jueves, 26 de febrero de 2009

'Lección de historia.' (Un divertimento.)

Llegaron del cielo. Aparecieron de entre las nubes, como luces relampagueantes, al principio, y con una inédita materialización, de textura gelatinosa y forma ovoide, posteriormente, cuando se dejaron ver con claridad y ocuparon el techo de nuestras calles.


Nadie fue testigo de su salida, pero a las pocas horas minúsculos hombrecillos vestidos de blanco, con un casco enorme en el que se transparentaba un cerebro del tamaño de una sandía, comenzaron a deambular por entre nosotros. Sin que nadie supiese cómo, entraron en las casas, sacaron una especie de arma y proyectaron un haz de luz sobre concretas paredes que previamente habían escogido. Y de repente, ante la contemplación estupefacta de los habitantes, aquellas paredes se llenaron de libros, dispuestos en sencillas estanterías que no obstante daban sensación de firmeza. Fue horrible. En apenas una semana, y sin permiso previo o aun mera consulta, todas las casas disponían de la misma biblioteca, unos mil volúmenes en los que se compendiaba toda la sabiduría de la humanidad. Estaba dividida en secciones –arte, música, literatura, historia, filosofía, ciencia, política...-, y cada una de ellas parecía juiciosamente elaborada, según un primer dictamen de los expertos.


La gente, aterrorizada, abandonó sus casas, se refugió en los estadios de futbol, hubo actos de vandalismo y robos en los comercios... Una vez que pudo restablecerse el orden, las autoridades informaron de que no existía riesgo alguno en aquellos materiales bibliográficos, que habían superado todas las pruebas de radiación y toxicidad establecidas en los protocolos de terrorismo bacteriológico. Por otro lado, tanto las naves como sus misteriosos ocupantes habían desaparecido. Los gobiernos procederían a restaurar las cosas a su primitivo estado mediante un desalojo ordenado de la ocupación libresca. Hasta entonces, se rogaba mantener la calma.


La vuelta a la normalidad supuso que comenzasen los debates en televisión. Y una perniciosa ideología empezó a instilarse por los a sí mismos llamados ‘intelectuales’: según ellos, aquello no era sino una invitación a la lectura procedente de una civilización más avanzada que la nuestra. Uno de ellos, con el cinismo habitual, llegó a decir que “ya que ahora todos tenemos en nuestras casas esta formidable selección de libros, podríamos aprovechar”. Pero pronto hubo reacciones opuestas, y desde distintos ámbitos se les llamó colaboracionistas, hubo incluso esporádicas expresiones de violencia contra alguno de ellos, y poco a poco sus opiniones fueron perdiendo peso. El Vaticano convocó a los medios de comunicación para presentar la encíclica titulada “La libertad como atributo de Dios” con el que el Santo Padre pretendía proporcionar orientación en tiempos de incertidumbre: en ella se argumentaba que aquellos extraños seres de otros mundos habían pretendido ocupar el lugar de Dios, y que la libertad del hombre, su capacidad de decidir, era el más valioso atributo de que nos había dotado el Creador; por último, manifestaba que si algún cristiano, en el ámbito de su libre voluntad, decidía comenzar a leer, debía ceñirse a los libros que mejor se acomodaban a los valores humanistas que habían cimentado la tradición occidental, para lo que incluía, a modo de anexo, una práctica lista de títulos aconsejados y desaconsejados, en aras a salvaguardar su libertad.

Pero a pesar de todo, la gente no dejaba de sentirse incómoda con las abominables estanterías, que tanto espacio ocupaban en la casa, mientras que los trabajos de las autoridades para retirarlas se demoraban. “Qué se supone que tenemos que hacer con los libros esos”, se preguntaban. Tales inquietudes, curiosamente, recibieron consuelo de la manera más sencilla, y muy alejada de teorías y vagas discusiones: una tarde, en un programa de televisión, los reporteros se acercaron a un conocido empresario de la construcción, Vicente Moreno, “Vícen”, que salía de un restaurante con el último de sus amores, una conocida modelo y actriz y presentadora. Con la campechanía habitual de Vícen, inaudita en un hombre de su posición, explicó a los periodistas lo bien que había pasado el verano, y ante la pregunta de uno de ellos, que en tono de chanza le planteó si ya había empezado a leer los libros de la estantería, el afamado empresario contestó: “mire usté, yo no tengo tiempo para leer, estoy todo el día trabajando”. Qué poco consciente fue del inmenso bien que provocó su respuesta. La gente comenzó a repetirla en las conversaciones, y con el paso del tiempo la temible biblioteca, impuesta brutalmente por los invasores, dejó de ser una preocupación cotidiana, incluso comenzaron a promocionarse otros usos para ella, como aparador o percha.


