miércoles, 25 de marzo de 2009

'El grito del ángel' (relato).

Había oído decir en el vecindario que se trataba de un hombre extraño, y tal vez por eso comencé a observarlo desde la ventana del despacho en las pocas ocasiones que me permitía el trabajo, lo que normalmente estaba relacionado con la edad y la suspicacia de mis pacientes, siendo así que lograba verlo al menos un par de veces durante la tarde, en que me ocupaba de los más pequeños, mientras que me resultaba casi imposible hacerlo por la mañana, cuando atendía a los mayores, normalmente personas malcasadas que podían prescindir sin rubor de mis palabras, a las que incluso molestaba que se les interrumpiese, de tal forma que era frecuente que mi primera intervención pusiese fin a la media hora de consulta, para mi regocijo y su sorpresa; la relación con esta clase de clientes solía terminar por obra del mismo capricho que les había hecho iniciarla, y ello sin que existiese alguna señal de mejoría, algún avance en el desarrollo de su conflicto, simplemente se les acababa el dinero o -peor aún- se consideraban servidas con la simple permisión de su desahogo, circunstancias que en el décimo aniversario de la apertura del gabinete psicológico me habían hecho proponer a Marta, mi compañera, que abandonásemos para siempre el ejercicio de una profesión que llevaba camino de convertirse en algo muy distinto a lo que habíamos imaginado. Pero lo más curioso era que aquella gente que pagaba por una apacible escucha podía ofenderse si en algún instante les parecía que no me mostraba lo suficientemente implicado en su discurso de intrigas familiares, apenas me dejaban desviar la vista, carraspear, inclinar la cabeza u ojear por debajo de la mesa los minutos que iban transcurriendo en mi muñeca, así que me las ingeniaba para acercarme a la ventana y echar un vistazo justo en el momento en que ambos regresábamos de la sala de espera, y lo hacía con toda cautela, y rápidamente, hasta que un silencio severo y unos ojos ofendidos me recordaban que ellos habían pagado y yo debía entregarme.
Mas conseguí verlo, y pronto supe que se sometía a ciertas rutinas, lo que sin duda benefició mi curiosidad: salía de casa alrededor de las cuatro, y regresaba poco después con algunas compras. Era bastante alto, o al menos lo aparentaba desde la distancia, tenía una corpulencia globosa, como de marinero o antiguo combatiente, que le hacía andar con pesadez y ligeramente inclinado hacia delante, su pelo se reducía a una breve intermitencia de canas muy cortas y, en contraste, la piel de la cara semejaba estar siempre irritada, quizá por el sol o la bebida; llevaba una cazadora muy amplia de color azul marino, pantalones grises y botas oscuras, nunca le vi una ropa distinta, a pesar de que aquél era uno de los veranos más calurosos que se recordaban. "El vivo retrato de la sordidez", había dicho Marta cuando se lo describí, "un hombre huraño -aventuró-, un viejo abandonado por todos, con pensión escasa y pocas ganas de vivir. Tristemente frecuente, no entiendo por qué te interesa tanto, tenemos varios así en la consulta". Sin embargo había algo que no supe explicarle, algo que lo hacía diferente y que estaba más allá de su retraimiento, como si éste, lejos de ser herencia o molesta emanación de la fisiología, hubiese nacido en tiempo reciente y en forma de simple medida precautoria; sus movimientos, la manera de mirar y desenvolverse, daban fe de una seguridad y una indiferencia que no podían pertenecer a un hombre meramente patético. Claro que hasta entonces yo sólo manejaba conjeturas, así que decidí proveerme de datos más fiables y recurrí a la opinión de los vecinos del barrio. No quiero recordar el tipo de conversaciones que tuve que padecer y la cantidad de argucias de que hube de valerme, baste decir que en pocas semanas