domingo, 22 de marzo de 2009

'Los abrazos rotos.' El emperador desnudo quiere ser guionista.

Pedro Almodóvar se ha convertido en una marca paradójicamente patriótica, en especial desde que sus películas han abandonado aquellas maneras entre castizas y modernas donde los personajes “característicos”, tan propios de nuestro cine, se imbricaban en un contexto novedoso y colorista a través de unos diálogos llenos de ingenio y sin otra pretensión que la de encadenar situaciones propiciatorias. De un tiempo a esta parte, el cineasta parece haberse hecho “adulto”, con la consecuencia de dirigir su obra hacia la relectura de diversos géneros clásicos mediante una narrativa visual extraordinariamente cuidada y una apelación constante, a veces exitosa y otras no tanto, al melodrama.
Habiéndose convertido en un poderoso artesano de su propio lenguaje, donde las escenas cada vez se componen y se ruedan mejor, donde abunda el efecto estético sorprendente y evocador, Almodóvar tiene, no obstante, un grave problema, y es que continúa empeñado en ser guionista. Y, al parecer, no hay nadie que se atreva a decirle que debería buscarse uno con el que trabajar, porque su cine último no sólo ganaría mucho, sino que en ocasiones se haría sencillamente soportable.
“Los abrazos rotos” está siendo publicitada con numerosas entrevistas en las que tal es la entrega de los periodistas, y tales los tópicos sobre el artista iluminado, que acaban adoptando un tono delirante. No sólo ya se glosa la película como si se tratase de una obra hermética, repleta de senderos intransitables sin la previa interpretación autorizada, sino que se le pregunta cómo y en qué lugar la concibió, que sentía al escribirla, etc., el viejo tópico del artista romántico que baja de su guarida en la montaña tras haber acogido a la musa en un encuentro erótico-místico. Así ha ocurrido también con el inenarrable corto “La concejala antropófaga”, en el que si algo esperanzador se vislumbra es la añoranza del cineasta por su juventud subversiva, algo que también aparece en ese homenaje que se brinda en las escenas finales de “Los abrazos…”, con el guiño a “Mujeres al borde de un ataque de nervios”. Pero precisamente estos dos apuntes nostálgicos reflejan que esa vuelta atrás, o ese deseo de retomar antiguas formas, requerirá bastante más que la mera intención, puesto que si algo ponen de manifiesto es su dificultad presente para la escritura humorística, ácida o disparatada de los viejos tiempos. Qué duda cabe de que la España actual no es la de los ochenta, y a nadie –salvo a los palmeros y los convencidos- le parece tronchante que una mujer hable de “comerse una polla”.
Pero volviendo a su cine actual, y con el deseo de que ese atisbo de ruptura llegue a buen puerto, “Los abrazos rotos” incide con saña en las mismas carencias que afectaban a sus últimas películas: un guión incomprensiblemente malo, carente del mínimo rigor narrativo, una historia tópica hasta decir basta, sobredosis de complacencia, en definitiva. Dicen quienes lo conocen o lo han tratado que tiene uno de esos egos con los que es mejor ponerse a cubierto (cuentan que hace unos días tuvieron que sacar de una emisora de radio, por la puerta de atrás, al crítico Carlos Boyero a toda prisa porque si no iba a coincidir con Almodóvar, y tras la mala reseña del primero en “El País”, podía liarse una buena), cosa que tampoco es de reprochar en un mundo de artistas mediocres y correctos. El problema de este tipo de personalidad es que puede barrer de su alrededor cualquier asomo de discrepancia, y cifrándolo todo a su propio punto de vista se expone a un declive sin término, porque precisamente a causa de vivir rodeado de halagadores le resultará inexplicable que alguien de fuera ponga algún pero a sus películas, y al final pasa lo que pasa.
¿Y qué es lo que ha pasado en ‘Los abrazos rotos’? Pues un guión desastroso, en el que a pesar de tanta mística y tanta palabrería sobre “el cine dentro del cine” nos encontramos con una de las historias más trilladas de la peor literatura negra de quiosco: artista bohemio se liga a la querida del magnate enamorado, y éste se venga. Son tantas las ocasiones en que hemos presenciado lo mismo en una pantalla que se nos han borrado sus títulos de la memoria, al igual que se nos borrará éste. Y es que el problema deriva de que la incursión en modelos genéricos en que se ha empecinado Almodóvar comporta sus particulares exigencias: y las más notable de ellas es un guión riguroso, verosímil, alejado de tópicos, que sostenga la intriga y permita su enriquecimiento con otro tipo de propuestas estéticas o reflexiones de toda índole. El de esta película es tan previsible que molesta, y a su alrededor bailan escenas sin otras justificación que la mera ocurrencia, carentes de la gracia de antaño y por supuesto de una mínima trabazón con la historia que se cuenta: así sucede en el polvo del principio entre la rubiaza y el protagonista, o en los diálogos penosamente inacabables sobre el proyecto de película de vampiros, o en las propias escenas de “Chicas y maletas” (da la impresión de que en ocasiones el director se regodease en el cameo de amigos y conocidos, de que el film fuese una excusa para la foto de “Pedro y su troupe” en la alfombra roja de un cine madrileño). El metraje avanza lento, aburrido, con un permanente sonar del timbre y entrar y salir de gente que nada aporta (ese hijo del magnate, personaje potente y prometedor, del todo malogrado), con episodios tan inverosímiles que dan risa: si en un momento dado la chica –Penélope- se va a ir de casa, mandándolo todo a paseo por su romance con el director, ¿cómo es posible que minutos más tarde, después de haber sido arrojada por una escalera –que por cierto anunciaba a gritos lo que iba a pasar- cambie de opinión para que se acabe la película con el dinero del empresario que la ha empujado… es que un rato antes no le importaba la peli y después de la hostia sí?