Nadie esperaba que volviesen. Pero lo hicieron, sí, una mañana el cielo se cubrió de nuevo de enormes y blanquecinas píldoras gelatinosas, que emitían luces amenazantes y llenaron, para espanto de todos, las calles de aquellos seres monstruosos. Sin embargo esta vez no entraron en las casas. Únicamente fueron vistos en los bancos. Y al día siguiente, la gente se encontró con que en sus cuentas corrientes había sido ingresada una espantosa cantidad de ocho cifras. Los ‘intelectuales’ aprovecharon para salir de nuevo a la prensa y dar su sibilina opinión: “está claro que nos han hecho a todos millonarios con el fin de que podamos tener tiempo para leer”, decían. La firme reacción social contra tales manipulaciones llegó tarde: de alguna manera había calado en la gente, pese a que respetados expertos alertaron sobre las distorsiones que aquella inesperada liquidez provocaría en la economía, así como que se corría el riesgo de desabastecer a las empresas de mano de obra.



Nadie sabía muy bien qué hacer, aunque de manera espontánea comenzó a utilizarse el dinero. Durante un buen tiempo, y aun de manera engañosa, la gente fue feliz: se compraron coches y apartamentos en conocidos resorts de la costa, se hicieron la cirugía estética, se tatuaron los brazos y comenzaron a vestir ropa de las mejores marcas, adquirieron teléfonos y consolas de última generación, visitaron spas, y fomentaron las amistades precisamente en los mencionados resorts, mediante la celebración de fiestas con DJ’s residentes y paellas dominicales.


Pero algo no marchaba bien. Cada vez que las cuentas bancarias se quedaban a cero, los invasores volvían a aparecer e ingresaban un montante similar, lo que de nuevo era utilizado por las voces supuestamente ‘intelectuales’, ya en la clandestinidad, para reiterar su llamamiento a la espuria lectura, a la coacción de nuestra innegociable libertad. La gente vivía, en el fondo, azorada. Seguían preguntándose qué hacer con la estantería, que parecía estar allí, como juzgándolos. Lo cierto era que ahora tenían tiempo libre, y la situación se tornaba cada vez más incómoda.


Y entonces ocurrió. Siempre, a lo largo de la historia, en esas transcendentales encrucijadas en que a veces se encuentran los pueblos, aparece la figura de un líder que, de manera más o menos voluntaria, se erige en la voz de todos. Había pasado, a un menor nivel, con la certera opinión de Vícen, y entonces se repitió, pero a mucha mayor escala. Sucedió de la manera más imprevista, y de nuevo con la prensa como detonante. Era la final de la Copa de Europa de fútbol, el acontecimiento deportivo que contaba con mayor número de espectadores en todo el año. El futbolista más famoso de nuestro país, el ídolo de toda la juventud y de un noventa y tres por ciento de los hombres de entre treinta y setenta y cinco años (según la última encuesta oficial, correspondiendo el siete por ciento restante al entrañable Vícen), Alfonso Cenceño, alias ‘El matador del área’ era entrevistado una vez que había acabado el partido con triunfo de su equipo y derrota de los extranjeros, lo que supuso un estallido de euforia en toda la nación. Fue al final de la charla, en una pregunta que inesperadamente se apartó de lo futbolístico y que pretendía ser, de nuevo, una broma. “Bueno, con tanta celebración como te espera no tendrás tiempo para leer los libritos de la estantería, ¿no?”, dijo el periodista. Y entonces aquel hombre sencillo pero cabal, Alfonso Cenceño, respondió. Y lo hizo con una frase que ha pasado a la historia, una semilla en la que se encuentra el origen de todo lo que somos, un pensamiento que se ha transmitido de generación en generación, y que recordamos en cada aniversario de la aborrecible invasión como el inicio de la reconquista de nuestro ser:


Yo no leo porque no me sale de la punta la polla”.


Todos lo comprendimos. Era un llamamiento contra la resignación, una invitación a decidir por voluntad propia, a ser directores y responsables de nuestra vida. Le gente pronto comenzó a repetirla, se imprimió en camisetas, se coreó en manifestaciones, se le puso melodía, y hasta se convirtió en tono de móvil. Pero más que un mero lema, era una idea que encendió la rebelión.


Y en una de las visitas de los invasores para ingresar sus repulsivas cantidades en las cuentas, y pretender imponer de nuevo la costumbre de leer, la gente se enfrentó a ellos. Hubo disturbios en todas las ciudades, se repelió su ataque con furia bajo el grito “¡libertad, libertad, fuera la esclavitud!”, hubo linchamientos en las plazas, que después circularon en grabaciones por internet para orgullo de los libertadores, y las estanterías malditas se arrancaron de las paredes y los libros se enterraron en hondas fosas comunes. Los opresores desaparecieron. De las naves o de su origen nunca más se supo.

Y así fue, hijos míos, como construimos este mundo libre

1 comentario:

  1. Por dios, ¡¡¡qué bueno es!!! Me has hecho reir y pasar un rato genial, gracias!

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