logré averiguar mucho más de lo que hubiera soñado: llevaba cerca de un año en la ciudad, pagaba un alquiler bastante alto por un piso de tres habitaciones que -según el testimonio de uno de los hijos del propietario- había llenado casi en su totalidad de libros, hablaba poco, aunque no era brusco y parecía instruido, lo que no dejaba de extrañar si se tenía en cuenta su errática y sacrificada trayectoria laboral y los ambientes en que ésta había discurrido: la legión y un prolongado ejercicio militar, muy bien remunerado, en el norte de Africa, bares de carretera y otros tugurios no por más céntricos menos inquietantes, y finalmente, el turbio mundo del boxeo; confidencias que nadie le había oído decir de palabra, pero que circulaban por ciertos locales en los que, como sospechaba, se había dejado llevar por el alcohol y la compañía; todo ello maravillado gracias a ciertos comentarios de una vecina suya que hablaban de extrañas visitas, información que pude ampliar por un antiguo compañero de estudios que trabajaba en el Ayuntamiento y que me dejaron aún más sorprendido: "parece ser que determinadas personas están interesadas en conocerlo, han llamado varias veces a Asuntos Sociales para preguntar por él", "qué clase de personas" -dije-, "sobre todo gente de la universidad, del mundo de la investigación... y también de sus aledaños, revistas pseudocientíficas, ya sabes. Pero desconozco los motivos, y nosotros no hemos ido a verlo porque, en lo que concierne a nuestro trabajo, desde luego no existen. Yo pienso que quizá haya superado de forma natural una enfermedad grave, tal vez el SIDA, o algo así". De cualquier forma el retrato que había podido obtener hacía ya de sobra apetecible al personaje, aunque ciertamente ignoraba qué papel podría jugar un psicólogo en todo aquello. Marta vivió el proceso con especial deleite, como si contemplase el juego de un niño, y a pesar de que se burlaba -"buscas el caso, el gran caso, aun a costa de hallarlo donde no existe"- fue ella quien por propia iniciativa completó el paso siguiente: una mañana depositó nuestra tarjeta en todos los buzones de su edificio, y cuando regresó me dijo, arqueando las cejas con esa expresión que la hacía a ratos encantadora, "he colocado el anzuelo. Ya sólo queda esperar... y que haya suerte".
El plazo duró demasiado, hasta tal punto que ya no lo recordaba como una auténtica expectativa, a medida que pasaban los días iba creciendo mi anhelo por adentrarme en aquella vida fascinante que en cierto modo había construido, juntando piezas, mi imaginación, pese a lo cual no estaba dispuesto a renunciar a la posibilidad de su existencia. Muchos fines de semana recibía la visita de mi familia y, al contrario que en el pasado, aborrecía sus halagos por la prosperidad económica que me había labrado con aquella profesión que tantos recelos despertaba en un principio, pero es que incluso en las voces amigas había un trasfondo dolorosamente irónico, una especie de guiño cómplice de picardías con el que se daba por cierta la naturaleza bastarda y delusoria de mi tarea. A veces pensaba que toda la gente que había pasado por el gabinete -en realidad cómo llamarlos, ¿pacientes, clientes..., borrachos de frustración, sin valor ni ganas de enfrentarla, que ocasionalmente lloraban en mi hombro y luego me invitaban a una copa?- se conocía, tal era su afinidad, y que me habían escogido y contratado por turnos a su servicio, del mismo modo que hacían los nobles con los músicos, los pintores y las concubinas; sólo así se explicaban las continuas órdenes que recibía, ya fuera de palabra -"dígale que estudie más, dígale que no salga con ese chico..."- o mediante una simple mirada -las tenues imposiciones de condescendencia y silencio-, y sólo así la sensación de ahogo que en los últimos tiempos sufría en mi despacho.
