de la infancia que permanecían en una neblina de recuerdos inciertos, hasta tal punto que ni el propio Pablo se atrevía a ratificar la versión que en su momento había dado, y prefería dejar los hechos en ese aura de grata indeterminación, lo que según su criterio los dotaba de la naturaleza que posee todo lo inolvidable. Quizás por eso los había evocado en cuanto le había oído decir aquella frase: "era el niño, lo he visto". El niño no podía ser otro, e idénticas fueron, a su vez, mis reacciones: volví a pensar que se trataba de una broma, pero de inmediato recapacité y me di cuenta de que había pasado toda la jornada atribuyendo a Pablo una actitud que en absoluto le pertenecía, como si de ese modo pudiese librarme de actuar. Así que me aproximé a la caja, apoyé en ella las manos, y le dije "estás seguro de que era él". Me pareció oír, al igual que en el pasado, una expresión de confortamiento. "Tienes que haberte equivocado", sugerí. "Era él, flotaba en el agua en la misma postura", respondió. Creo que ciertas situaciones plantean un desafío a la razón, y que llega un punto en que se debe escoger entre abandonarlas o continuar a sabiendas de que esto implica la aceptación de sus particulares reglas; por suerte yo me eché atrás, pese a que entendía el sentido de lo que estaba pasando —si es que realmente existe un sentido en la locura—, es decir, que había construido un refugio en el protegerse delimitando su mirada y evitando así la posibilidad de volver a ver aquello que le había causado semejante trastorno; decidí, pues, comportarme como cualquier persona en mi lugar y le reproché la situación absurda que había puesto en marcha. Entonces empezó a gritar, me echó del cuarto, siempre recordaré la voz, una voz que parecía de otro, en verdad de un chiquillo amedrentado. Al salir al recibidor, con la vela casi extinta, expliqué a la familia lo que creía conocer: no había que preocuparse demasiado, la propia violencia de su estado indicaba que a buen seguro éste era el momento álgido, Pablo se encontraba bien —físicamente bien—, aunque en un evidente estado de shock, o algo parecido. Para mi sorpresa aquel pobre informe consiguió calmarlos un poco. El padre trajo unas sillas y nos sentamos a conversar en espera de la llegada del psiquiatra. Elsa me preguntó si sabía lo que le había pasado, a ellos no les había dicho nada, si bien la madre afirmaba haberle oído susurrar "era horrible, no lo entendéis..."; estaba claro que no podía contarles el suceso del cerro —sin duda me juzgarían cómplice o causante de su delirio—, así que se me ocurrió sobre la marcha una justificación que, inesperadamente, me alumbró una vía posible en el camino de lo razonable: tal vez había sufrido una experiencia aterradora, un atraco con violencia, algo que le hubiese causado una fuerte impresión..., lo importante era que las consecuencias, aparentemente, no pasaban de ahí. El timbre del telefonillo sonó como anuncio de esperanza. Al instante apareció un hombre de unos sesenta años que con el aspecto grave y a la vez sereno de un experto nos escuchó y entró, sin más, en la habitación. El silencio con que aguardamos algún desenlace manifestaba nuestro descanso, ahora el peso estaba mejor repartido, o al menos, pensé, lo soportaba quien se había preparado para ello. Apenas cuarenta minutos después el hombre salió y dijo "va bien, no hay problema, es mejor que se acuesten, que no vea a nadie cuando salga, me traen un vaso de agua, por favor...". Confieso que me derrumbé al oírlo, avergonzado por mi propia debilidad. Luego convinimos en que lo más prudente sería que me fuese a casa, al día siguiente, a primera hora, me llamarían. Y así ocurrió. Elsa me dijo que todo había pasado, Pablo dormía tranquilo con la ayuda de unas pastillas, en adelante debería proseguir el tratamiento, al menos hasta que se lograse averiguar cuál había sido el verdadero motivo, que su memoria parecía ignorar a propósito. Sólo entonces pude dormir.

