domingo, 22 de marzo de 2009

“La prostitución es un trabajo tan respetable como cualquier otro” (y las hordas androcéntricas partiéndose de risa y tirando de billetera...).

El título entrecomillado de este post se ha convertido en un tópico de lo políticamente correcto. Con él no se hace referencia a la necesaria legalización de la prostitución, la cobertura social de tal actividad tan frecuentemente sometida a abusos inimaginables. Es claro que nadie con dos dedos de frente puede negarse a que las prostitutas cuenten con todo el amparo sanitario, policial, jurídico, etc., de forma que ninguna mujer se vea obligada por alguien a ejercer, y que existan controles que les permitan desarrollar el trabajo en condiciones mínimamente dignas.
La frasecita de marras, sin embargo, tiene que ver con algo que comentaba a propósito de la película de Pedro Almodóvar, y que este fin de semana trata asimismo Javier Marías en su artículo semanal. De acuerdo con ello resulta perfectamente “respetable” –suele emplearse esa expresión- el hecho de que cualquier mujer decida, en un momento dado, alquilar su cuerpo para que un hombre tenga relaciones sexuales con ella, por aquello de completar el sueldo o acceder a algo concreto a lo que éste no alcanza. Este es un problema con el que a menudo encuentro notables discrepancias con la gente de mi trinchera ideológica, aunque al mismo tiempo constato que no estoy solo, dentro de esa trinchera, en la defensa de tales criterios. El razonable rechazo a todas las imposiciones del pensamiento fascisto-eclesial que convirtieron este país en un yermo intelectual suele provocar estos efectos, al igual que ha ocurrido con la educación, donde hemos pasado de la autoridad arbitraria (la vara en la mano en mi infancia, o la manera de repartir las notas en mi colegio: por orden “del más burro al mejor”, con no pocas chanzas para el primero) al abandono de cualquier aspiración a la excelencia en pos de un igualitarismo que choca con la realidad en cuanto sale a la calle… Pues lo mismo, pienso, sucede con algunas cuestiones relacionadas con la sexualidad. Antes pretendía controlarla la iglesia –bueno, en realidad persisten-, y ahora esa visión “políticamente correcta”, entre bobalicona y buenista, que antes prefiere el todo vale al opino que no, eso sí, siempre que se trate de casa ajena, porque en la propia tenemos las cosas muy claras.
Vamos a ver: después de tanto esfuerzo intelectual y profesional de mujeres admirables en la lucha por lograr la igualdad de derechos y oportunidades, se nos quiere convencer de que una chica puede repetabilísimamente optar por sacarse un buen sueldo acostándose con señores con posibles. Cada vez que una de esas supuestas actrices de los famosos y legendarios books se pasa por la cama del encantador empresario del ladrillo, debemos “respetarla” y “aplaudirla” del mismo modo que a la actriz que tiene que trabajar diez horas en algo que no le gusta y pasar de casting en casting con una fe inmarcesible en su vocación; o, en general, del mismo modo que a la universitaria que madruga a las cinco de la mañana para estudiar y obtener los mejores resultados con el fin de aspirar a una beca que le permita desarrollar un trabajo intelectual en un campo concreto de la ciencia; o la profesional liberal, por ejemplo en mi campo, que pone contra las cuerdas al mismo empresario ladrillero en un juicio, defendiendo a sus trabajadores, al interés público medioambiental o al propietario al que han tangado una parcela. Según ese criterio buenrollista, igualmente respetable es el trabajo de esa letrada al que he hecho referencia que el de una compañera que, en vista de lo complicado que resulta abrirse camino en el mundo laboral, opte por solicitar su inclusión en el book.
Llámeme fascista el amable lector o lectora, pero pienso que en toda sociedad debe existir una axiología compartida, seguramente inspirada en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, por supuesto laica, y revisora permamente de las tradiciones, de forma que las someta a juicio sin reparos, pero que tampoco los tenga en aceptar de ellas lo que convenga al bien común. Y una de las cosas que en mi modesta opinión benefician ese bien común es el rechazo a esa equiparación de modos y actitudes a que he hecho referencia.
