jueves, 12 de febrero de 2009

'La flecha y el estigma (aventuras del hombre-paloma)." Relato.

Había empezado mordisqueándose los dedos, y tras haberlos enrojecido, tatuado de hileras de dientes y humedecido de saliva buscaba otras zonas más amplias y blandas en la geografía pálida de su mano derecha; esto podía resultar peligroso si en ese preciso momento los nervios lo azuzaban con más intensidad, en alguna ocasión había vuelto a casa lleno de moraduras y minúsculos puntos de sangre, pero era como si los despojos del miedo -una monstruosidad viva que lo iba corroyendo por dentro-, fluyesen a través de su cuerpo, desembocasen en los dientes y fuesen expulsados al morder, al igual que hacían las serpientes con su veneno; tal vez ésa fuera la causa de que al final se provocase heridas tan feas que debía mantenerlas ocultas estirando más de lo razonable las mangas del jersey, doler, en realidad, no dolía, además tampoco duraba mucho ni era demasiado frecuente, pues de lo contrario acabaría por resultar el remedio peor que la enfermedad, y de tanto concentrarse en la dentellada se olvidaría de repasar.
Cinco minutos, había dicho el maestro.
Cuatro páginas, de la veinticuatro a la veintiocho, apenas un vistazo y la repetición mental, apresurada, de las enumeraciones y las palabras extrañas, las plumas son de cuatro clases: remeras, en las alas, timoneras, en la cola, cuberteras, no, coberteras, que cubren... cu-ber, cu-bren... Bajó la vista y miró la respuesta en el libro de texto, lo que conllevaba la odiosa aceptación de una deficiencia y del fracaso. Más miedo. Y el plumón, para protegerse del frío. Hacía frío aquella tarde, aunque el aula estaba caliente, siempre lo estaba, y se hacía palpable en la opacidad vagarosa que poco a poco cubría las ventanas. Había un reloj encima de la pizarra cuyo segundero, a base de cortos y rotundos golpes como latigazos, señalaba la progresiva reducción de su tiempo. Los ojos de Miqui vagaban de él al libro, del libro a la mano maltratada y de ésta a la mesa del maestro que, amenazador, escogía en silencio nombres de la lista subiendo y bajando con el lápiz. A menudo se detenía en uno a reflexionar, se acariciaba la barbilla, levantaba la cabeza y lo buscaba, quizá para ver si de su aspecto podía deducirse algo que hiciese innecesaria la prueba. Entonces Miqui fruncía el ceño, vocalizaba, volcaba todos sus sentidos en la morfología del ave, recordaba determinados datos recontándolos con los dedos, que tamborileaban sobre los muslos por debajo de la mesa... Quería decirle: "no me saque ahí, por favor, he estudiado, no me haga salir ahí", pero su cuerpo de nueve años derivaba hacia la representación gestual de aquel mensaje, y cuando el profesor volvía a abismar la vista en la carpeta pensaba que probablemente habría mirado a otro y el peligro, a pesar de todo, seguía presente. Partes de la pluma remera: cañón, raquis, barbas y barbillas. Repetirlas de un tirón, sin fallos, lo agitaba en el asiento como si se tratase de una descarga eléctrica; sus pies, bajo el pupitre, enloquecían dando frenéticos botes, sentía cómo el sudor se le desparramaba por el rostro y a lo largo del costado, las orejas abrasadas... y de repente, la ráfaga de disparos: la brusquedad de una palabra con voz de adulto prorrumpió en los murmullos y los apagó durante varios segundos: había dicho no uno, sino dos nombres de dos niños que ya se levantaban y eran agradecidos por los demás con un largo suspiro de confortamiento. Llegaba entonces una calma engañosa, minutos en los que el cuerpo se relajaba y ni siquiera provocaba interés la prueba en marcha, ya que el éxito o el fracaso eran igualmente impredecibles y aleatorios -estaba seguro de ello-, pues no dependían verdaderamente de la persona, sino de la fortuna, del destino, del inoportuno y acuciante carraspeo del examinador, de los nervios del examinando, tantas cosas, en fin, que diluían el sofisma de que el que estudiaba, aprobaba. Miqui sabía que a pesar de conocer la frágil anatomía de las palomas mejor que la