Durante los siguientes días no dejé de telefonearles y de recibir noticias acerca de ciertos progresos tendentes a la normalidad. Sin embargo, pese a que en ningún instante se mostraron interesados en esclarecer lo sucedido —ni en conocer mi participación en ello, aun como simple testigo—, empecé a advertir desafecto en sus voces, como si necesitasen olvidar de una vez y mi insistencia supusiese un obstáculo. Con esa idea, poco a poco, me fui distanciando. Trataba de convencerme de lo correcto de mi actitud con el argumento de que, a fin de cuentas, Pablo ya no era un amigo en sentido cierto de la palabra, sino una especie de oficiante en la ceremonia anual de regreso a los buenos momentos, y que lo mismo debía de ser yo para él. Además, por aquellas fechas me sobraban los problemas: tuve que mudarme de piso varias veces por culpa de algún negocio desgraciado en que cometí el error de meterme, mi actual compañera pasaba un tiempo en Inglaterra —demasiado sin llamar— por motivos de trabajo, y la sentencia de un juez tendencioso redujo mi presencia en la vida de mi hija a unas cuantas visitas semanales harto humillantes, acontecimientos que no merecerían ser citados si no fuese por su contribución al alejamiento que en tres o cuatro meses experimenté con respecto al asunto. Este período concluyó con una postal: a mediados de abril se me comunicaba la celebración de la boda, que transcurriría, como suele decirse, "en la intimidad familiar"; la frialdad del mensaje me hizo entender que preferían mantener el mismo estado de cosas, así que me limité a felicitarlos por escrito. Recuerdo que entonces me sentí liberado de toda responsabilidad, e incluso llegué a relatar a algunos amigos la historia del tipo que se había escondido en un refugio de cartones para no ver a los fantasmas que, según él, le perseguían; hablaba de ello igual que si lo hubiese oído contar en una conversación ajena, y creo que en el fondo estaba convencido de que había sido así. Hasta que poco tiempo después me llegó una segunda carta que me avisaba de la muerte de Pablo, o más correctamente, de su desaparición. Había sucedido durante la luna de miel, en un viaje en barco, algunas personas aseguraban haberlo visto caer al agua, si bien de momento, seguía sin encontrarse el cuerpo. Finalizaba con una postdata manuscrita en la que reconocí la letra redonda y espaciosa de Elsa: "Tenemos que hablar", y un número de teléfono.

Me resistí a llamar. Ni siquiera podía asimilar la noticia, menos aún, por lo tanto, cualquier discusión —desgraciadamente baldía— acerca de lo que sabíamos unos y otros y lo que deberíamos haber hecho. Mas fue ella quien forzó el encuentro. Quedamos una tarde en una cafetería cercana a nuestro antiguo colegio. Acudí dispuesto a defenderme, a no desfallecer en presencia de nadie, a no darles motivos para el mínimo reproche, pues aquella revista estúpida en que él trabajaba también me había enseñado que ante la más cruel injusticia, la muerte, siempre se hacía necesario encontrar rápidamente un culpable. No obstante, en cuanto me vio, Elsa se echó a llorar. Me dio las gracias, me dijo que el último día Pablo había estado hablando de mí, que tenía proyectos... Comenzamos a recordar todo lo bueno, nos reímos, espantamos el miedo y la desconfianza. Luego salimos a dar un paseo y con la voz ya reposada me dijo: "qué fue lo que pasó aquel día". Creo que mis labios, de alguna forma, traicionaron a mi voluntad; seguro como estaba de que el único perjudicado sería yo, me sentí más sereno y consolado que nunca cuando contesté: "vio algo, un niño muerto, al parecer. Ya le había pasado antes, a los diecisiete años, era una especie de fantasía, o una pesadilla, mejor. Si no os lo dije fue porque yo mismo me negaba a aceptar que estuviese enfermo. Qué podíamos haber hecho, ¿encerrarlo, sólo por eso? Tú convivías con él, sabes que no era un loco...". "No lo era", dijo Elsa, "porque yo también lo he visto". Seguimos caminando en silencio, me di cuenta de que de repente se había hecho de noche y tenía frío. "No sé si se trataba de un niño o una niña, estaba flotando en el agua, al principio pensé que podía ser un trozo de madera, o un pez, pero me fijé mejor y descubrí una cara, unos brazos..., era horrible. Pablo dormía en una de las hamacas de cubierta, y la gente que había cerca de mí, una pareja de ancianos, parecía no ver nada. Volví a mi sitio y poco a poco me fui convenciendo de que no podía ser real, esa mañana no me encontraba muy bien, y el sol pegaba muy fuerte... Al final estaba tan nerviosa que tuve que meterme en la cama, en mi habitación. Esperaba que Pablo viniese a buscarme, esperé durante un par de horas, pero fue el capitán quien vino a decirme que había desaparecido." La acompañé hasta la estación de tren, ninguno de los dos se esforzó por comprender todo aquello, era como un maleficio que nos había tocado en suerte sobrellevar. Ella, incluso, manifestó algo que expresaba fielmente su resignación: "sea lo que sea espero que se lo haya llevado a un lugar donde pueda ser feliz". Antes de irse me entregó las llaves del piso de sus suegros, planeaban ponerlo en venta —nadie se atrevía a volver allí—; y me pidió, ya que mi profesión estaba relacionada con eso, que me ocupase de ciertos trámites. Fue la última vez que la vi. Semanas después leí en el periódico, con odio y repugnancia, que la cadencia implacable de aquella maldición había culminado una etapa más llevándose a Elsa: la habían encontrado en la bañera, pálida y sosegada entre aguas rojas. Y entonces supe que en la siguiente debería estar yo, es decir, que yo también tendría que verlo en varias ocasiones. Tan sólo sería cuestión de tiempo.

