domingo, 1 de febrero de 2009

“Revolutionary Road”, tabúes y verdades.

Me he propuesto hacer una reseña de esta película sin emplear expresiones como “el lado oscuro del sueño americano”, a ver si es posible. En principio no me sentía atraído por ella, pero un comentario acerca de Richard Yates -autor al que no conocía y que a partir de ahora tendré en cuenta- en el blog de José Luis Piquero, y la intuición siempre fiable de Nuria me convencieron, aunque acudí cargado de silenciosos prejuicios. Pues vaya, es una película estupenda. Sam Mendes no siempre hace las cosas muy bien, pero tampoco llega a hacerlas mal. Aquí ha acertado recreando ese universo perfecto de color melocotón de la América de los años cincuenta, en el que la luz y los objetos cotidianos actúan casi como elementos coercitivos. Si algo caracteriza a este director, en todo caso, es el equilibrio entre su labor creadora con la cámara y su puesta a disposición del personaje. Los dos protagonistas, grandes actores, están impecables (aunque, como dice Nuri, parece que ahora le han tocado a ella los excluyentes aplausos): DiCaprio ambiguo, cínico y crispado por sus subterráneas turbulencias, Winslet más explícita pero también más emotiva. Cuando están juntos, como animales recelosos, la impresión de sordidez que nos transmiten sus gestos contrasta con el escenario ordenado de su hogar familiar. La historia podría haberse malogrado en manos de un director torpe, y si aquí no ha sucedido de esa manera, no cabe duda de que el mérito de Mendes va incluso más allá de lo visible.

El tema, por otro lado, presenta una originalidad casi irreverente. Y es que además de una reflexión sobre el efecto que causan ciertos modos de vida rutinarios y no elegidos, contiene una alusión nada velada a los hijos como elemento devastador en las vidas de sus padres, especialmente cuando su concepción procede del error, la inercia o los convencionalismos. Son memorables, y provocan en algunos espectadores una inmediata identificación, las escenas en que la pareja comunica a sus amigos su deseo de cambiar de vida, de profesión, de lugar, etc. El impacto que tal manifestación ocasiona en los otros es extraordinario, si bien sostenido y disimulado por convenientes sonrisas. A nadie agrada contemplar su imagen en espejo ajeno. Pese a todo, cada uno de los personajes protagonistas es lo suficientemente rico para eludir el mero juego de buenos y malos, y es de destacar la presencia del loco irrazonable como vocero de ocultas razones.
Hay una imagen en esta película que expresa de un modo simbólico, pero nada forzado, su trasfondo, y es el momento en que tras provocarse el aborto April se acerca a la venta y la cámara se aleja despacio para que sendas manchas de sangre, en la falda y en el suelo, irrumpan en el ámbito apacible de su cárcel hogareña. Me recuerda a aquella escena de Blue Velvet en que Lynch, tras mostrarnos el típico barrio idílico americano, se aproxima a un bonito árbol para que descubramos en él una repugnante invasión de hormigas nerviosas. Así nos muestra ese fotograma de Revolutionary Road el lado oscuro del sueño americano (oh, vaya).

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