suya propia se quedaría totalmente bloqueado por el terror, y la mera posibilidad de ser el siguiente se convertía en una suerte de maldición capaz de borrar de su mente cuantos datos hubiera memorizado. Aquellos minutos se consumían entre las rápidas ojeadas al libro, el disfrute efímero de esa paz y la comprobación de que la aguja del minutero era muchísimo más lenta que la del segundero. El primer niño elegido había enmudecido tras la pregunta, se sonrojaba y con gesto muy serio miraba al vacío, daba la impresión de estar a punto de repescar la palabra matriz que generase toda su sapiencia camuflada, aunque probablemente no sabría qué decir o qué hacer y suplicaría en sus adentros que el profesor pusiese fin al ritual y le ordenase volver a su asiento. Así lo hizo, después de negar con la cabeza en un mohín de resignación que dictó al lápiz rojo la escritura de una flechita invertida en la casilla adecuada. Nadie posó la vista en el desahuciado, puesto que continuaban obsesivamente atentos al que permanecía de pie, apoyado en el encerado, esperando con una actitud en apariencia tranquila; había empero un signo delator, semejante al pedaleo y los mordiscos de Miqui, en cada uno de ellos, y el de éste eran sus párpados, que se abrían y cerraban a toda velocidad.
"Clases de plumas", dijo el maestro.
Lo cual descartaba el repaso de aquella cuestión para los demás si era contestada correctamente. "Remeras", empezó el muchacho. Veintiséis cabezas se levantaron al unísono. Parecía haberlo pronunciado con seguridad, tal vez lo supiese y el inesperado examen oral terminase en ese momento, los ojos del juzgador se perdían en la superficie empañada de las ventanas. Lo más horrible, pensaba Miqui, era que lo hacía así, como si nada, del mismo modo que él en el autobús, al volver a casa, miraba los paisajes que iban pasando; pero no era lo mismo, evidentemente no lo era; le habría parecido más normal que aquel hombre se mostrase enfurecido, cruel o simplemente causase espanto, igual que en las películas cuando uno podía ver acercarse al malo empuñando un arma mientras el bueno estaba de espaldas, o desconocía la identidad de su atacante, y sonaba una música turbadora; mas no había ningún gesto especial en su cara, ni una sonrisa ni una palabra. Tan sólo esperaba. Y el otro ya comenzaba a dudar en el segundo tipo de pluma, a adoptar la máscara de la mudez y acariciarse los labios con la yema de los dedos. Entretanto Miqui sucumbió a una nueva laxitud, producto esta vez de la fatiga, el miedo se disipó durante unos instantes irreales en los que ya nada importaba, ni la suerte del compañero que era examinado ni la incógnita de si habría un siguiente. La esquina superior derecha del libro mostraba varios dibujos del ave señalados por flechas que indicaban la absurda nomenclatura de su cuerpo. En verdad todo era mucho más sencillo, él lo sabía; no en vano pasaba algunas tardes en las carboneras jugando con las palomas, a veces Elena lo acompañaba y se quedaba maravillada ante la extraña forma en que se le acercaban llegando incluso a rodearlo para comer las migas que guardaba en una servilleta y escondía en el bolsillo a la salida del comedor del colegio; y ciertamente parecía como si al verlo de soslayo con sus veloces ojos asindáctilos lo reconociesen, luego picoteaban la comida de su mano, se le subían a los hombros y a los pies cuando estaba sentado y hasta se dejaban coger. Días antes, con motivo precisamente de los temas de estudio, había acudido con la intención de examinarlas, pero sin hacerles daño, claro, él nunca podría hacérselo, y no comprendía a los chicos que para divertirse -¡divertirse!