Y una noche, después de la última visita, cuando me hallaba recogiendo las cosas en el escritorio, sentí un ruido procedente del pasillo, el roce de un cuerpo contra la puerta, unos pasos que se alejaban. Me acerqué y la abrí. La luz estaba apagada, asomé la cabeza y vi que había alguien al fondo; nuestra consulta era el primer departamento que uno podía encontrarse en la segunda planta -compartida además por un abogado, una gestoría, un oculista y una vidente-, y a esa hora, alrededor de las once, todos los demás se habían ido; así que alzando la voz, y un tanto a ciegas, le pregunté que a quién buscaba y le dije que probablemente estaría cerrado. No lo identifiqué al principio porque tardó mucho en acercarse, como si desconfiase. Luego avanzó poco a poco y se detuvo en el extremo del haz de luz que proyectaba mi cuarto sobre las baldosas. Alargó un brazo y me tendió la tarjeta del gabinete, la claridad me enseñó una mano inmensa. Entonces reconocí su ropa, las botas, la cazadora azul con aquellas tiras sueltas alrededor de los puños. "Es aquí", dije, "si quiere pasar...". Dudó por unos segundos, y luego entró con lentitud. Tan sólo me miró una vez, pero fue suficiente para hacerme desistir de examinarlo tal como estaba haciendo, y no obstante comprobé que tenía la piel fofa y cuarteada, que debía de ser mucho mayor de lo que su presencia física insinuaba, por lo que deduje que ésta le supondría una carga, algo muy común entre ciertos deportistas que se abandonan tras el retiro. Sus ojos eran, con todo, lo más imponente, parecían haber rastreado mi interior en apenas un destello verdoso, cuando le invité a sentarse y rodeé la mesa para colocarme frente a él pensé que sería inútil intentar ocultarle mi interés, que ya lo sabía todo, que estaba en sus manos; de ahí que obviase los habituales preludios y me limitase a entrelazar los dedos sobre la escribanía, lo que debió de juzgar correcto, pues apuntó una leve sonrisa y dijo: "necesito pastillas para dormir. El médico del seguro me ha dado éstas, pero no me hacen efecto". La voz era extraordinariamente dulce para provenir de aquella cabeza amplia, compacta y recorrida por infinidad de hilos rojizos, había sacado un papel del bolsillo y lo había depositado con delicadeza, desdoblándolo, en la mesa. Traía los nombres de media docena de tranquilizantes, la letra era grande y torpe. Los leí atentamente, pensé que no debía parecer nervioso, que quizá lo normal era que a aquellas horas estuviese cansado, arisco incluso, aunque procurase ocultarlo.
-Lo lamento -dije acariciándome la frente y las sienes con una mano-, los psicólogos no estamos habilitados para recetar o suministrar medicamentos. Pero puedo asegurarle que los que ha tomado son normalmente efectivos.
-Disculpe... -respondió mientras alargaba la mano para recoger la nota-, había oído lo contrario.
Tal como imaginaba aquel hombre lo sabía todo, y pese a la ingenuidad con que me contestó temí quedar en evidencia.
-... Es cierto que en ocasiones lo hago a través de mi hermano, que es psiquiatra, pero siempre se trata de casos excepcionales, como un complemento de la terapia. Y si lo que usted precisa es algo... más fuerte que esto, debo aconsejarle que se ponga en contacto con él. Le atenderá muy bien. Es el más inteligente de la familia.
No sonrió, tampoco hizo algún gesto afable, parecía contrariado, como si hubiese desperdiciado un esfuerzo.
-Le puedo dar su número, o arreglarle yo mismo una cita. Tiene consulta en el centro, se llega fácilmente en autobús -insistí sin éxito. El hombre intentó levantarse apoyándose con fuerza sobre la silla, pero tras fracasar una primera vez permaneció sentado y suspiró.
-Espero que me perdone, me cuesta mucho trabajo andar. Tengo las piernas... ah, usted es tan joven.
-No se preocupe, mi padre también tiene ese problema, ¿es artrosis?
-Es un poco de todo -dijo, y esta vez sonrió, por lo que me arriesgué a retenerlo.
-Así que no puede dormir... y cuánto tiempo hace.
-Trece años -soltó mirándome fijamente. "Estupendo", pensé, "ha querido impresionarme. Le gusta jugar. Le gusta ser protagonista del juego. Le gusta ser escuchado".
-Eso no es posible.
-Vaya si lo es... Aunque tiene razón, siempre duermo un rato, me despierto y vuelvo a dormir y vuelvo a despertarme.
-Y eso por qué ocurre -dije sin darle tiempo-, qué es lo que le despierta, los ruidos, el dolor de las piernas...
-La gelatina –murmuró sonriendo mientras clavaba sus ojos de cuarzo en mi cara, que apenas pudo mantenerse firme.
-No le entiendo.
-Perdone. Es una broma. Tengo que irme.
Hizo ademán de incorporarse, pero lo interrumpí antes de que llegase a tomar impulso. Sin duda la vergüenza que le causaba aquella situación benefició mi propósito.
-Y por qué no me lo explica, le aseguro que hoy he tenido un día muy largo, y nadie me ha contado una broma. No he oído más que desgracias.
-Esto también lo es.
-Bien, pues una más... Me gustaría ayudarle, si conociese mejor su problema quizá podría arreglar lo de mi hermano, así se ahorraría el tener que ir hasta allí. Le aseguro, en confianza, que para mí sería preferible firmarle un papel, sobre todo a estas horas... Vamos, ¿qué es eso de “la gelatina”?