Mención aparte, aunque abundaré en ello en otro post, es el tratamiento de los personajes femeninos. Uno de los lugares comunes que rodea a este artista afortunado es que se trata de un “director de mujeres”, síntoma evidente de los más bien escasos requisitos que se exigen para optar a semejante título. Y es que si las fuentes cinematográficas y literarias de Almodóvar pueden estimarse variadas en aspectos tales como la dirección propiamente dicha, en la creación de personajes femeninos parece existir un único modelo inspirador: la copla española. Es decir, un modelo inmóvil desde hace cincuenta años, conformado por mujeres que, permítaseme la expresión, avanzan en la vida “a golpe de coño”, que no pasan de putas o amantes cuya vida gira obsesiva e inevitablemente en torno a un hombre, siempre envueltas en historias muy “pasionales”, si me dejas me mato o te mato o te mato y me mato. En este caso tenemos a un par de chicas: la primera de ellas es secretaria de uno de los empresarios más importantes de este país, pero antes ha ejercido de prostituta ocasional y ahora lo hace cuando necesita especialmente dinero; cualquiera que tenga un mínimo trato con el mundo empresarial sabe que esto es de lo más común, vamos… El caso es que la chica lo deja todo por el empresario, para llevar vestidos repletos de oros, y cuando quiere iniciar tímidamente una carrera de actriz, no duda en seguir acostándose con él para que “su nuevo hombre” (¡ole!), esto es, el director de cine, acabe la película. En el otro lado tenemos al personaje interpretado por Blanca Portillo, una especie de ayudante o secretaria –de nuevo- totalmente dedicada a la carrera del director, que en un momento dado tiene un hijo con él pero no se lo dice como para no molestar, y que cuando el otro se lía con la actriz, en un arrebato típico de la pasión española (¡olé de nuevo!), se venga. En una película de Almodóvar es imposible que un personaje femenino tenga estudios superiores, sea independiente y actúe sin seguir necesaria e inevitablemente, como por condena divina, los dictados de “su coño”. Los hombres, sin embargo, son brillantes o brutales, pero siempre misteriosos, machotes, buenos amantes y con un punto crueles que los hace irresistibles, al parecer. Eso sí, cómo no, siguen necesaria e inevitablemente los dictados de “su polla”.
Con tales mimbres, y despojado ya el guión no sólo de coherencia, que tampoco la había en los primeros tiempos, sino del sentido del humor y la frescura de entonces, no puede sino salir lo que ha salido: una excusa más para la entrevista y la foto. Y es una lástima, porque nadie puede negarle el que se haya convertido en un apreciable estilista con la cámara, y el que sepa escoger a un plantel de actores ciertamente solvente, aunque Blanca Portillo necesita una comedia con urgencia, o su rictus acabará siendo parodiado por los humoristas en los programas más friquis.
El problema, en definitiva, es que nadie osa decirle al emperador que no lleva traje, que va completamente desnudo. Y que, encima, debería replantearse lo de ser guionista. Porque somos muchos los que seguimos confiando en su talento, y en que tarde o temprano acabará encontrando el camino. Aunque sus numerosos aduladores, y la prensa acomodaticia, nos hagan sentir la necesidad de huir por la puerta de atrás.

2 comentarios:

  1. Espero, por tu bien, que este texto no caiga en las fauces de El Deseo. Date por exiliado si fuese así. En serio, a estas alturas lo mejor que se puede hacer con 'Los abrazos rotos' es ignorarla por completo. El cine de Almodóvar ha empezado a dar los primeros síntomas serios de agotamiento, aunque parece difícil superar en tedio este ejercicio de narcisismo cinéfilo y de -mal- estilo que es su última película.

    Un abrazo

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  2. Esta misma mañana se me han presentado en casa Bibiana, Rossy y Loles y me han dado una patada, dos bolsazos y siete arañazos, además de llamarme perro falangista y sicario del poder. Presionado, he tenido que decirles, entre borbotones de sangre, que sólo soy un empleado del capo del teatro de Alcalá y Guadalajara, y les he oído farfullar al irse que a ese tal Tejel lo iban a encerrar en su viejo baúl y tirarlo al río... Espero que haya podido avisarte a tiempo. A partir del lunes, en este blog sólo se comentarán los resultados de la liga de fútbol, aun así evitando mencionar las jugadas polémicas.

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