domingo, 5 de abril de 2009

Remembranza del quinqui.

Ah, aquellos quinquis de la infancia..., figuras míticas en su doble existencia: la real, que te hacía cruzar de acera por la calle, y la pesadillesca, que prolongaba su presencia inquietante en sueños donde nunca salías bien parado, ya fuese porque te cosían a navajazos o simplemente porque te veías condenado a una huida eterna a través de calles sucias y estrechas, hasta que sonaba el despertador o tu madre te encendía la luz y comprendías que, de momento, estabas a salvo.
Este viernes tuve la posibilidad de compartir viaje en tren con la personificación cincuentona de aquellos quinquis de mi infancia. Hombres ajados y pese a todo vencedores, supervivientes de mil peleas y mil ingestas de cualquier sustancia peligrosa que circulase por la calle, catadores de abismos y sibaritas de crueldades. Entrañables, en cierto modo, ahora que los ves tan mayores y derrotados y piensas: "la madre que os parió, con lo que me habéis hecho sufrir... y en lo que os habéis quedao".
Veréis: los de mi infancia tuvieron nombres encantadores como El Queli, El Rúben (si, ya sé que es una falta de ortografía, pero pronúnciese así, Rúben, si no, pierde toda la magia) y, sobre todo, El Chuchi. Este último me hace recordar aquella frase magnífica de la película Sospechosos Habituales, que repito ahora cambiando únicamente el nombre: "yo no creo en dios ni en el diablo, y sólo tengo miedo a una cosa en la vida... El Chuchi". Llevaba pelo rizado a lo afro, tenía una expresión arrogante, con un labio superior grueso y chuleta y unos ojos profundos como bocas de cañón; corrían sobre él numerosas leyendas urbanas, las más temible de las cuales hacía referencia a su afición por detener en plena calle a inocentes púberes, empollones de colegio de pago como un servidor lo era en aquella época, y soltarles: "qué prefieres, ¿mordisco o pincho?". Claramente uno no se esperaba semejante pregunta a las cuatro de la tarde, en fin, mientras se dirigía, balón en mano o bolsita de gominolas en mano, camino de casa de algún amiguete para llamar al timbre a ver si bajaba; no obstante, una prudencia elemental haría a sus víctimas -quizá después de algún llanto e imploración sin efecto- elegir el mordisco, tal vez porque sonase menos mortal. Escogida, pues, la opción que la banda de El Chuchi te había ofrecido para pasar el rato, llegaba la ejecución del acto: sacaban unos alicates, te cogían entre dos, te pillaban la carne rosa del pómulo y apretaban cuando podían. La leyenda hablaba de desmayos instantáneos por el dolor. Comprenderá el amable lector/a que después de oír la historia uno no pegase ojo en varios días.
Afortunadamente, El Chuchi no llegó más que a robarme un par de balones, aunque treinta años más tarde aún recuerdo la ocasión en que uno de sus lugartenientes nos hizo un gesto, desde el interior de un solar en construcción -nada menos-, a un amigo y a mí, transmitiéndonos un escueto y aterrador mensaje: "El Chuchi os llama". Lamentablemente, no había ningún delegado de la Federación Española de Atletismo por la zona, pues no cabe duda de que algún record de velocidad batimos en la huida a través de las calles hasta entonces previsibles y familiares del barrio de Pumarín, en Gijón. A veces recuerdo la expresión cuando tengo un compromiso especialmente delicado por delante, como un juicio difícil o similar, entonces vuelve a llamarme El Chuchi, pero ya no hay escapatoria y debo enfrentarme a él como el hombre en que, bien que mal, me he convertido.
No fueron pocas las ocasiones en que algunos otros, en principio anónimos, pero que perfectamente podrían responder a nombres como El Ríchar y El Yoni, me detuvieron en la calle y me arrebataron el dinero recién dado por mi abuela para ir al cine y comprarme una bolsita de chuches. La señal de alerta siempre procedía del modo como te llamaban: "pss... ¡oche!, ¡oche... ven p'a cá!", entonces ya podías ir sacando el dinero del bolsillo. En mi inocencia, recuerdo que a alguno traté de explicarle "es que es lo único que tengo, iba a ir al cine", y me respondió "qué cine ni qué cojones" -ahora también me ocurre de otra manera: lo que me dicen es algo así como "este tribunal acuerda desestimar el recurso de apelación...-, y fue de ese modo como de niño conocí el miedo a otros seres humanos, como aprendí a aborrecer la violencia, como sentí que el ego más poderoso puede verse humillado en cualquier instante, por lo que mejor tomarse las cosas a broma... Aquellos quinquis, pues, supusieron un aprendizaje de vida impagable, especialmente cuando uno ha sobrevivido a ello sin mayores secuelas. Luego, con el desarrollo económico, la modernidad, las drogas y demás, parecen haber desaparecido del paisaje urbano, y las formas de delincuencia son hoy más difusas y temibles.
Ahora los contemplo ahí, al otro lado del pasillo, en el tren, con el mismo hablar siseante, pero sin otra capacidad ya para pinchar ni morder que no sea la del bocadillo de tortilla que llevan envuelto en papel de periódico, como en una escena triste de posguerra. Pero aun así me encojo un poquito en el asiento, y pienso que como queden con hambre, cuando saque mi sandwich pijotero de pavo y rúcula, mi porción de bizcococho de té verde -especialidad de Nuri-, y mi galleta casera de chocolate enviada desde Asturias -tupper mediante- por la santa de mi madre, les llegarán los efluvios y justo en el momento en que vaya a hincarle el diente, oiré que alguien me dice: 'psss... ¡oche!, ¡oche!". Y no tendré adónde salir corriendo.

2 comentarios:

  1. Es curioso el proceso de empequeñecimiento físico y moral de aquellos tiranos que nos hacían la vida tan complicada en la infancia. Una pena, ahora que podíamos plantarles cara. Que vida más injusta.

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  2. Tienes razón, Rafa, se ha convertido en seres parodiables por esas formas de hablar, vestir y comportarse que tanto nos aterraban entonces. No tienen media bofetada cuando más nos apatecería dársela. Consolémonos con que nosotros, en cambio, bien que mal seguimos siendo los mismos.

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