domingo, 1 de febrero de 2009

'Siete mesas de billar francés', o el sopor administrado de dos segundos en dos segundos.


Uno tiene la impresión de haber visto esta película ya muchas veces en el cine español, de la que no puede considerarse representativa pero sí desgraciadamente común. Hay una obscena falta de respeto en la forma con que algunos artistas deciden acercarse al barrio. Lo primero que se nota es que ni de lejos han pisado uno, porque no de otro modo pueden entender muchas cosas. En primer lugar, la mitologización absurda de personajes que distan mucho de resultar lejanamente interesantes, y bien que los hay en esos núcleos de la ciudad marginados de las oportunidades. Aquí se trata de un puñado de barrigones de bar que tiempo atrás habían formado un equipo de billar, cuya resurrección se les solicita en aras de una historia de supervivencia tan frívola como maniquea. El caso es que la petición le da pie a la directora para hacerles desplegar un desfile estomagante de gestos enigmáticos, miraditas profundas y perfiles duros que por un momento te hacen pensar en una película de fantasías medievales, o quizá de espías o de superhéroes, en la que un grupo de nobles caballeros que esconden en su memoria muchos secretos, grandes gestas e innobles escabechinas, deben reunirse por vez última para salvar al mundo del mayor de sus peligros. Pero lo peor de todo son los diálogos, algo que te suele provocar verdadera desesperación y un efecto poderoso de distancia con lo que se está contando que te impide no ya disfrutarlo, sino incluso implicarte mínimamente en ello. Este cine se pretende realista, tanto el entorno social como los personajes y las circunstancias vitales que configuran la trama resultan plenamente reconocibles, pero no así sus palabras: hablan con un misticismo asfixiante, cual si estuvieran obligados a soltar una sentencia en cada frase y les hubiesen anulado la espontaneidad de por vida, ya estén enfadados o con ganas de juerga; de hecho cualquiera de ambas circunstancias concluye del mismo modo: mediante una frase lapidaria pronunciada por uno de ellos, que ocasiona de inmediato la interrupción de la risa o las lágrimas del otro, y después quizá un mutis o un abrazo. En realidad todo responde a que su creador los considera como marionetas o meros elementos de atrezzo, atrezzo hablado, para componer una escenita; en un momento particularmente sonrojante uno de los personajes femeninos descuelga de la pared las fotos del padre de su hijastra para azotarlas contra el suelo e inducirle una especie de catarsis, pues bien, la segunda se opone con aparente firmeza en la voz pero con un gesto ridículo de los brazos, que simplemente se dirigen a los de la otra para presentar resistencia (¿?), y así una y otra vez, hasta que el fin deseado por la directora, la catarsis, tiene lugar y venga, pasemos a la siguiente secuencia; por no hablar del instante en que ambas acuden a cenar a un restaurante chino y desean que un tercer juego de cubertería, el del padre fallecido, permanezca en la mesa, aun sin ser utilizado: esta escena es, suponemos, el golpe de humor de la película, y golpe es, pero al sentido común, por la sorprendente inverosimilitud de los diálogos, el histrionismo de las protagonistas y el modo en que se burlan con no poco racismo del oriental que supuestamente no las entiende. Otro ejemplo: una chica acude a un banco del parque a reunirse con su marido después de haberse largado de casa tras descubrir que él, de profesión policía, había estado prevaricando con el fin, nada menos, de mantener otra familia paralela y secreta –hijo incluido- que había ido formando desde el mismo inicio de su relación. En fin, suponemos que en una historia que se pretende realista –insisto en que ésa es la clave- uno supondría que tal encuentro habría de transcurrir de forma harto tensa, con reproches en tono violento, gritos o insultos, gestos de dolor, etc. Pero no, estos artistas de la poetización de la vida, hacen que ella se acerque muy lentamente, que se siente en el banco, que ambos miren al horizonte un momentito, en silencio, hasta que el madero putero y ladrón suelta: “te oí acercarte… pero temí darme la vuelta”. Que viva el arte español. Al rato de empezar la película me dio por seguir una especie de juego consistente en contar los segundos que tardan inevitablemente los personajes en responder cuando otro les habla, y puedo asegurarles que son dos. Nunca se interrumpen, o transparentan en el decurso del diálogo las emociones que ese momento estén experimentando: sean éstas cuales sean, esperan educadamente dos segundos antes de contestar. Imaginemos algo así: “Tu padre no era como tú crees” (uno, dos) “qué quieres decir con eso” (uno, dos) “¿es que no sabes que tenía una amante?” (uno, dos) “estás mintiendo” (uno, dos) “sabes que no es así, mírame a la cara y dime que no lo sabes” (uno, dos) “estás loca, eres una enferma”, etc. Hagan la prueba en este tipo de películas. Tal vez sea preciso ese tono artificioso y monocorde para rellenar las conversaciones de profundos aforismos. El mismo rigor narrativo que aplican a la creación de personajes puede advertirse en su contexto vital: en una secuencia determinada los billares están llenos de deudas y las protagonistas no tienen un euro para sobrevivir a las reformas necesarias, en la siguiente ya hay unos tipos trabajando, y en unas cuantas más, el negocio está lleno de gente y de los problemas económicos ya nunca más se sabe. Es que esos temas son demasiado molestos y vulgares para nuestros artistas, claro está, así que se mencionan, pero no se tratan.
En fin, nadie espera realismo en una novela de Javier Marías, pese a que igualmente discurran en lugares que podemos localizar en el mapa y con personas de carne y hueso. Pero sí en estas historias de vago compromiso social -o más bien de safari antropológico por el barrio- sin otro propósito estético o intelectual que el de mecer, ya no agitar, conciencias consumidoras de películas “con mensaje”. Tal vez algún día aprendan del gran cine documental. O del gran cine, sin más.

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