miércoles, 8 de abril de 2009

Felicidades clandestinas (el increíble caso del abogado y la casa de color azul).

Leo la colección de cuentos completos de Clarice Lispector que ha publicado Siruela y pienso en lo complicada que sería la vida sin las pequeñas felicidades clandestinas con las que ocasionalmente nos escabullimos de ella. Especialmente aquélla a la que se refiere el relato que da título a uno de los volúmenes recopilados en este tomo ('Felicidad clandestina'), mi favorito, en el que una niña logra hacerse con el libro que tanto ansiaba leer y mantiene con él una relación de "mujer con su amante", demorando el placer de acudir a su encuentro, disfrutando de ese goce íntimo e incompartible que proporciona la buena lectura. Y es que en estos tiempos el acto de leer -y añado: buenos libros, otro día discutiremos lo que sea tal cosa- aparece cada vez más como algo profundamente subversivo y, por lo tanto, secreto. Haced la prueba: jamás oiréis a un buen lector alardear de ese hecho, más bien solemos descubrir que lo es después de un cierto trato -salvo que tenga tanto ego y arrogancia que lleve un blog donde comente sus lecturas, claro-, mientras que al que le ha caído del cielo el último bestseller de nosequién y se lo zampa, como por casualidad, no tardará en propagarlo a amigos, vecinos, compañeros de trabajo y hasta a las parejas de mormones que lo paran por la calle.

La obra de Clarice Lispector es una fuente caudalosa de pequeños disfrutes, relatos de apenas tres o cuatro páginas en las que una escritura con capacidad deslumbrante para crear imágenes y forzar la realidad nos introduce en un mundo tenso y agradable a un tiempo, donde la observación sutil, el deseo y los sueños -infantiles o no- componen una obra original que ocupa un lugar extraño en la literatura moderna, más próximo a eso que se suele llamar "artista de culto" que a su aceptación popular o académica.

Volviendo a las felicidades clandestinas, pensaba en ellas hace unos días, en el coche, camino del juzgado. La semana pasada fue una de ésas en que uno recibe cierto reconocimiento en el trabajo, la gente expresa en ti su confianza y te sientes fuerte y capaz de todo. Pero no dejo de preguntarme si podría sobrellevar las cosas sin esos pequeños momentos secretos, la escritura mañanera, la lectura robada al tiempo, el cine o la música. Camino del juzgado, el serio y tenaz abogado con terno y maletín bailoteaba en el asiento escuchando a La Casa Azul. Cómo podría ser un buen doctor Jekyll si mi Hyde no saliese a la luz en cuanto tiene ocasión... Claro que me temo que ellos, los que esta semana me han dado palmadas y me han manifestado su buena consideración acerca de mi profesionalidad, tal vez cambiarían su opinión si me viesen minutos antes o después disfrutando de esto:

Problema suyo... ¿no os parece?

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