- las apedreaban o fusilaban con una escopeta de perdigones; a fin de cuentas no causaban ningún mal, todo lo contrario: eran realmente bonitas y muy simpáticas, aquella manera de caminar moviendo la cabeza adelante y atrás como si se tratase de juguetes de cuerda, aquel encantador revoloteo que provocaban cuando por algún motivo incomprensible para las personas, quizá respondiendo a una orden de la jefa, se largaban todas al mismo tiempo... Había ido, pues, con el propósito de tratarlas respetuosamente, escogió una al azar y la rodeó con sus dedos largos mientras las demás comían ajenas al experimento. La paloma se asustó e hizo ademán de escapar deslizando sus alas por encima de las delicadas tenazas que la apresaban, pero Miqui sabía que si las mantenía inmóviles, sin soltar ni apretar durante un rato, lograría apaciguarla. Y así fue, en seguida bajó el ritmo de sus palpitaciones, detuvo el aleteo e incluso su cabecita retráctil adoptó un aire confiado que él aprovechó para liberar la presión de una mano y acariciarla. Al cabo de unos segundos había conseguido la comunicación. Entonces pudo proceder al análisis con toda confianza: la acercó a su rostro, separó cuidadosamente los apéndices y examinó la diversidad de las plumas y la peculiar sustancia que las recubría haciéndolas invulnerables al agua. Pero lo sorprendente era que en aquel instante, de forma casi inconsciente, había recitado de memoria el nombre de las partes que estaba mirando, y sin embargo ahora no las recordaba. La pregunta le obligó a recobrar bruscamente el sentido de la realidad, lo cual trajo consigo el inevitable dolor de estómago, la sensación de que algo se inflamaba allí dentro y estaba a punto de explotar. Alrededor de él volvió a condensarse el silencio, que apenas dejaba resquicios para algunos murmullos procedentes del aula del piso de arriba y misteriosos sonidos emitidos por el radiador; también se oía el segundero, pero no la voz del examinando que seguía atascado en las remeras.
"Puede sentarse", dijo de repente el profesor.
El eco de sus palabras se tradujo en miradas y susurros de pánico que probablemente expresaban un mismo deseo: el de que la prueba llegase a su fin y el inalterable hombre de la tarima y de la sotana se levantase y comenzase a explicar la siguiente lección como si tal cosa. Mas aún estaba inclinado sobre la lista, la bien conocida lista dividida en diminutas casillas de color naranja donde se apuntaban las sucesivas calificaciones y una más grande, a su lado, para hallar la media y definitiva; estaba inclinado y de nuevo, comprobó Miqui muerto de espanto, recorriendo los nombres con la punta del lápiz, sin tocarlos. Entonces se dio cuenta de que había caído en un exceso de seguridad, se había dedicado a pensar en otras cosas creyendo que el gran tiburón blanco tenía suficiente por aquella tarde. Volvió a concentrarse en el texto, volvió a llevarse la balsámica mano a la boca y en ese mismo momento oyó, todos oyeron, su nombre en la versión solemne y compuesta:
"Miguel Angel".
Fue como si él, el verdadero, se marchase y dejase su cuerpo, vacío y helado, a merced de otro del que en realidad no era responsable; imaginó que salía de sí mismo y se veía desde muy alto, más alto que el techo, caminar en dirección al encerado con torpes movimientos. Luego se detuvo, se dio la vuelta y quedó enfrentado a las veintiséis cabezas que, ahora sí, ya se sosegaban, de hecho podía verlas a todas, sin que nadie se agachase o buscase el abrigo de una espalda. El examinador pasó una página del libro, lo que le hizo pensar que debía de hallarse entre la veintisiete y la veintiocho, y que si se decidía por esta última la pregunta recaería en el apartado que peor llevaba preparado, lo del faisán, el cormorán..., pero no podía desazonarse porque el pedazo de carne débil que era ahora se encontraba desprovisto de cenestesia, incluso pensaba en otra cosa y tarareaba mentalmente la canción de Spiderman. Así, el Miqui que observaba a varios metros del suelo se encogió de nervios cuando escuchó la primera cuestión:
"¿qué quiere decir que las palomas son nidófilas",
mientras que el otro empezó a contestar con voz muy baja, aunque sin titubear, "que los pichones nacen ciegos, pelados y sin fuerza para abandonar el nido...". Idéntica reacción se produjo ante la segunda, añadida sin dejar tiempo intermedio:
"¿y granívoras?";
y la tercera:
"¿por qué decimos que son ovíparas?".
