domingo, 15 de marzo de 2009

Madre de alquiler.

Me desplomo en el asiento del tren bastante cansado tras una de esas semanas-tifón en el trabajo que no te matan, pero casi. Tengo sueño, mas no acabo de dormirme por una especie de nervio interior similar al dedo que no puede dejar de apretar el gatillo tras horas disparando a inciertos enemigos. Entonces siento una especie de gorjeo a mi espalda y a través del cristal veo a una madre tratando de acomodar bien a un bebé a su lado. Se trata de un pequeño de color, realmente precioso; aunque algo le molesta, pues no puede estarse quieto y bracea y protesta en su lenguaje ininteligible. Vuelvo la vista hacia delante e intento concentrarme en el descanso, me vendría bien un rato de ojos cerrados. Pero no hay manera, retornan las preocupaciones, el trabajo oscuro y a menudo infructuoso de los pensamientos cuando quieren encontrar una salida del lodazal en que se han enterrado, y no saben cómo.
Entonces la chica del asiento de atrás comienza a apaciguar a su bebé susurrándole esa vieja canción: "un elefante, se balanceaba, sobre la tela de una araña...". Y todo se desdibuja, y todo desaparece, salvo su voz.
Y en apenas seis o siete elefantes, no una, sino dos criaturas se ven dulcemente conducidas hacia el más plácido sueño.

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