Javier Marías, uno de mis autores favoritos y –basta leerlo- un machista rancio del quince, dice que a fin de cuentas todos “alquilamos” algo cuando trabajamos. Pero seguramente en el mundo en que vivimos no haya nada que a los ojos del arrendador resulte tan expresivo de las diferentes “categorías” entre unos y otros como el intercambio sexual. Tal vez en una sociedad futura y mejor, donde el patriarcado no existiese, mujeres y hombres fuésemos por completo iguales en todos los ámbitos, y el sexo estuviese despojado de las connotaciones que aún lo condicionan, sería posible que cualquiera de nosotros optase por ese alquiler corporal a cambio de un precio con la misma asepsia con que contratamos o somos contratados para cualquier otra tarea. Pero en el mundo en que vivimos, no es así.
Uno piensa que cada vez que se suelta la frasecita “la prostitución es un trabajo tan respetable como cualquier otro” o se nos presenta –como en la película de Almodóvar- tan común y corriente que una profesional de cierto nivel en cualquier momento pueda optar por prostituirse para ganar unas perrillas, los puteros adinerados se parten de risa. Y es lamentable que muchas feministas, en este sentido, trabajen para ellos. Una de las cosas que más me sorprendieron cuando comencé a vivir y trabajar en el levante español es la costumbre –corroborada por varios testimonios fiables- de que las reuniones empresariales –siempre entre hombres, por supuesto, ellas nunca están en las mesas donde se decide la cosa- culminen con una buena comilona de arroz con conejo y caracoles, vino abundante, copas y licores, y la visita fraternal a un “puti” de lujo. Pues bien, en la medida en que insistamos en la idea de que la abogada –por seguir con el ejemplo- que a las diez de la mañana les proporcionaba un dictamen técnico podría estar esa misma tarde abierta de piernas en el camastro hortera del club de postín, y que todo ello es “perfectamente respetable”, me pregunto cómo podremos seguir defendiendo la igualdad salarial, y de acceso al poder, la conciliación familiar, etc. El respeto a la mujer como igual.
En definitiva, y dado que peino canas, me voy a permitir dar un consejo a la adolescente lectora que no tengo: estudia, trabaja, conviértete en una profesional brillante, disfruta del sexo todo lo que te apetezca –acuéstate con quien quieras, enamórate o no lo hagas, diviértete y sé feliz-, pero nunca permitas que durante media hora o una hora te conviertan en hueco carnoso a cambio de precio, nada, a sus ojos, te minusvalorará tanto, te lo aseguro; no creas a quien te dice que cuando echas doce horas frente a un ordenador, inundada por papeles, “te cosificas” igualmente. No es lo mismo, no para ellos, te lo aseguro –y yo estoy “en el otro lado”, escucho y a menudo soy destinatario de sus conversaciones-. No les hagas el juego.
La semana pasada César Vidal, ese defensor de libertades, decía en su prédica nocturna de la COPE que por culpa de Zapatero (o sea, de la crisis financiera mundial a la que nos han abocado los bancos y el sistema capitalista descontrolado…aunque el decía simplemente “Zapatero”, no sé si será una manera de resumirlo…) muchas chicas “normales” están optando por ejercer de prostitutas (entre ellas una profesora conocida suya), línea que para las mujeres parece muy natural cruzar, según esto, como si estuviese en su esencia –no se oyen tantas noticias sobre tíos en el paro que se hagan prostitutos, qué curioso-. Como vemos, este argumento parte de la misma “naturalidad” y “respetabilidad” existente entre la profesión de prostituta y profesora, de forma que sólo la necesidad de dinero explicaría una y otra. Vamos, que las mujeres con una notable formación intelectual sólo ejercen la profesión para la que han estudiado si van bien la Bolsa o el PIB, y si no, putas. En definitiva, se nos está vendiendo como una opción "natural" para el sexo femenino (no así para el masculino, insisto), y esa es la trampa de la supuesta "respetabilidad".
La vida es así de sorprendente. En ocasiones se vuelven compañeros de viaje César Vidal, Almodóvar y algunas voces feministas. Yo prefiero ir por libre.

2 comentarios:

  1. Santa razon laica que tienes!la triangulacion entre discursos a cuenta del relativismo etico es sospechosa y me alegro de tu enfasis y consejos hacia tu lectora adolescents

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  2. Te agradezco tu comentario. Siendo como soy un diletante en estos temas es importante para mí la opinión de gente más formada.

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