Entonces, tras la sucesión de respuestas correctas, el Miqui volandero empezó a descender lentamente y a devolver al cuerpo los sentidos; éste se vio afectado por un calor extraño, recuperó el tic-tac que sonaba sobre su cabeza, las toses esparcidas por el aula y los pataleos en el piso de arriba. Tenía los brazos cruzados y la vista puesta en el tablón de corcho de la pared del fondo. Creía dominar la situación, pero recordó que siempre había un peligro detrás de aquellos silencios, y así descubrió por el rabillo del ojo que el profesor indagaba en la página veintisiete, y aún más, la pasaba enérgicamente en busca de la veintiocho. Spiderman, el hombre araña.
"Hábleme del faisán y del cormorán", enunció.
Spiderman, que teje la red. La situación tomaba rasgos de irrealidad -llevaba examinando casi un cuarto de hora-, quizá se trataba de un plan, algo premeditado que por desgracia lo había escogido a él como objetivo último. De nuevo, pero con mayor furia, sintió que se dividía en dos personas; una no aceptaba o no resistía la prueba y se escapaba, Spiderman, no temes a nadie, la segunda balbuceaba determinadas características del faisán. "Eres el rey de las palomas", decía siempre su amiga Elena, "el hombre-paloma"... A él le encantaban esas cosas, soñaba constantemente con que un día le ocurriese uno de aquellos sucesos, por ejemplo el picotazo de una paloma afectada por la radiación tras un accidente nuclear, que convertían a las personas normales en maravillosos héroes que salvaban al mundo y se ganaban la admiración de gente como Elena; de hecho, pensar en ella, en la posibilidad de verla y pasar buenos ratos después de la clase, suponía un destello de luz en el precipicio al que había sido arrojado por la última pregunta. Spiderman, proteges el bien. Ni siquiera se atrevía a mirar desde la altura. El niño vencido del encerado pasó al cormorán, pero tampoco fue capaz de contestar satisfactoriamente. Solía ocurrir, pensó, el mecanismo obraba de tal forma que cuando se le oponía cierta resistencia, unas cuantas respuestas acertadas, la demostración de que algo al menos se había estudiado, en vez de conformarse buscaba un resquicio por donde poder asestar su aguijada. El maestro intentó ayudar concretando más las cuestiones e introdujo otras aledañas que sólo sirvieron para ensanchar la herida. Finalmente lo desechó diciendo:
"bueno, puede sentarse".
Los dos Miquis se reunieron en el pupitre, ambos exhaustos, y realizaron mecánicamente lo que de ellos se esperaba en esa tesitura: la nerviosa comprobación en el texto de los datos omitidos, el consiguiente cálculo mental del valor de la contestación dada y la elaboración de un pronóstico: flecha hacia abajo, siendo pesimista; R de regular, oscilando entre lo real y lo deseable; flecha hacia arriba, ni en sueños, acaso en las horas de delirio pero sólo para paliar el dolor de estómago. En cualquier caso, después de aquello, los siguientes días iban a convertirse en un infierno portátil: invisible para los otros, siempre a su lado. Curiosamente recibió la felicitación de varios compañeros cercanos, lo cual no lo impresionó en absoluto, pues sabía que los baremos que medían sus estudios y, en general, su vida, eran bien distintos a los de los demás. El maestro inició la exposición de la lección siguiente con la misma actitud insensible, como si no hubiese pasado nada. La clase volvió a ser tomada por los ruidos: palabras, libros que se abrían y se cerraban, lápices y bolígrafos que cambiaban de lugar estrepitosamente...