Aquellas palabras, fruto de una intuitiva resolución que trataba de conjugar la cordialidad y el rigor, habían supuesto mi última jugada, con ellas entregaba todo lo que poseía, y era como si él estuviese examinando su valor encima de la mesa. Pasó dos dedos largos y gruesos varias veces por la madera, escudriñó las sombras de sudor que iban dejando a su paso y finalmente habló con un tono y un lenguaje similares, al menos en cuanto al fondo, al que reproduzco aquí:
-Es tan sólo un sueño. Un sueño que se repite. No tiene mayor interés.
-Yo creo que sí lo tiene -susurré con cautela.
-Le explicaré por qué no -cerró los ojos, inspiró profundamente y empezó a relatarlo con una precisión que sugería que llevaba mucho tiempo haciéndolo, tal vez a sí mismo-: estoy en una plataforma, une especie de trampolín en el vacío, no veo lo que hay debajo, ni encima, ni enfrente, pero sé que no hay nada. De pronto algo desciende muy rápidamente, y cuando pasa justo delante de mi cuerpo intento sujetarlo, es otro cuerpo, un cuerpo que no consigo agarrar, se me escurre entre los brazos, y en ese momento me salpica de una sustancia parecida a la gelatina, me quedo cubierto de ella. Y me despierto... No es necesario que busque interpretaciones o significados. El sueño tiene una correspondencia, digamos que exacta, con un episodio de mi vida que usted preferiría no conocer.
-Y que usted, llegado este punto, desearía contarme.
Aquella frase era una insolencia, y un reto. Así lo entendí en cuanto salió de mi cabeza. Y presumo que él también lo hizo, y que no dudó en aceptarlo. Después de un silencio incómodo empezó a mover los labios como si pronunciase un discurso largamente estudiado:
-Durante unos cuantos años fui árbitro de boxeo. Había peleado de joven, pero no tenía ningún futuro, así que acabé allí, en medio de los que se pegaban. Permítame aclarar que odio la violencia, la aborrezco, aunque no siempre fue así, y tuve que verla demasiado cerca para comprenderlo. Claro que aquello era un trabajo, una posibilidad mucho mejor que las que había tenido hasta entonces, se trataba precisamente de dominar la violencia, de someterla a unas reglas que debían hacerla honesta, si es que cabe la palabra, o señalar su fin, llegado el caso. No era un trabajo difícil, nunca llegué a actuar en grandes combates, y del ambiente qué puedo decirle, mucho más sórdido que el de las películas, sí..., pero en el fondo todos esos chicos son como animales, uno no siente demasiada pena cuando los ve destrozarse entre sí, y ellos no entienden nada de lo que les rodea, se limitan a golpear y recibir, lo único que puede pedirse es que todo transcurra de una forma natural, y en eso consistía mi labor. Pero hubo una excepción. No era la primera vez que conocía que el combate estaba arreglado, normalmente esta circunstancia hacía las cosas más fáciles, un buen jab en el segundo asalto y a la lona, solía tratarse de boxeadores maduros, viejas glorias a las que intentaban relanzar con una pelea fácil pero vistosa, un jovencito a quien, a falta de dinero, se le habría vendido la historia de que todos los grandes tenían que pasar alguna vez por ello, y que, si aceptaba, los promotores lo tendrían muy en cuenta de cara al futuro y sabrían ser generosos. No obstante, como podrá imaginar, no solían ser los chicos quienes tomaban la decisión, y a más de uno he visto levantarse llorando de rabia mientras el otro, el viejo, se pavoneaba con los brazos en alto. Por eso aquella noche no le pasó a nadie desapercibida la cara de Claut. Allí, en la esquina, junto a su preparador, parecía un chiquillo disgustado con la niñera, como si en cualquier momento fuese a llorar y gritar y pegarle patadas. Era rubio, tenía los ojos claros y una arruga permanente entre ellos, la piel muy pálida, que se sonrojaba con el esfuerzo... igual que un ángel de esos de los cuadros, no sé si me entiende. Desde luego no resultaba muy habitual ver a alguien así, daba la impresión de ser uno de esos aristócratas ingleses que boxeaban por la misma razón que les hacía visitar museos, como una forma de cultivar la belleza, he leído mucho sobre ello, sabe.... En