domingo, 1 de febrero de 2009

Libro de fantasmas. Lo que está muy dentro y nos interpela.


Para el lector, o sobre todo el espectador moderno, las historias fantasmales son cosa de los últimos años, y un tanto ya cansina. Por eso es oportuna la edición de libros como éste, un volumen excelentemente cuidado que nos recuerda la larga tradición de la que proceden. Comienza con un prólogo inteligente y divertido, seguramente sin pretenderlo, pues el autor-compilador de estos relatos trata de acercarse a la leyenda y queda envuelto en ella y convertido en inquietante niebla; porque cómo definir una figura que, ciertamente, no es sino la misma indefinición. Pese a ello resulta plausible la que realizó Ambrose Bierce, uno de los mejores artesanos de la materia: "signos exteriores y visibles de un miedo interno". Lo que nos conduce a la añoranza por aquellos tiempos (finales del siglo diecinueve y principios del veinte) en que se trataba esa figura de un modo muy distinto al presente. Los grandes cultores del género, o los que se acercaban a él desde sus bien asentados propósitos literarios, los utilizaban como medio para someter a sus personajes a una particular tensión narrativa, de este modo el susto perdía relevancia frente al enigma, la pregunta no respondida que se suscitaba a un tiempo en el personaje y en el lector. Qué hace eso ahí, qué quiere decirme y por qué a mí. El fantasma, pues, no precisaba de gestos ampulosos, ni de frases cavernosas, le bastaba mostrarse de manera más o menos confusa pero siempre serena. Y a partir de ahí era a su testigo, y por ende, al narrador, a quienes correspondía interrogarse, proceso que normalmente concluía con un íntimo descubrimiento del que quizá sólo el lector se apercibía. Es claro que los aparecidos de "Otra vuelta de tuerca", por ejemplo, no nos hablan sobre ellos mismos, sino sobre la institutriz que los contempla: sus frustraciones, sus deseos -tal vez demasiado oscuros para adquirir consciencia-, su necesidad de ser protectora y, en un mayor estadio, protegida... A elegir. Porque ésa es otra de las características del fantasma clásico, su perfil elegante y críptico traspasa la ficción para invadir al lector con un dulce desasosiego: el de quien ha entendido lo suficiente, pero no todo. De ahí que prefiramos aquellos relatos en los que eso se presenta como un reto a la inteligencia en vez de al sentimiento, de ahí que nos guste más Henry James que M. R. James, autor el primero de novelas fundamentales que nada tienen que ver con el tema fantástico, pero ocasional visitador del mismo, mientras que el segundo se especializó en presencias escalofriantes de gran eficacia pero escaso relieve.

El "Libro de fantasmas", en todo caso, recorre la tradición con una amplia perspectiva, y junto a fascinantes leyendas orientales -que no desdeñan la explicitud y la violencia- encontramos notables historias de espectros a cargo de muy distintos autores en los que quizá se echan de menos aquellos a que hemos hecho referencia, los que como diletantes extraordinariamente pertrechados de estilo y mundo propios incurrían en la práctica del género sin renunciar a ninguno de ambos, tal vez con los mejores resultados. Aun así merece la pena su lectura, y es admirable el modo en que se ha ordenado el texto en capítulos nombrados con lemas tan inquietantes como "lo que no descansa", "lo que suplica y quema", "lo que advierte", etc. También se incluyen un par de ensayos, a cargo del compilador y de Schopenhauer, que en coherencia con la materia nos dejan con más dudas que certezas. Y por encima de todo destaca la composición del libro, repleto de ilustraciones de artistas como Bacon o Gauguin o fotogramas de películas de Tarkovski o Hitchcock inmejorablemente imbricadas en el texto (la portada, un fuerte aperitivo, pertenece a una secuencia de la película Solaris). Uno de esos volúmenes, en fin, que da gusto tener entre las manos, como una caja de música o un paquete de regalo pidiendo ser abiertos.



Y cómo concluir este comentario sin una buena historia, en especial cuando su protagonista y relatora es tan de fiar como Nuria. Veréis, hace años, cuando iniciaba su carrera profesional, trabajó en un despacho en el que debía ocuparse de la asesoría laboral de un modo especialmente intenso, y entiéndase el adjetivo como un eufemismo para suavizar la referencia a esa explotación que con tanto desparpajo practica el empresariado español por el bien de la economía nacional. Siendo además una persona responsable, y con la presión habitual de los comienzos, no eran extrañas las tardes en que se quedaba sola y alargaba la jornada hasta la noche. En ocasiones, cuando el cansancio era ya demasiado, dormía brevemente en un sillón y luego, más o menos despejada, continuaba la faena. Algunas generaciones hemos recibido esa educación estúpida que camufla bajo el término “responsabilidad” nuestra configuración como piezas idóneas de un sistema que convierte al trabajador en mera herramienta –que en calidad de tal se puede llevar al límite de su rendimiento-, y se tardan muchos años y se precisa mucha angustia para darte cuenta de que algo no funciona, y finalmente de que todo era mentira: los únicos imperativos morales a que debemos someternos son el de ser felices y el de no hacer daño a nada ni nadie. El de “ser responsables” era un truco de la patronal. Pero volviendo a esas noches, en una de ellas comenzó a ver algo extraño: imaginemos una oficina amplia, con numerosos puestos de trabajo vacíos salvo, de repente, uno de ellos, al fondo, en el que un hombre de unos sesenta años, con gafas, el pelo cano y un jersey de un color rojizo parecía estar concentrado en su trabajo con la mirada inclinada hacia la mesa. Claro que la imagen sólo duraba unos segundos, y he destacado la palabra ver porque, según el testimonio de Nuria, tampoco podía calificarse así exactamente el modo en que lo percibía: se hallaba a medio camino entre la imaginación y la efectiva impresión visual. No se trataba de algo que se pudiese tocar y tampoco, empero, de un sueño, puesto que ocurría ya despierta y se repitió en más de una ocasión, siempre con las mismas características fisionómicas, que pertenecían en todo caso a alguien que no conocía. Aquello nunca se expresaba verbal o gestualmente, tan sólo estaba allí y ni siquiera llegaba a inquietarla, bien al contrario sentía que de alguna manera se presentaba para hacerle compañía.
No fue hasta semanas después cuando el asunto encontró una suerte de explicación, y fue porque sus compañeras de trabajo con más experiencia miraban, bromeando, unas viejas fotos en las que, sorpresiva e inequívocamente, reconoció al hombre que trabajaba junto a ella en aquellas noches solitarias de desvelo. Al preguntar por él le comentaron que era el fundador de la oficina, fallecido años atrás, y al que recordaban siempre ocupando una concreta mesa –la previsible- con su viejo jersey y su gesto reconcentrado. Pero nunca antes le habían hablado de aquella persona, ni ella la había visto en otras imágenes que las que habían acudido a su encuentro en una bruma de irrealidad.



Cómo interpretar su silencio, o su presencia dudosa. Pero si no hay certezas, podemos asirnos quizá a las suposiciones: lo cierto es que Nuria acabó tomando la decisión de dejar aquel trabajo, y a partir de entonces ha llevado una trayectoria laboral –ardua como lo es para cualquiera que adopte tales principios- en que son sus guías la libertad, el respeto, la independencia y ese par de imperativos morales a que hemos hecho referencia. Ignoramos si tal era la intención del visitante, pero de ser así sólo cabe pedirle que continúe paseando sus enigmas por todos aquellos lugares en que una persona joven se vea enredada en la trampa de la maliciosamente denominada responsabilidad.

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