domingo, 1 de febrero de 2009

5:45. El despertar de las palabras.

A estas horas en que las luces siguen apagadas, las aceras vacías, y el silencio agota un efímero mandato, cuando nadie me acompaña –si acaso alguna mamá en bata, unos pisos más arriba o más abajo, que debe arañar tiempo al sueño para ir preparando ropas y desayunos y poder arreglarse un poquito ella misma, tal vez los que hornean los panes que luego nos comeremos, quizá un operario de mono fosforescente combatiendo el aburrimiento y el frío con escobazos, y por supuesto ese puñado de gente que aquí cerca ha pasado la noche al raso en espera de que se abran unas oficinas dispensadoras de oscuros papeles, escena cotidiana que hemos aprendido a soportar con no poca vergüenza-, cuando la luz de la lámpara baja todavía me hiere la vista y debo envolverme en una manta para sacrificar al frío tan sólo la punta de la nariz y los dedos, me doy cuenta de que aún no se han podido despertar las palabras. Y entonces pienso qué hago aquí, y sin querer abro las puertas a los demonios de la utilidad, y la cabeza se me va al trabajo remunerado, y el cuaderno recorrido de un lado a otro por frases en letra pequeñita me parece ridículo. Pero ya me he puesto los auriculares, y he escogido una de esas músicas cuya delicadeza me invita y me conduce, y antes de que pueda seguir pensando ya he leído el último párrafo del día anterior. De repente las palabras se despiertan. Todo continúa, todo estaba allí dentro. Un buen rato después cierro el cuaderno, apago la música. Y ya es difícil que nada, en el resto del día, pueda quitarme la sonrisa.

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