"Silencio", ordenó el docente.
Entonces Miqui reparó en las manchas, lo que le causó el mismo sobresalto que cuando una tarde, camino de casa y de forma totalmente sorpresiva, su mirada errática descubrió el cadáver, aún humeante por la violencia de la muerte, de un pequeño gato en el borde de la acera. Idéntica percepción del dolor puramente físico, tan diferente del que había experimentado minutos antes en el encerado, lo martirizó: las páginas del texto que acababa de comprobar estaban empapadas de una sustancia oscura parecida a la tinta de un bolígrafo descargado, pero mucho más fluxible. Alzó un brazo y señaló hacia fuera, tal como le habían indicado en caso de necesidad física para pedir permiso sin interrumpir la explicación, el cual le fue concedido con un pestañeo.
Anduvo despacio hasta la puerta, y una vez franqueada echó a correr y se introdujo en el lavabo con un temor inédito que barboteó en voz alta: "me estoy desangrando". Aun así, consciente de lo que ocurría, tardó varios segundos en retirar la manga del jersey a modo de venda y sacar a la luz el desagradable estigma de aquella tarde: una amplia zona de carne magullada bordeada de irregulares y superpuestas hileras de huellas dentales. El profesor debió de ir a buscarlo minutos después alarmado por su tardanza, pues fue él quien lo liberó de la inconsciencia con un poco de agua y unas palmadas. Al ser levantado Miqui reaccionó rápidamente y logró inventar una explicación inteligible para el desvanecimiento, extraída de las mismas conclusiones que su rescatador aventuró: apenas había probado bocado. El otro no reparó en su mano, ni parecía lo suficientemente alarmado para avisar a mamá o a papá. De esta forma todo quedó en un susto, en un secreto oculto bajo las mangas, en un zumo de naranja, unas galletas y una perorata de la señora de la cocina acerca de la importancia de una alimentación adecuada que escuchó con agrado, aunque más que nada prestase atención a la agradable música de su voz, favorecida por la lejanía del aula, donde aún debía de haber un aroma de examen reciente similar al de la tierra calcinada.
Sin embargo, al volver a casa, retornó la inquietud por las posibles consecuencias de las lagunas en lo que al faisán y al cormorán se refería haciendo que sus entrañas, una vez más, se retorciesen. Había en la habitación una bandeja con la merienda que no llegó a tocar. A medida que transcurría el tiempo la R de regular se iba disipando y dejaba vía libre a la abrumadora certeza del fracaso. En esas circunstancias se veía atrapado por una maraña de pensamientos lógicos y nada de lo que ocurría alrededor podía apartarlo de ellos, ni siquiera el beso de mamá cuando estaba acostado, horas más tarde, con los ojos cerrados y la mente puesta en lo que se había convertido su vida inmediata: una progresión interminable de escaramuzas destinadas a cambiar el sentido de una flecha en una hoja de calificación que apuntaba hacia abajo e, indirectamente, a lo más delicado de su alma.

2 comentarios:

  1. Tiene la capacidad de transmitir sensaciones muy reales y con un elevado potencial visual desde una ambientación casi onírica. Hay un cortometraje de J.A. Bayona (sí, el de 'El orfanato') con el que se podría relacionar, 'El hombre esponja'. ¿Qué tendrán los superhéroes, aparte de superpoderes?

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  2. Gracias, Rafa, no he visto 'El hombre esponja', pero trataré de buscarlo. Los superhéroes tienen el poder de hacernos creer que no sólo la magia es posible, sino que a través de ella también lo son conceptos casi irrealizables con nuestros únicos medios: la justicia, el bien, la paz. Cuando era niño, como el del relato, pensaba que algún día me sucedería algo fuera de lo común que me convertiría en uno de ellos. No ha sido así, pero al menos mi profesión me permite ser supervillano.

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