lunes, 23 de febrero de 2009

San Valentín en Madrid, libros y arte, sol y caricias.

Nuria conmigo, haciéndome habitable un fin de semana de obligaciones académicas. Aquietando las fluctuaciones de mi mente, tal como le dicen en sus clases de yoga. El estrés, el futuro, la falta de tiempo y de sueño, los proyectos literarios o profesionales, las decisiones correctas o incorrectas. Pero entonces viene ella, y una caricia suya basta para sanarme. Pasamos el medio fin de semana que tenemos libre disfrutando de esas cosas pequeñas con que hemos construido un universo grande. Tiembla el mundo, pero nosotros nos queremos.

Exposiciones en el Reina Sofía, una maravilla, como casi siempre. Eulalia Valldosera -“Dependencias”-, partiendo de una concepción relativamente sencilla no se queda en la simpleza de un simbolismo evidente, como suele suceder en buena parte del arte contemporáneo, sino que proyecta sugerencias, belleza y sentido jugando con objetos cotidianos tradicionalmente ‘femeninos’, proyecciones de sombras, ceniza en el suelo, fotografías manipuladas. Los envases de productos de limpieza se convierten en figuras amenazantes, o se interrelacionan en una suerte de parodia de las fatales dependencias domésticas. Uno de ellos te permite grabar un mensaje con aquello que te gustaría limpiar de tu vida, y te promete hacerlo tal como deseas (estamos a punto de susurrarlo, pero una de esas extrañas caras-pez que te miran sin recato en los lugares públicos como los museos o los trenes nos roba la intimidad necesaria). Visitamos también la exposición de Paul Thek con menos interés, y sin embargo salimos sorprendidos por su versatilidad y su fuerza, de la crudeza al color.Luego nos vamos, claro, de caza libresca. Nuri se aprovisiona de materiales para sus estudios de género –tenemos ya algo de cachondeo con esa expresión: ‘materiales’, pero cuán hermosa sabiduría contienen- y yo me llevo la última novela de Alvaro Pombo, que está suponiendo para mí una experiencia lectora de esas tan poco frecuentes que uno desea que no se acabe –aunque ya se encarga el trabajo de quitarte tiempo para alargar la cosa-; ayer tenía una conversación digital con los lectores en “El País”, y le dejé una pregunta que respondió de la siguiente manera:


"Enhorabuena por esta novela extraordinaria, que me parece la más 'jamesiana' de las suyas. De hecho, tengo la teoría de que usted es Henry James reencarnado, con una vida más libre y seguramente más divertida. Así que le preguntaré algo que se suele decir sobre él: ¿piensa que el hecho de dictar sus novelas ha modificado de alguna manera su estilo?
Excelente pregunta, y no lo digo por el agradable piropo que me dedica y que ciertamente no merezco, aunque agradezco. Henry James llegó a dictar párrafos de gran complejidad sintáctica sin ninguna dificultad. Estos párrafos correspondían a la modulación, al empalabrado verbal de su conciencia sintáctica. Pensaba sintácticamente en voz alta. Cuando estoy en situación de escribir, en train de dire, la modulación de las frases, el fraseo instantáneo, en voz alta es una operación agradable si se tiene un compañero capaz de escribir tan deprisa como yo dicto. Yo tengo esa suerte. Es una gran suerte y es una experiencia narrativa oral."


Ya comentaré más adelante esta novela, la mejor hasta el momento de las suyas.

El domingo tomamos el sol un rato en el retiro, y basta mirar a nuestro alrededor para darnos cuenta de que la vida es bonita. Y sin embargo hay quien se empeña en hacerla horrible. La prensa habla del asesinato de la adolescente de Sevilla (lo dejo para la próxima entrada).

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