fin, no sólo yo intuí algo extraño, porque poco antes de que comenzase la pelea recibí una instrucción muy clara: tenía que cortarla a la mínima oportunidad, en cuanto los puños del otro llegasen al chico con nitidez. Pero eso no pasó. Me refiero a lo que yo debía hacer. Hubo alternativas durante el combate, sí, pero no pude hacerlo, porque vi algo en el rostro de Claut que me lo impidió, un grito, el grito del niño que se rebela contra lo imposible. Al menos eso fue lo que pensé en aquellos momentos. Luego supe que era un grito de socorro, realmente me estaba pidiendo que detuviese la pelea tal como me había sido ordenado, delegaba en mí la decisión que él no podía tomar... Y cuando al final levanté su brazo de ganador me di cuenta de lo que había hecho, e imaginaba las consecuencias, así que le dije al oído que se fuese muy de prisa, que huyese. Yo me retiré al vestuario y esperé durante casi una hora la venganza, la oí caminar por los pasillos, y acercarse, pero pasó de largo. Entonces salí muy despacio, la gente se había ido, estaba ya todo a oscuras, pero me llamó la atención que aún no hubiesen apagado las luces dentro del polideportivo. Me acerqué hasta allí y vi que había alguien de pie en uno de los rincones del cuadrilátero. Era Claut, lo supe al instante, pese a que me daba la espalda. Y también la venganza que me aguardaba. Subí y lo miré de frente. Los focos proyectaban sobre él una avalancha de calor y silencio. Estaba de pie con la cabeza inclinada. Llevaba puesto el chándal, que era rojo, si bien el color más oscuro de la sangre lo había impregnado desde el cuello hasta la cintura. Caminé unos pasos en su dirección y justo entonces, como si hubiese hecho temblar el mundo, cayó hacia delante. Fui a recogerlo, pero se me escurrió entre los brazos, sentí cómo su cuerpo se deslizaba a lo largo del mío, su cara se paró en mi estómago, sus rodillas en el suelo. Los dos acabamos en la lona, y cuando me levanté y le di la vuelta pude ver bien aquel rostro de ángel, que ya sólo era un destrozo confuso de carne abierta. No quise denunciarlo, ya no tenía arreglo. Tampoco acudí a su entierro. Eso sí, abandoné para siempre el boxeo, y con ello la violencia, ya fuese o no reglada. Es decir, lo hice yo, pero ella no me ha abandonado a mí.
-Se le aparece cada noche en forma de sueño -dije, fascinado por la historia y deseoso, esta vez, de intervenir adecuadamente-, un sueño que tan sólo es fruto de los remordimientos que...
-No sólo es el sueño.
-Usted no tuvo culpa de nada. El pobre muchacho fue tan sólo el detonante que le permitió abandonar ese mundo.
-Debo irme. No puede entenderlo.
-Incluso ahora, cuando lo recuerda, podemos decir que es un pretexto...
Me levanté para dotar de mayor energía a las palabras. Mas el hombre estaba empeñado en irse, y se revolvió esforzadamente en la silla de tal modo que tuvo que echar el torso hacia delante y arrastrarla. Entonces fue cuando vi las manchas. Llevaba la cazadora medio abierta, y el movimiento me mostró su interior. Tenía la camisa empapada. "Está sangrando", dije con asombro. Se puso muy nervioso, sus brazos temblaron en pleno esfuerzo y cayó de rodillas. Salí de mi sitio y me lancé a socorrerlo. Se había tumbado boca arriba en el suelo, sollozando, tapándose la cara con las manos. "Déjeme", musitó. Bajé la cremallera de su cazadora y la abrí por completo. Pequeñas gotas de sangre dibujaban una extraña huella en el centro de la camisa, como si procediesen de una herida aún no cicatrizada. La desabotoné también, y su cuerpo quedó al descubierto. El hombre lanzó un grito, aún escondido tras las palmas. Sobre la piel, en pleno estómago, vi una herida, una especie de quemadura, bastante amplia, que rezumaba gotas de sangre y parecía, por la imposible coherencia de sus bordes, dibujar una figura muy concreta, seguramente un rostro humano, un rostro quizá aterrado o suplicante, con la boca y los ojos muy abiertos en una mueca espantosa que tras un contacto que imaginé apenas perceptible, fugaz y luminoso como los milagros, se había fijado allí para siempre.

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