domingo, 11 de enero de 2009

"Cuando se abrió la puerta. Cuentos de la nueva mujer (1882-1914)."

Alba editorial continúa proporcionándonos las mayores satisfacciones literarias de cada año. Éste que comienza lo hace bien acompañado por una edición exquisita de relatos cuyo eje temático es la plena incorporación de la mujer como "personaje" o focalizador, según diría Henry James, a la literatura; pero es una mujer "nueva", como bien señala el título de este volumen, puesto que lejos aún de la articulación intelectual del discurso feminista, sí que empezamos a vislumbrar en la historia un cambio de actitud en los comportamientos y relaciones sociales propiciado por la modificación del modo en que la mujer se ve a sí misma -el modo como los otros la ven, aun hoy día permanece inexplicablemente idéntico al de hace siglos en muchos casos-. Esa mujer 'nueva' decide por sí sola, tiene una fuerte personalidad que no se molesta en esconder y coloca la vida intelectual en el centro de sus propósitos. En muchos de estos relatos es ella la que, con la naturalidad que le había sido arrebatada, y sin excesivos aspavientos, se muestra dueña de su destino: rechaza casamientos aconsejables, sostiene vocaciones complicadas -con su correspondiente gravamen de sacrificio personal-, y provoca con sus conversaciones agudas no pocos sobresaltos en la mentalidad aturullada del hombre de la época; claro que al mismo tiempo vemos cómo algunos de esos caballeros se suman con gusto a los cambios y encuentran fascinante la transformación: por primera vez la mujer es una verdadera compañera, que no mero complemento, admirable por muchas más facetas que su belleza y educación -que en aquella época deberíamos considerar sinónimo de "discreción"-.


El volumen tiene el valor añadido para el que escribe de incluir un relato de Henry James ('Alas Rotas'), memorable, como siempre, aunque quizá no la mejor elección representativa del tema. También es de reprochar que hubiese aparecido ya en el libro que la misma editorial publicó en 2.005 con el título "Lo más selecto". En cualquier caso aún no lo había leído, y he econtrado en él todo lo que le falta a buena parte de la literatura contemporánea: una prosa exigente, adecuada a la intencionalidad indagatoria de la narración, el juego del punto de vista, que convierte una historia nimia en un juego encantador de ocultaciones, el dibujo paulatino de sus personajes, nunca vulgares, y la necesidad de ver más allá de lo que el propio autor nos cuenta para entender cabalmente el relato. Nos obliga a ser activos como lectores, y nos hace disfrutar doblemente de la experiencia artística gracias a ello. La historia parece haber surgido de una de esas conversaciones captadas al vuelo en los numerosos actos sociales a los que acudía para satisfacer sus ansias de entomólogo literario, y que después iban creciendo en su cabeza y en su cuaderno de notas, hasta que a través del lenguaje comenzaba a tirar delicadamente del hilo -y siempre aparecía en el otro extremo mucho más de lo que había imaginado-.
En el libro aparece también un relato de Constance Fenimore Woolson, esa especie de amor imposible de la juventud de James y desgraciada protagonista de uno de los episodios más desgarradoramente emotivos de la vida del maestro, cuando ante el fallecimiento de Constance en Venecia tuvo que desplazarse allí apresuradamente para hacerse cargo de sus cosas, y enterrar en el agua buena parte de sus vestidos, que se resistían a hundirse, como nuestros recuerdos más importantes. Siempre he pensado que aquella vivencia le había inspirado una de sus obras maestras, "La bestia en la jungla" -título que a modo de homenaje he escogido para este blog, y espero no estar ensuciando demasiado su memoria-, puesto que no resulta complicado imaginarse al propio James sorprendido ante la muerte de su enamorada, y reconociendo entonces que eso -el amor que sentía por ella- era "la bestia" que toda su vida había estado esperando que saltase del interior de "la jungla", de tal modo que cuando ahora se daba cuenta ya era demasiado tarde: no había otra cosa, nada más extraordinario lo estaba esperando al otro lado de la frondosidad opaca de la selva, salvo ese amor.
Volviendo al relato de Fenimore Woolson ('La calle del Jacinto') es claramente uno de los que más se acomodan al lema de esta colección. En él descubrimos a esa mujer nueva en toda su riqueza psicológica, fiel a sus valores y firme en sus determinaciones, incapaz de perdonar no tanto por empecinamiento cuanto por respeto a sí misma; su protagonista soporta peor la condescendencia que la mentira, y actúa de acuerdo con ese credo aun a costa de penurias y soledades. En este cuento, excelentemente escrito y enigmáticamente concluido, apreciamos del mismo modo la evolución masculina ante los nuevos tiempos: del tono amable pero siempre irónico y juguetón del hombre admirado hacia la joven admiradora, pasamos a una gradual consideración de sus aptitudes personales que culmina en un insólito sacrificio para la literatura de la época: es él quien, diríamos hoy, asume la "ética del cuidado" -hacia su madre- en aras de demostrarle que puede hacerlo, y que él será para ella lo que en algún momento había soñado que ella sería para él.
Completando el universo jamesiano, encontramos asimismo un relato de Edith Warthon ("La tragedia de la musa" título que recuerda al de la novela "La musa trágica" del maestro, aunque nada tienen que ver), especialmente irónico sin que se note excesivamente que trate de serlo. En él la 'nueva mujer' se libera de su alienadora condición de 'musa' llegada ya a la mediana edad, cuando muere el artista al que tanto ella como su marido había dedicado la vida. Entonces decide experimentar, o más bien descubrir, lo que supone ser admirada por sí misma, a través de un admirador que lo era en realidad de su proyección poética en la obra del fallecido. El relato concluye con el artificio de la confesión a través de una carta, muy querido por Wharton, en el que se expone igualmente el pesar por las oportunidades perdidas. Y es que esa dicotomía vida-arte estaba muy presente en los mejores autores de la época, como los que incluye esta antología, pero no lo hacía del modo pueril y egocéntrico con que los autores contemporáneos se aproximan al asunto, a menudo en el cine. Bien al contrario -y quizá se trate de una cuestión de mera honestidad personal-, el verdadero artista sabe -y expone- que no hay nada del mito romántico en tales conflictos, sino dolorosas decisiones que, como en una manta insuficiente para el cobijo, dejan descubierto un flanco cuando se tira del otro.

Un libro excelente, en definitiva, para empezar el año literario, en el que encontramos otros autores y autoras de la máxima calidad, como Virginia Woolf, Thomas Hardy, George Gissing o Katherine Mansfield. Todos ellos nos hablan, en añadidura a la sobrada recompensa de su arte, de esas mujeres admirables que bosquejaron lo que aún hoy está lejos de alcanzarse: la adecuación de las viejas concepciones de género a la igualdad de fondo que nos caracteriza como seres humanos. Igualdad no sólo de derechos, sino de respeto. En la primera se van dado muchos pasos, y en la segunda también, pero con demasiada frecuencia hacia atrás.

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