viernes, 10 de abril de 2009

"Las hermanas Grimes", de Richard Yates (Alfaguara). Una historia de mujeres (y su lógica redundancia).

Leer esta novela ha supuesto para mí una experiencia literaria tan inolvidable como las mejores que recuerdo. Y es algo que me satisface doblemente por cuanto se trata de un autor del que me siento alejado desde el punto de vista estilístico, y al que sin embargo reconozco una maestría extraordinaria. Existen muy diversas maneras de encarar el arte de la novela, y todas ellas pueden constituir muy válidas vías para alcanzar un resultado brillante. Lo que ocurre es que dentro de cada una existen maestros -que a menudo las inauguran, como riachuelos que con persistente lentitud acaban abriendo un nuevo cauce- y penosos imitadores que tras la oportuna teorización de la técnica de su precursor, navegan por esa corriente a trompicones. La prosa de Yates es austera y cortante, de fácil aunque no rápida lectura. Siendo su propósito similar al de los grandes exploradores psicológicos de la novela, no opta al igual que muchos de ellos por el fraseo intrincado y el párrafo extenso a modo de remedo artístico del fluir impredecible de la conciencia. Se trata de un narrador que no se hace preguntas, que no intenta comprender o interpretar, se limita a describir, describir hechos y ocasionales pensamientos que suelen quedarse en lo superficial invitando, pues, al lector a que vaya más allá por sí solo. Pero es que ese límite que traza y no traspasa es ya lo suficientemente sugerente para que la novela se aleje de una historia costumbrista; nada que ver, pues, con la simpleza de la logia de la "difícil sencillez" que tanto abunda en los novelistas contemporáneos.

'Las hermanas Grimes', sorprendente título de la edición española del original 'The Easter Parade', es una historia sobre dos mujeres, sus dificultades personales y sociales, su relación con los hombres, su trabajo, sus esperanzas y frustraciones. Es, como consecuencia lógica, una historia feminista. Este último término debería ser en puridad una redundancia, pues no cabe duda de que las circunstancias exigen, o llevan implícita, una toma de postura, si bien sutilmente expresada. Las mujeres son, en esta obra, muñecas silenciosas cuya vida gira en torno a un catálogo de hombres no por reconocible menos lamentable: el egoísta obsesionado con su carrera, el egoísta obsesionado con su impotencia, el egoísta maltratador, el egoísta 'seductor', el egoísta, en suma. Nadie puede decir que Yates exagere, pues si algo caracteriza este libro es su profunda y dolorosa sensación de veracidad. Cada una de las hermanas Grimes parecen representar de alguna manera dos opciones de vida, o dos estadios evolutivos en el rol social femenino: el tradicional de ama de casa y el de 'mujer independiente'. Pero ambos, nos dice el autor, conducen al mismo callejón sin salida (al igual que la 'vía revolucionaria' de su conocida novela). Y es que poco pueden hacer las pequeñas transformaciones internas si no van acompañadas de las sociales. Las mujeres, como en el caso de Emily, han cambiado, pero el mundo no lo ha hecho. Es significativo, a este respecto, el tratamiento del sexo, descrito como algo insoportablemente frío y frustrante: la 'liberación' femenina parece que sólo haya servido para facilitar su disponibilidad de cara a los hombres, sin que el placer, la comunicación o aun la mera diversión ocupe lugar alguno. La primera e imperiosa relación de Emily es uno de los pasajes más desoladores del libro. Como esta sencilla frase, que en cierto modo condensa todos los sentimientos de las protagonistas: "La ventaja de estar sentada, mientras él estaba de pie, era que no tenía que mirarlo de frente". Toda la novela aparece recorrida por pequeños gestos y conversaciones absurdas que cimentan un universo asfixiante: la vulgaridad de la madre, bebida y con las piernas entreabiertas, los parlamentos vacuos e inacabables de la hermana Sarah, la brutalidad -hecha de gruñidos- del cuñado ...

Novela completamente recomendable que nos descubre a un autor con una sensibilidad extraordinaria para la creación de personajes femeninos, esa mitad de la humanidad hacia la que, afortunadamente, uno se siente más cercano, donde es más probable encontrar amabilidad e inteligencia. Como cercanos nos sentimos a las lágrimas de Emily Grimes, "a quien nadie entendía, y que no entendía nada". Richard Yates nos ayuda, con su arte, a entenderlo todo.

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