Saqué una baja médica en el trabajo y me dediqué a esperar el fin de semana encerrado en casa. El sábado, por fin, pude visitar a mi hija y despedirme de ella, pasamos un buen rato juntos en el parque: contemplé sus juegos, la retahíla de palabras y canciones enhebradas que susurraba como para sí, feliz e inconsciente. Luego fui al piso, y pese a estar ya curado de espantos me estremecí al descubrir que en el comedor, detrás de la puerta, permanecían las tablas, los cartones y una caja de herramientas. Estuve toda la noche mirando los álbumes de fotos de Pablo. Debo decir que lloré en algún momento —yo nunca suelo hacerlo—, quizá de tristeza, pero también de rabia, como si golpease mentalmente contra aquel muro ininteligible y me hiciese daño. Había una fotografía en especial —muy antigua, del primer viaje de estudios— realmente encantadora: los cuatro —incluida mi actual compañera— estábamos tumbados en la hierba y alguien, probablemente el padre de uno de nosotros, nos enfocaba desde arriba. La certeza de que al menos dos no podrían repetirla me hizo anhelar con más fuerza que nunca aquella época, y me figuré que ya nada de lo que me ofreciese el futuro llegaría a consolarme.

Y entonces, un buen día, lo vi. Había intentado regresar al trabajo, dejarme acunar por los hábitos... Pero cuando atravesaba una glorieta cercana a mi casa, a última hora de la tarde, con las calles medio desiertas, sentí la necesidad de mirar en el fondo de la fuente: su rostro se transparentó como el reclamo de un recuerdo. Tuve, miedo, por supuesto, e hice ademán de salir huyendo; sin embargo, al alejarme unos metros y verlo más pequeño comenzó a inspirarme lástima. Dejé el maletín en el suelo y fui hacia él con pasos lentos. Todos estaban en lo cierto: era horrible. Había un contraste cruel entre su rigidez y el esmero con que iba vestido y arreglado, que le hacía seguir pareciendo hermoso. Tenía los ojos abiertos, se los cerré con una mano y estuve velándolo hasta que oí ruido de gente a mi espalda. Ocurrió hace dos semanas. Las mismas que llevo viviendo en el refugio de Pablo.

2 comentarios:

  1. El fantasma de Henry James se sentirá orgulloso.

    Abrazos

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  2. Gracias, Rafa, pero aunque así fuese (lo dudo) casi prefiero que no venga a decírmelo.

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