domingo, 8 de febrero de 2009

"El regreso del soldado", de Rebecca West, o las virtudes de lo jamesiano.


Afirma Jose María Guelbenzu en su crítica de esta notable novela que "haría empalidecer de envidia a Henry James", y sólo eso bastó, cómo no, para que me lanzase a leerla con el mayor interés; tal vez resulte demasiado audaz pretender aventurar la opinión del maestro, claro que si alguien se lo puede permitir es Guelbenzu, excelente autor (incluido su heterónimo J.M. Guelbenzu) y crítico fiable, así que yo me limitaré a destacar el aire inequívocamente jamesiano de esta obra de Rebecca West, que reune las mejores virtudes de la indagación psicológica filtrada por el punto de vista de un narrador discutible, así como de una prosa exigente y detallista, especialmente -y eso la diferencia de H.J.- en lo que atañe a la naturaleza. La historia es una de esas anécdotas que nos resultan familiares por su carácter de pequeño punto de partida para avanzar, retroceder o simplemente rodearlo sin descanso en el empeño de su propio análisis: Chris Baldry, el soldado a que hace referencia el título, regresa de la guerra con una tara en forma de una peculiar amnesia afectante a los últimos años, lo que le hace incapaz de reconocer a Kitty, su mujer, pero no así a la narradora, su prima Jenny, y menos aún a su antigua enamorada Margaret. El conflicto aparece sin dificultad para cualquier autor que se plantee manejar estos ingredientes narrativos, pero como siempre ocurre la pericia de cada cual es lo que acaba distinguiendo una novela rosa o un bestseller de quiosco de una deliciosa obra de arte. Y no puede negársele a Rebecca West el acierto de haber sabido sacar el máximo partido de la situación, y el haber escogido eficaces medios para hacerlo. Es Jenny quien nos cuenta la historia (su historia) desde una posición aparentemente pasiva y de criterios cambiantes, pero que al final se revela como fundamental para dirigir los hechos en una u otra dirección a través de pequeños gestos, algo normalmente común en estos focalizadores que quieren convencernos tanto de la bondad de sus pensamientos cuanto de la pulcritud de sus actuaciones. Así, junto con el dolor que le provoca la indiferencia de Chris hacia lo que era su mundo compartido de antes de la guerra (o más bien hacia ella... ¿puede que hubiese algo en marcha, fatalmente interrumpido, que no nos ha contado?), no ahorra descripciones bastante groseras de la fealdad y la pobreza de Margaret, y semeja colocarse del lado de Kitty en su indignada paciencia frente a los cambios. No tardará, en cambio, en contemplar con nuevos ojos a la usurpadora, en la que ve la representación de un mundo espiritual que parece atraer al soldado con mayor intensidad que el puramente físico, de la belleza y la elegancia, que representan su mujer y en cierto modo ella misma. El hecho de que, casi al final, manifieste comprender a partir de un mero gesto de Kitty que ésta "siempre la había odiado" revela de forma involuntaria una veleidad que seguramente obedece a que lo único que Jenny desea es continuar formando parte de su vida, en uno u otro bando.
La prosa se convierte en un elemento de poderosa configuración de la historia, para enmarcarla en el paisaje adecuado a cada escena, y adquiere especial densidad cuando memoria y presente se mezclan en el testimonio de Chris o la subjetividad de la narradora. El uso frecuente de las descripciones comporta un riesgo claro por la tendencia a la orginalidad, que puede derivar en un barroquismo pesado para el lector; sin embargo Rebecca West elude este defecto con el permanente propósito de anudar la naturaleza y los estados de ánimo, de forma que la primera es frágil y hermosa cuando los amantes se reunen y fría e inmóvil en la desolación hogareña a que conduce el abandono del soldado. Cuánto deberían aprender de este tipo de textos muchos autores contemporáneos, los de la secta de la "difícil sencillez".
Si algo cabe reprochar a la novela es un final en exceso simple, aun en su ambigüedad, y el recurso a una solución médica que bien hubiera podido estar presente desde el inicio. Pero de cualquier modo se trata de una excelente novela, que coloca de nuevo a una autora escasamente conocida entre las referencias básicas del lector español, precisamente esta semana en que se publica un tomo (ed. Ariel) que recoge a los "cien escritores fundamentales de la literatura universal del siglo XX, perfilados por los mejores especialistas. De James Joyce a Milan Kundera, De Joseh Conrad a Paul Celan. De Kavafis a Marguerite Yourncenar. De Robert Musil a Truman Capote...". Cien escritores, sí, pero noventa y cuatro varones y seis mujeres. Y hablamos de literatura, no de banca o de gobierno. Admirable el desparpajo del machismo ilustrado. Afortunadamente novelas como "El regreso del soldado" hacen que la rueda del arte literario siga girando, con independencia de quienes se dedican a glosar sus movimientos.

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